Seis comentarios sobre derecho penal hechos por un lego

Un intento de tomar algo de perspectiva al hablar de delitos sexuales

jail-gaol-prison-steel-cell-iron-831270

Con

1: Nadie niega que todo delito sexual es una forma de violencia

Todo delito sexual es, por definición, una agresión y un acto de violencia. Por eso mismo se castiga, porque causa un daño a la víctima. Ahora bien, para hacer leyes necesitamos términos que permitan distinguir unas conductas de otras, unos delitos de otros. Así pues, en el ámbito jurídico, “violencia” y “agresión” se usan con unos significados más específicos que en su uso común, para señalar unas conductas en las que la violencia o la intimidación se manifiestan de unas formas concretas.
Y hacer ese uso más restringido no es quitarle importancia a otras conductas. Es, sencillamente, diferenciarlas.

.

2: Lo fundamental no es cómo llamamos el delito sino cómo lo castigamos

Es perfectamente lícito debatir sobre qué términos son más adecuados para denominar los delitos; cuáles reflejan mejor el sentir de la sociedad; cuáles son más respetuosos con las víctimas; cuáles son más precisos. Pero eso no debería distraernos de lo fundamental: una pena no es más o menos justa en función de cómo se llame el delito, sino de su proporcionalidad con respecto a la gravedad de la conducta.
Así pues, lo más importante no es si en el Código Penal a una penetración no consentida se la llama “violación”, “abuso sexual” o “agresión sexual”. Lo más importante es que la conducta esté tipificada y que haya los instrumentos para distinguir aquellos casos que merecen mayor o menor reproche penal.
Y en España todas las violaciones son delito.

.

3: No se le puede poner a todos los delincuentes sexuales la máxima pena

Incluso cuando se trata de delitos que nos repugnan, hay que distinguir entre conductas más o menos graves. Inevitablemente, todas las escalas que se hagan van a tener un elemento de arbitrariedad, y siempre va a surgir la tentación de enzarzarse a discutir dónde marcar las diferencias.
Pero lo que no se puede hacer es empujar y empujar hasta que al final castiguemos igual un tocamiento a un niño dormido que una agresión muy violenta a un niño aterrorizado.

.

4: Siempre va a haber pelotas en la línea

Es indudable que hay que intentar mejorar las leyes todo lo que sea posible. Ahora bien, inevitablemente siempre vamos a tropezar con casos dudosos.
Y ante ellos hay dos posturas: mantener el tradicional “in dubio pro reo” o decidir que preferimos condenar incluso sin estar seguros del todo. Pero, si tomamos esa postura, habrá que hacerlo con todos los delitos y asumir las consecuencias.
Porque lo que no se puede hacer es decidir que vamos a considerar algo probado o no en función del asco que nos dé un delito concreto. El progreso en justicia no pasa por darle rienda suelta a nuestra tendencia al linchamiento.

.

5: Los jueces no hacen la ley ni pueden cambiarla

Es cierto que los jueces tienen margen para interpretar. Es necesario porque ninguna ley puede prever toda la casuística y la legislación nunca es todo lo clara que debería ser. Pero ese margen no llega hasta el punto de poder leer A donde es evidente que pone B. Los jueces no han sido votados y no es su misión falsificar la voluntad del legislador.
Así pues, si queremos endurecer o suavizar las penas, el camino pasa por el Parlamento y no por presionar a la Judicatura.

.

6: No, los periodistas no saben más de derecho que los juristas ni son moralmente superiores

Hay, indudablemente, juristas malos y también periodistas que saben mucho de derecho.  Pero esa moda que se ha extendido entre buena parte de la profesión de dedicarse continuamente a enmendarle la plana a jueces y fiscales es ridícula.
La todología está muy extendida y parece que con Google tenemos la sabiduría infinita al alcance de los dedos. Pero no; unas cuantas consultas por Internet no sustituyen ni la experiencia ni la formación especializada, y los periodistas tampoco son seres rebosantes de moralidad que vienen a salvarnos de los pérfidos leguleyos.
Un ingrediente esencial de la sabiduría es la prudencia y, desgraciadamente, una buena parte del periodismo parece haber decidido arrojar la suya por la ventana. Por una parte, a menudo se deja que la ideología arrolle el rigor. Por otra, en un contexto de precariedad laboral, muchos buscan hacerse con un público, y suele ser más fácil conseguirlo complaciendo prejuicios populares que dando información objetiva.
Sin embargo, ese es un camino muy peligroso y por el que los ciudadanos no deberíamos seguirlos.

