Contra el insulto en política

No permitamos que la sociedad se convierta en un simple agregado de tribus

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“The Fencing Lesson” (fragmento), Johann Gottfried (1764-1850)

Hace muchos años trabajé en un centro de enseñanza público y el ambiente entre los profesores no era especialmente bueno. Algunas de las reuniones a las que asistí fueron penosas, con gritos, acusaciones e incluso algún insulto. Había enemistades irreconciliables, camarillas, odios.

Pero, mientras estuve allí, me las apañé para tener una relación correcta con todo el mundo. El método que usé era sencillo: mantenerme siempre dentro de los límites de la cortesía elemental. No lo hice porque todos mis compañeros me gustasen (de hecho, a algunos no los tragaba), y quiero pensar que tampoco lo hice por hipocresía, o al menos no del todo. Había dos motivos más racionales que me animaban a comportarme así.

El primero es que creo que el respeto debe ser el modo por defecto para cualquier relación humana, y que hay que tener motivos realmente excepcionales para salirse de él.

Pero ese no era el más importante en aquel caso. Para mí el fundamental era que los que allí nos reuníamos no estábamos en nuestro tiempo libre sino trabajando, y que nuestros clientes, los alumnos, tenían derecho a que, por mucho que nos detestásemos, intentásemos comportarnos como un equipo. Nuestra obligación era dedicar el tiempo de las reuniones a tratar de mejorar el funcionamiento del centro, no a saldar rencillas personales. Por eso, para mí, renunciar a la cortesía no era solo una falta de respeto a los compañeros; era, sobre todo, una falta de respeto absoluta a nuestros estudiantes.

A menudo se nos olvida, pero el insulto no hace daño solo a la persona a quien va dirigido; al degradar el nivel de un debate, perjudica a todos los que participan en él y a todos los que se pueden beneficiar de él.

Afortunadamente, hace tiempo que dejé aquel centro y ahora el ambiente en mis reuniones de trabajo es mucho mejor. Sin embargo, veo modos incluso peores en el debate público, y no solo en tuiteros de a pie, sino también en políticos profesionales. Así, he visto a Amparo Rubiales llamar gilipollas a Albert Rivera y a Pablo Casado, a Pablo Casado llamar cobarde a Pedro Sánchez, a José Zaragoza llamar “gañán brutal” a Santiago Abascal, a Santiago Abascal llamar “Pablo Mezquitas” a Pablo Iglesias, a Juan Carlos Monedero llamar tonto a Rivera, a Juan Carlos Girauta llamar indecente y traidor a un senador socialista, etc., etc., etc. Cualquier discrepancia política se traduce con una facilidad pasmosa en insultos o en descalificaciones morales, con un continuo “ellos son los malos y nosotros los buenos”.

No se puede decir que sea algo completamente novedoso, pero sí que va en aumento. Nos estamos polarizando y, al hacerlo, estamos renunciando a considerar la sociedad como una comunidad política para verla cada vez más como un simple agregado de tribus.

De hecho, si ahora los políticos insultan más, es sencillamente porque los ciudadanos lo recompensamos. Se le da a la tribu lo que la tribu pide. Y hay mucha gente que celebra cada insulto; quizá porque es una señal de compromiso con una comunidad más pequeña y exclusiva, que se define por la adhesión incondicional a una moral, una ideología o un partido. Se levantan empalizadas y a los que quedan fuera se los trata de bárbaros.

No es un modelo que me atraiga. Yo no quiero ser miembro de una tribu ideológica o moral, sino ciudadano de una sociedad que acepta el valor de la pluralidad. No veo en ella una amenaza sino una fuente de riqueza. De hecho, lo que realmente me daría miedo es que todos pensásemos igual.

