Jueces e ideología.

Una reflexión sobre la posible influencia del origen social de la Judicatura en sus sesgos.

 

El juez Henry Charles Lopes, (Ilustración de Vanity Fair).

El viernes me vi envuelto en una tormenta de Twitter. Todo comenzó a raíz de un tuit de Gaspar Llamazares en el que atribuía al sistema de acceso mediante oposición la “sensibilidad mayoritariamente conservadora” de la Judicatura. Yo le pregunté si había estudios que acreditasen dicho sesgo, y después fue interviniendo cada vez más gente en la conversación, hasta que mis notificaciones empezaron a echar humo.

No es mi intención entrar ahora a analizar quién dijo qué y quién tenía razón en qué. Creo que todo el mundo tenía al menos parte de razón, y que muchas de las discusiones más acaloradas se debieron más a malentendidos que a desacuerdos profundos.

Ahora bien, una de las cosas buenas de ver debatir, sobre todo cuando debaten personas con cosas interesantes que decir, es que te estimula a pensar. Y voy a intentar plasmar aquí adónde ha acabado llevando esa tormenta mis pensamientos:

 

Lo primero: ¿Debe la ideología de los jueces influir en sus resoluciones?

El camino para que la ideología entre en la ley es el Parlamento.

A veces veo a gente que reclama que los jueces hagan una interpretación progresista de la ley. No estoy de acuerdo. Creo que el camino para que la ideología entre en la ley es el Parlamento, que es donde están los representantes elegidos por la ciudadanía. Los jueces no son quienes para reorientar la legislación, ni en sentido progresista, ni en sentido conservador, ni en cualquier otro.

Ahora bien, una cosa es intentar respetar la voluntad del legislador y otra conseguirlo. Los seres humanos tenemos sesgos.

 

¿Cómo pueden entrar los sesgos en las resoluciones?

Hay algún experimento que indica que la fuerza de los sesgos ideológicos es tal que podrían llegar a distorsionar incluso nuestra capacidad para hacer cálculos matemáticos.

Y si eso es ocurre en matemáticas, tanto más puede suceder en derecho, donde siempre queda un espacio para la interpretación. La aplicación de la ley no puede ser simplemente mecánica. Para empezar, es imposible que se haya previsto toda la casuística. Además, a veces las leyes contienen defectos de redacción o se han hecho deliberadamente ambiguas para facilitar los pactos entre fuerzas distintas. En otras palabras, se ha dado un patadón hacia delante y se le ha lanzado el problema a la Judicatura.

 

Pero, si hay margen para la interpretación, ¿qué mecanismos de defensa hay contra la desviación ideológica?

Que haya que motivar las resoluciones y que a lo largo de todo el proceso acaben participando distintos fiscales, jueces y magistrados debería reducir el riesgo de que una resolución se salga de lo razonable. Pero eso, por sí mismo, no evita completamente los sesgos, porque lo razonable a menudo no va a ser una única respuesta, sino un rango de distintas respuestas posibles.

Eso es, hoy por hoy, inevitable. En la aplicación de la ley siempre hay zonas de grises, donde no se pueda afirmar con rotundidad que un tono es mejor que otro.

Pero la cuestión está entonces si, al sumar todas las tonalidades de las decenas de miles de resoluciones, se aprecia que acaba predominando un color concreto.

Si la Judicatura es una representación equilibrada de la pluralidad de nuestra sociedad, eso no debería ocurrir; tendríamos un gris neutro. Ahora bien, si de media están más escorados hacia un lado, por mucho que se esfuercen en ser imparciales, sus sesgos van a entrar en juego y van a desviar la ley, en mayor o menor medida, de lo que era la voluntad del Legislador.

Por eso es lícito preguntarse si los jueces son una muestra representativa de la sociedad. Y una y otra vez se oye la afirmación de que presentan un claro sesgo conservador como consecuencia del sistema de oposiciones, que favorece a quienes vienen de familias pudientes.

¿Es así? ¿Es justa esa acusación? No son preguntas que se presten a una respuesta sencilla, y para afrontarlas voy a descomponer el problema en 3 aspectos:

1- ¿Influye la clase social en las posibilidades de llegar a juez?
2- ¿Hasta qué punto determina la clase social la ideología política?
3-Y ¿hasta qué punto depende la ideología de otros factores?

 

1- ¿Influye la clase social en las posibilidades de llegar a juez?

La respuesta es sí. Es evidente que existe un problema con el ascensor social, no solo en España, pero también en España. No es que esté completamente averiado, pero tampoco funciona todo lo bien que debería. Sigue siendo difícil salir de la clase social en la que se nace.