(Nota: he de agradecer los comentarios de @ireneaguiar_ y @Seren_juez, que me han hecho intentar matizar mejor algún punto).
.

En contra del indulto a Juana Rivas

Hacer justicia no es complacer a la opinión pública

Juaa Rivas
“A Good Beginning”, Udo J. Keppler, 1899

.

Sabemos que en España se ha hecho a veces un uso arbitrario del indulto. Y eso es dañino. No tiene ningún sentido que el Poder Legislativo apruebe unas leyes y que el Poder Judicial las aplique, para que al final el Poder Ejecutivo debilite su eficacia por la puerta de atrás.

Sin embargo, aunque critiquemos los excesos, creo que los indultos sí que pueden estar justificados en casos muy concretos, ya sea porque las circunstancias particulares del reo son excepcionales o porque lo son las del delito. Es imposible que quienes redactan las leyes puedan prever todas las situaciones y, por tanto, es inevitable que tarde o temprano nos topemos con un caso desconcertante, en el que la aplicación recta de la ley pueda no acabar de dar una solución satisfactoria.

Un ejemplo famoso e interesante nos los ofrece el naufragio del yate Mignotte en 1884. Sus cuatro tripulantes quedaron a la deriva en un bote, a más de mil kilómetros de la costa más cercana, sin agua y con dos latas de nabos por todo alimento. Durante los primeros días sobrevivieron con los nabos y con una tortuga que consiguieron capturar.

Después pasaron aproximadamente una semana sin comer nada y bebiendo poco más que su propia orina. Para entonces el más joven de ellos, que había ingerido además agua salada, yacía en proa agonizante.  Tras algunas dudas y discusiones, el capitán y otro de los tripulantes decidieron matarlo mientras su sangre aún fuese aprovechable, y los tres supervivientes se alimentaron con él hasta que fueron rescatados cuatro días más tarde.

Cuando regresaron a Inglaterra, el capitán y su primer oficial fueron procesados y condenados a muerte. Sin embargo, a petición del propio tribunal, se les concedió un indulto parcial y su pena quedó finalmente reducida a seis meses de cárcel.

Podemos debatir todo lo que queramos si la condena a muerte fue justa y si el indulto fue justo, pero de lo que no cabe ninguna duda es de que estamos ante un caso realmente excepcional, no ante el tipo de asesinato en el que puede estar pensando quien redacta una ley..

Y ¿qué ocurre con Juana Rivas?

¿Es el suyo también un caso excepcional? Si nos ceñimos a los hechos, la respuesta es no; de hecho, es un caso prototípico de sustracción parental: un progenitor que reside en el extranjero se trae a su país a sus hijos de vacaciones, y después decide retenerlos de forma ilegal, eludiendo la intervención de los jueces competentes, que son quienes deben garantizar que se respetan los derechos, no solo de los padres, sino también de los menores.

Mucha gente dirá que la excepcionalidad venía dada por la necesidad de proteger a los niños de un padre maltratador. Ahora bien, ese argumento tiene dos problemas para mantenerse en pie. El primero es que hasta ahora no se ha podido acreditar que lo que afirma Rivas de que sus hijos corrían peligro sea cierto. Y el segundo es que es habitual que los progenitores que llevan a cabo sustracciones las justifiquen asegurando que actuaron así para proteger a los menores.

Por lo tanto, volvemos a la casilla de salida: la sustracción llevada a cabo por Juana Rivas es prototípica. Son prototípicos los hechos y prototípica la manera de intentar excusarlos. Y no se puede decir que, en comparación con otros culpables del mismo delito, se haya mostrado particularmente proclive a colaborar con las autoridades. Así pues, si en su caso está justificado el indulto, lo estaría también en el de prácticamente todas las demás sustracciones parentales, con lo cual más nos valdría borrar ese delito del Código Penal.