Y por eso, cada vez que un político insulta, sea quien sea y se dirija a quien se dirija, siento que me está fallando y que está promoviendo unos valores que no son los míos.
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De la ideología a la religión política

Cuando las hipótesis se convierten en dogmas

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¿Qué es una ideología política? No es, o al menos no debería ser, un bloque monolítico que hay que aceptar o rechazar en su totalidad. Las ideologías son sistemas complejos y abiertos de ideas, que incluyen valores, diagnósticos de la realidad y estrategias para modificar esa realidad.

El ideal sería que esos diagnósticos y estrategias se pudieran elaborar manejando información perfecta, pero los ideólogos se enfrentan al mismo problema que todo aquel que quiere actuar sobre el mundo: la historia no espera por nadie, no se detiene para que podamos hacer un análisis exhaustivo y tener certezas absolutas.

Por eso, al igual que les pasa a los estrategas militares o a los directores de empresas, quienes desarrollan las ideologías se apoyan en lo que saben, pero acaban rellenando los huecos con intuiciones y conjeturas. En definitiva, hacen apuestas.

Hasta ahí todo correcto. Vivir es tomar decisiones asumiendo que uno puede equivocarse. El problema surge cuando hay quienes, de tanto defenderla, se enamoran de su ideología, pierden la perspectiva y acaban pensando que la suya es un conjunto de verdades absolutas.

Convierten entonces lo que era un sistema abierto y flexible de ideas en uno cerrado de dogmas, pasan de debatir a sermonear, y empiezan a etiquetar de hereje a todo aquel que se atreva a discrepar. En definitiva, han dado el salto de la ideología a la religión política; una que suele carecer de dioses, pero que en cambio sí tiene su paraíso prometido, sus sumos sacerdotes y sus pecadores. Porque dudar, la base del progreso en ciencia, en la religión es pecado.

Siempre hay quien piensa que esa transformación no viene mal. Al fin y al cabo, tener una masa de fieles enfervorizados muscula el movimiento y lo dota de un ariete capaz de derribar puertas que serían mucho más difíciles de abrir mediante la persuasión. Con una tropa combativa, es más fácil imponer políticas, vencer resistencias, ganar impulso.

Pero, en mi opinión, quien piensa así confunde los medios con los fines, porque cree que el bien es el triunfo absoluto de su ideología, cuando el bien es, en realidad, el triunfo de la justicia, y esta, a su vez, depende del triunfo de la verdad. Y las ideologías, como las hipótesis científicas, no son más que instrumentos para buscarla. Por eso hay que confrontarlas, empujarlas a debatir unas con otras, hacer aflorar sus errores para que evolucionen, e incluso dejarlas hibridar para dar lugar a otras nuevas.

Y en ese proceso, cualquier ideología que se haya convertido en una religión funciona más como un muro que como un ariete. Porque no hay nada que frene más el progreso hacia la verdad que estar convencidos de que ya la tenemos.

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Ideología política e identidad personal

Sobre los límites de la razón en el debate político.

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“Portrait de Voltaire”, detalle. Taller de Nicolas de Largillière

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La llegada de modernidad supuso una paradoja: el ser humano ganó en seguridad material, pero a cambio pagó un precio en inseguridad cultural.

Un muchacho nacido en una aldea del siglo XII estaba mucho más expuesto que nosotros a las enfermedades, la escasez, las inclemencias y la violencia. A cambio, no tenía un problema de identidad. Podía predecir con muchas probabilidades de acertar dónde iba a vivir en el futuro, en qué iba a trabajar, en qué iba a creer, e incluso cómo iba a vestir y qué canciones cantaría en las fiestas. Para encontrar la respuesta a todas esas preguntas le bastaba con mirar alrededor.

En aquella época a nadie se le ocurría dedicarse a ponerle nombre a las generaciones (millenials, z, t…), por la sencilla razón de que la vida del biznieto era prácticamente un calco de la del bisabuelo.