Sin embargo, cabe señalar que ese no es un problema que afecte en exclusiva a la Judicatura. Un niño que crezca en la pobreza lo tiene más difícil para ser juez, pero también para ser médico, catedrático o arquitecto. Y es cierto que dedicar un tiempo de estudio a preparar una oposición sin el apoyo de una beca añade un plus de dificultad; pero, por otra parte, la oposición en sí misma es un mecanismo bastante más igualitario que algunos de los que existen en el ámbito privado. Muchos profesionales liberales y empresarios heredan despachos, clientelas, contactos y negocios.

Frente a eso se puede argumentar que, puesto que el Judicial es un poder, es más problemático que el acceso a él sea desigual. Ahora bien, lo cierto es que ningún poder, sea el judicial, el legislativo o incluso aquellos que están fuera del Estado, como el poder económico, está distribuido de forma equitativa por toda la sociedad. En los parlamentos están más representados quienes tienen estudios superiores que quienes carecen de ellos; los ricos y clases medias más que los pobres. Y sería ingenuo pensar que, mientras los jueces se ven influidos por sus sesgos de clase, los parlamentarios no tienen puntos ciegos.

La herencia marca la distribución de la riqueza y del poder en todas las esferas.

No nos vamos a caer ahora del guindo si descubrimos que no vivimos en una meritocracia pura, y que aunque la democracia liberal sea un sistema mejor que otros, está lejos de ser perfectamente justo. La herencia marca la distribución de la riqueza y del poder en todas las esferas. Ese es un problema que todavía no hemos resuelto.

 

2- ¿Hasta qué punto determina la clase social la ideología?

Es otra cuestión extremadamente complicada. Si hacemos una distribución de los votantes a lo largo del eje izquierda/derecha, no nos quedan todos los ricos en el extremo derecho, las clases medias en el centro y los pobres en la izquierda. La distribución es mucho más irregular. Hay más simpatizantes de Podemos, por ejemplo, en las clases altas que entre los obreros.

Y en parte esa irregularidad se debe a que ahora mismo la ideología política no encaja en un único eje, el de la tradicional lucha de clases, sino que es multidimensional. Así, por ejemplo, “izquierda” es ahora una etiqueta paraguas bajo la que caben muchas cosas distintas e incluso contradictorias, desde las políticas identitarias hasta ciertos tipos de ecologismo, pasando por el independentismo o algunas formas de antiglobalización. De hecho, unos de los fenómenos llamativos en Cataluña fue ver como Ciudadanos conseguía buenos resultados en el cinturón metropolitano de Barcelona mientras que a la Cup le iba proporcionalmente mejor en los barrios céntricos.

¿Significa eso que no haya correlación entre extracción social e ideología política? No. Es seguro que la hay. Pero lo que sí que significa es que esa correlación es más relativa y compleja de lo que parece a primera vista, y que por lo tanto hay que tener cuidado a la hora de sacar conclusiones apresuradas.

 

3 -¿Hay más factores relacionados con la ideología que la extracción social?

De nuevo la respuesta es sí. Edad, lugar donde uno ha crecido, lugar donde se vive, religiosidad…  Hay estudios que muestran relaciones entre nuestra ideología y nuestros rasgos psicológicos y genéticos. Y también se puede encontrar una relación entre profesión e ideas políticas que no es atribuible de forma exclusiva al origen social. Y esta relación, efectivamente, muestra que los juristas, así como los médicos, tienden a estar más a la derecha, mientras que, por ejemplo, los profesores de universidad o los ingenieros están más a la izquierda.

Sin embargo, es muy difícil saber hasta qué punto eso se debe a que la ideología previa influye en la elección de una carrera, o es esta y la experiencia profesional la que va moldeando la ideología. Probablemente sea una mezcla de las dos. Y todo eso es difícil de medir y de compensar.

 

Conclusión:

El tema es lo suficientemente complejo como para merecer que se ahonde en él. Y hay muchos más aspectos que se podrían examinar. Sin embargo, si la pregunta es si hay sesgos en los jueces, mi convencimiento es que sí, pero no porque los jueces constituyan una élite de espaldas a la sociedad, sino precisamente porque forman parte de ella y toda la sociedad está impregnada de sesgos; al fin y al cabo, está constituida por humanos.

Eso no significa que debamos aceptarlo sin más. El progreso siempre pasa por la crítica y el cambio, y hay que estar abiertos a modificar los sistemas de oposición, que sin duda serán mejorables,  y a intentar conseguir que el acceso a la Judicatura sea lo más plural posible, así como también a perfeccionar los mecanismos para minimizar el impacto de los sesgos en las resoluciones judiciales.