Ahora bien, sí que hay una dimensión en la que este caso es excepcional: su relevancia mediática. El movimiento feminista decidió hacer bandera del caso Juana Rivas y se movilizó en consecuencia. Hubo manifestaciones, artículos de prensa, entrevistas en televisión. Y ya sea por motivos ideológicos o por simple empatía, hay un porcentaje considerable de personas que se implicaron emocionalmente con su causa y acabaron convencidas de que Rivas decía la verdad. Y en ese sentido, pues, sí que su caso se diferencia de muchos otros que pasan sin pena ni gloria por los juzgados.

Pero eso nos plantea una pregunta: ¿está justificado conceder un indulto a alguien simplemente porque una buena parte de la opinión pública, incluyendo a políticos y periodistas, haya decidido creer su versión?

En mi opinión, la respuesta es no. La justicia, para merecer tal nombre, tiene que mantenerse en el campo delimitado por las pruebas, los razonamientos y las leyes. Y en el momento en que la sacamos de ahí para llevarla al terreno de las creencias populares, las emociones y los sesgos ideológicos, se convierte en otra cosa. Y no creo que sea de recibo que un indulto dependa de lo mucho que uno haya aparecido en la prensa y en la televisión. No me parecería lógico que Juana Rivas se libre de la cárcel por ser famosa, mientras que Juana X cumple su condena por no serlo..

Y sin embargo, dos matices

Cuando se produce una disputa entre una pareja de desconocidos, se pueden adoptar tres posturas. La primera es tomar partido por uno de los implicados y dar por buena su versión contra viento y marea. La segunda es tomar partido por el otro implicado y defenderlo con la misma ferocidad.

Pero la tercera, y a mi parecer la única lógica, es dudar de los dos y atenerse a lo que digan las pruebas. Eso implica renunciar a esa certeza absoluta que proporciona la fe y aceptar que lo que manejamos es solo una aproximación a la verdad, siempre susceptible de ser modificada. No cabe, pues, descartar que con el tiempo afloren nuevos hechos que reivindiquen, al menos en parte, la conducta de Juana Rivas.

Y por otro lado, este artículo está escrito para oponerse a un indulto total, que creo que sería más una cesión al populismo y a la presión de grupos organizados que un acto de justicia. Hay, sin embargo, quienes defienden la concesión de un indulto parcial afirmando que la condena a Juana Rivas es excesiva en comparación con las que se imponen por otros delitos. Esa me parece una línea argumental mucho más lógica y contra la que yo, habida cuenta de mi ignorancia de ese aspecto de la cuestión, no tengo nada que decir.

“Fiat iustitia, et pereat mundus”; hágase justicia y perezca el mundo.

.

La sentencia de La Manada: perdidos en las palabras.

El punto de vista de un filólogo sobre algunas de las polémicas.

words-stamp-neatness-hiragana-955946

.

La sentencia del llamado caso de La Manada ha sido lo suficientemente polémica como para serlo a varios niveles.  Uno de ellos es el terminológico, con encendidos debates en torno a palabras como “agresión”, “violación” o “intimidación”.

Aunque hace años que mi vida profesional ha tomado otro camino, soy filólogo por formación. En una carrera aprendes muchas cosas, pero hay algunas que son particularmente reveladoras. Para mí una de ellas fue descubrir que el valor de una expresión lingüística es siempre relativo, incluso cuando no lo parece.

Es frecuente ver debates acalorados entre personas que piensan que están discutiendo lo mismo simplemente porque lo llaman igual.

Sin embargo, eso es algo que se olvida a menudo, lo que constituye una fuente inagotable de polémicas estériles. Así, es frecuente ver debates acalorados entre personas que piensan que están discutiendo lo mismo simplemente porque lo llaman igual, cuando en realidad están hablando de cosas distintas. Por decirlo gráficamente, uno habla del Sócrates filósofo mientras el otro habla del Sócrates futbolista y, lógicamente, a ambos les parece que el otro dice disparates.