Nuestra seguridad material es mucho mayor. Pero nos enfrentamos a una mayor incertidumbre identitaria

Todo eso ha cambiado. Ahora tenemos a nuestra disposición una sanidad, una tecnología y un buen número de comodidades que los reyes de Edad Media bien podrían envidiar. Estamos protegidos por la ley, los fiscales, la policía, las urgencias sanitarias, los bomberos, el ejercito, los inspectores de sanidad y un largo etcétera. Nuestra seguridad material es mucho mayor. Pero, a cambio, nos enfrentamos a una mayor incertidumbre identitaria. Tenemos que estar tomando continuamente decisiones, desde el coche que compramos hasta el partido al que votamos, y escribiendo con ellas nuestro personaje.

Lógicamente, no todos nos enfrentamos a esa tarea en las mismas condiciones. Tener un trabajo fijo, por ejemplo, es una gran ayuda; te da pistas sobre cómo vestirte y una pauta horaria. También es muy útil tener una red consolidada de relaciones afectivas. En cambio, hay gente que tiene que hacer una labor mucho más activa de construcción o de reconstrucción, y por ello necesitan hacer un uso más intenso de los recursos disponibles para ello.

Uno de esos recursos es la ideología política. Se supone que nuestra ideología es una ventana hacia afuera, nuestra forma de participar en el cambio de la sociedad. Pero lo cierto es que también mira hacia adentro y juega un gran papel en esa labor de construirnos. En torno a ella podemos establecer afectos y nos ofrece atajos para decidir en qué creer y cómo interpretar el mundo. Es otra de esas cosas que nos puede ayudar a decidir cómo vestir e incluso qué comer. Y también nos ofrece unas pautas morales, metas por la que luchar y una comunidad a la que pertenecer. De hecho, hasta cierto punto puede cumplir la función que, más antes que ahora, cumplían las religiones.

Sin embargo, lo que eso supone es que a menudo lo que se confrontan en la arena política no son ideas sino identidades y comunidades, y por eso la capacidad de la argumentación racional para resolver las diferencias queda limitada. Nuestra capacidad para el razonamiento lógico se apaga y toman su lugar nuestros instintos tribales.

Si yo pienso que Neptuno está más cerca del Sol que Urano y alguien viene a corregirme, no tendré problema en cambiar de idea, porque no soy un neptuniano militante. Pero en cambio, si vienen a contradecirme una teoría en cuya defensa me he comprometido públicamente, en torno a la cual he forjado lazos de solidaridad y que me ha hecho involucrarme en discusiones agrias en las que se han intercambiado insultos, es mucho más fácil que me tome cualquier crítica como un ataque personal.

Leon Festinger, el psicólogo que propuso el concepto de “disonancia cognitiva”, ya señaló que cuando un individuo se ha comprometido con una creencia, es muy posible que no solo no se deje convencer por la evidencia que la contradiga, sino que reaccione con un fervor renovado por convertir a los demás a su punto de vista¹.

Por eso, sobre todo en estos tiempos de polarización, muchas de las disputas políticas son en el fondo similares a las disputas religiosas en las que una fe choca contra otra.

Habría que aspirar a que el apego a la razón sea en sí mismo un proyecto identitario atractivo

¿Qué papel le queda entonces a la razón? Puesto que su capacidad para recuperar a los conversos es limitada, quizá habría que aspirar a que el apego a ella y  a la verdad sea en sí mismo un proyecto identitario atractivo, el primero de todos; en definitiva, lograr que esa esa sea nuestra piel, sobre la que luego vistamos el resto de ideologías con un poco de escepticismo, sabiendo que no son más que un traje que habremos de desechar si empieza a mostrarse raído.

Y, si para conseguir que la razón sea una identidad atractiva, vemos que conviene imprimir camisetas, siempre podremos recurrir a Voltaire, que tiene un perfil lo suficientemente agraciado como para poder competir con el Che Guevara.

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¹ Festinger, Leon, Henry W. Riecken, and Stanley Schachter. 1964. “When Prophecy Fails: A Social and Psychological Study.” Citado por Michael Shermer en “The Moral Arc”.