Creo que en el llamado caso de La Manada ha habido algunas de estas polémicas equívocas, pero, puesto que el debate sobre la dichosa sentencia está tan cargado emocionalmente, antes de referirme a ella voy a dar un pequeño rodeo y usar un ejemplo menos problemático.

Imaginemos que salgo a tomar algo y en un momento de descuido alguien me roba el móvil. Afortunadamente, hay testigos y la policía consigue dar con el delincuente, que confiesa. Así pues, hay denuncia del robo, testigos del robo y confesión del robo. Y, sin embargo, no hay condena por robo. Lo que hay es condena por hurto.

¿Entonces estábamos todos equivocados? ¿No era robo sino hurto?

Pues no, no estábamos equivocados. Como con el famoso gato de Schrödinger, es cierta una cosa y la contraria. En un juzgado y en una sentencia, la palabra que describe de forma apropiada los hechos es “hurto”. Pero si estoy con unos amigos y quiero contarles lo sucedido, lo lógico es llamarlo robo,  porque si lo llamo hurto, lo que conseguiré será quedar como un pedante y distraer a mis interlocutores de la información que estoy intentando transmitir.

En definitiva, no existe la palabra apropiada. El éxito de un acto comunicativo depende de escoger la más adecuada para crear la impresión que deseamos en un contexto concreto. Y las palabras no son más que instrumentos para crear esa impresión.

Vayamos ahora a la famosa sentencia del caso de la manada.

 

El término “violación”.

El caso del término “violación” es curioso y complejo. Al parecer, cuando se reformó el Código Penal en 1995, se decidió eliminarlo por considerarlo ligado a la sexualidad reproductiva más que al concepto de libertad sexual. Años más tarde se recuperó, pero de una forma muy restringida. Actualmente no aparece en los artículos que se refieren al delito de abuso sexual, ni siquiera cuando el abuso consiste en una penetración no consentida, sino que solamente lo hace en el artículo 179, que tiene la siguiente redacción: “Cuando la agresión sexual consista en acceso carnal por vía vaginal, anal o bucal, o introducción de miembros corporales u objetos por alguna de las dos primeras vías, el responsable será castigado como reo de violación con la pena de prisión de seis a 12 años “.

Con esto lo que ocurrió es que se produjo otro descuadre bastante peculiar entre el lenguaje corriente y el técnico, porque si para la R.A.E y para el hablante común una violación es cualquier penetración no consentida, para el Código, aparentemente, no.

Todo eso preparó un magnífico escenario para una tormenta, que ha acabado estallando ahora con el caso de La Manada.

¿Qué es lo que ocurre? ¿Es que la sentencia no reconoce que hubo violación?

Lo que ocurre es que tenemos un nuevo gato de Schrödinger. La sentencia da por acreditado que hubo penetraciones no consentidas y lo tiene en cuenta a la hora de establecer la pena, por lo que se puede decir que se han castigado las violaciones. Ahora bien, no lo hace por el artículo 179, así que también se puede afirmar que no hay reos de violación y, por lo tanto, que no se ha reconocido que hubo violación.

Puesto que podemos afirmar ambas cosas, la opción que elijamos va a depender fundamentalmente del público al que nos dirijamos y del mensaje que queramos transmitir.

Si queremos ser precisos y centrarnos en las particularidades del caso concreto, lo lógico sería apartar a un lado el término “violación” con toda su problemática. Al fin y al cabo, nadie ha discutido nunca que hubo penetraciones. Lo que se discute es si hubo consentimiento y si hubo intimidación; en definitiva, si hubo delito y, de haberlo, si es abuso o agresión sexual. Eso es lo que tienen que dilucidar los profesionales, y a ese debate la palabra “violación” no aporta nada.

El caso de La Manada no es solo un caso judicial sino también el escenario de una batalla ideológica mucho más amplia.

Ahora bien,  el caso de La Manada no es solo un caso judicial sino también el escenario de una batalla ideológica mucho más amplia, y ahí el término “violación” se erige en protagonista.  ¿Quiero transmitir que el sistema funciona o que las violaciones quedan en gran medida impunes? ¿Quiero defender el trabajo del Poder Judicial o quiero hablar de justicia patriarcal? Según busque una cosa u otra, puedo considerar que la violación se castigó, aunque no se la llame por ese nombre, o puedo aferrarme a la redacción literal del CP.

El lenguaje es un campo lícito para la disputa política y, además, es mejor que esta se lleve a cabo en este tipo de terrenos antes que en las calles. Sin embargo, hay algunos aspectos que me parecen dignos de señalar.

El primero es que estas disputas terminológicas a veces a lo que parecen responder es a un puro afán punitivo, porque ante un delito que se percibe como particularmente repugnante surge la tentación de tirar hacia arriba.  Convendría distinguir pues hasta qué punto lo que se está pidiendo es que los nombres de los delitos y sus interpretaciones reflejen una nueva sensibilidad o hasta qué punto lo que se está pidiendo es, sencilla y llanamente, más años de cárcel para satisfacer a una opinión pública indignada. Y conviene recordar que lo fundamental para que haya justicia no es el nombre del delito sino la proporcionalidad de la pena.

El segundo es que la vía para que una visión política entre en el Derecho debería ser a través del Poder Legislativo y no a través del Poder Judicial. Pero pedirle a los jueces que interpreten  los términos de forme acorde a una “demanda social”, que se expresa fundamentalmente en manifestaciones y artículos de opinión, supone abrirle la puerta a la ideología a un ámbito que debería ser esencialmente técnico. Y eso no es malo o bueno en función de cuál sea esa ideología. Es malo en sí mismo.

Por último,  me gustaría hablar de esa queja tan frecuente de que el lenguaje jurídico está desconectado del de la calle, algo que a veces se interpreta como un síntoma de que los juristas viven de espaldas a la realidad social.

.

¿Podemos acercar el lenguaje jurídico al común?

Como filólogo, soy favorable a todo proceso que lleve a mejorar la claridad y la accesibilidad de los mensajes, y creo que es algo en lo que se podría y se debería avanzar. Ahora bien, también creo que hay que ser conscientes de qué es posible y a partir de qué punto entramos en el terreno de la fantasía. Y lo cierto es que, aunque hiciésemos ahora un enorme esfuerzo para que hubiese una correspondencia perfecta entre el lenguaje jurídico y el de la calle, en poco tiempo se separarían de nuevo, por la sencilla razón de que se rigen y evolucionan de acuerdo a reglas diferentes.

Las funciones principales de los lenguajes técnicos y científicos son la descriptiva y la prescriptiva, y en ambas es fundamental la precisión, por lo que están dispuestos a cometer muchos sacrificios en su búsqueda. No les importa ser redundantes, no les importa ser monótonos, no les importa ser aburridos. Quieren ser claros.

Los seres humanos no queremos hablar como el prospecto de un medicamento.

En cambio, el lenguaje común tiene, además, otra función fundamental: la expresiva. Los seres humanos no queremos hablar como el prospecto de un medicamento, sino que necesitamos que nuestras emociones estén presentes en nuestras interacciones. Para eso usamos el humor, la ironía, metáforas, símiles e hipérboles. Además, empleamos también la lengua  como elemento diferenciador. Las nuevas generaciones quieren distinguirse de las anteriores; unos grupos de otros; unas clases sociales de otras. Nos vestimos con nuestras palabras igual que nos vestimos con la ropa o el corte de pelo. Y por eso el idioma también está sujeto a las modas y a un continuo proceso de cambio. Las lenguas son seres vivos y en continua evolución, y la de la calle no se va a conformar con avanzar a ese ritmo lento y minucioso de los lenguajes técnicos, y los lenguajes técnicos tampoco pueden sacrificar la precisión para correr detrás del de la calle.

¿Cuál es la solución? Pues aceptar la realidad: que la lengua es maravillosamente polifacética y expresiva precisamente porque los términos que usamos no tienen un significado absoluto sino relativo, y que le corresponde a nuestra inteligencia ser capaz de llegar a los conceptos por un lado y a la realidad por el otro sin quedarse atrapada en las palabras.

.