Ahora bien, dos comentarios:

El problema del acceso a la Judicatura no es sino un episodio de una batalla más grande: la del funcionamiento del ascensor social.

El primero es que, como ya he señalado, el problema del acceso a la Judicatura no es sino un episodio de una batalla más grande: la del funcionamiento del ascensor social. Así pues, si realmente lo que queremos es una sociedad más justa y con un mayor reparto del poder, lo que se necesita es una estrategia mucho más amplia. No se trata de resolver la igualdad de oportunidades para ser fiscal o juez. Hay que avanzar en la igualdad de oportunidades en general.

Y el segundo es que, de la misma forma que es bueno que ejerzamos el sentido crítico para examinar si el sistema de oposiciones es justo y eficaz, también es bueno que usemos ese mismo sentido crítico para preguntarnos por qué se pone tanto el foco sobre los sesgos de los jueces y fiscales, mientras se debaten menos, por ejemplo, los sesgos ideológicos de los profesores de universidad, periodistas y otros colectivos que también contribuyen a dar forma a nuestra sociedad.

No dudo que parte de las críticas no estén motivadas por una preocupación sincera por el funcionamiento de la Justicia. Pero así como los jueces tienen inevitablemente sesgos, quienes los critican también. Y me parece que una buena parte de quienes cuestionan continuamente los valores de la Judicatura (y no me refiero a Gaspar Llamazares) lo que quieren no es una justicia ideológicamente neutra, sino una que comparta sus propios valores.

 

 

 

 

 

 

El buque Aquarius y mi ética.

La empatía es hermosa, pero también lo es el uso de la razón.

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Siempre he tenido interés por el tema de los fundamentos de la ética y es algo sobre lo que leo e investigo. Esas investigaciones, sin embargo, se suelen topar con un problema: no tengo una mente bien dotada para las sutilezas filosóficas. Así, las probabilidades de que en una conferencia sobre ética me evada y me ponga a pensar sobre lo que voy a cenar esa noche son bastante altas; de hecho, creo que me costaría menos mantenerme atento si la charla fuese sobre algún tema más pedestre, como la forma de fabricar sacapuntas, por ejemplo.

Pero lo sigo intentando. Sin embargo, tampoco tengo la sensación de que los conceptos que encuentro en los libros me estén ayudando a la hora de entender mi ética. No creo que la forma más clara de explicarla sea etiquetándola como una ética de valores, deontológica o consecuencialista, o aludiendo a conceptos como el emotivismo o el subjetivismo. Creo que soy mucho, mucho más simple que todo eso: mis juicios éticos se reducen, en el fondo, a juicios estéticos. Hay actos y sentimientos que encuentro hermosos y otros que encuentro feos, igual que me ocurre con las canciones, los libros o los rostros.

Ahora bien, apoyarme en la estética simplifica la cuestión, pero tampoco completamente, porque mi gusto bebe de dos fuentes: una irracional y otra racional.

Mi capacidad de razonar no pinta nada cuando se trata de valorar, por ejemplo, una cara, una canción o un paisaje. De hecho, muchas veces la razón me está diciendo “eso no debería gustarte” y, sin embargo, me gusta, porque conecta directamente con mis emociones sin pedirle permiso a mi cerebro.

Pero en otros casos la razón lo pinta todo. Me gustan los argumentos bien construidos, los discursos lúcidos y coherentes, la precisión en el uso de los conceptos. Y, por el contrario, cuando veo a alguien hilar una falacia tras otra, siento la misma repugnancia que cuando veo a gente tirar basura en el campo. El uso tramposo de argumentos inválidos me produce auténtica indignación moral.

¿Y cómo afecta todo eso a mi visión de lo ocurrido con el buque Aquarius?

Por una parte, me parece hermoso que seamos capaces de sentir empatía por la situación de completos desconocidos, que no veamos en ellos solo un número o un problema, sino personas de carne y hueso.  Aplaudo el afán de solidaridad y la generosidad espontánea.

Ahora bien, cuando se trata de evaluar las acciones de todas  las organizaciones implicadas, desde estados a ONGs, mi estética pasa a apoyarse en la otra pata, la racional. Me gustaría que sus actos no fuesen improvisados y sentimentales. Quiero que sean meditados, coherentes, coordinados y, sobre todo, útiles, útiles de verdad, ya no para resolver de forma digna el problema de 629 migrantes, que también, sino para afrontar desafíos más graves y profundos,  desafíos que marcan de forma dolorosa la vida de millones de personas.

En política los gestos son importantes: Sirven para inspirar y para aunar fuerzas.

Eso no significa que les pida a los políticos que le den la espalda a la empatía o que se comporten con la fría racionalidad de un ingeniero diseñando una estructura. En absoluto. La empatía no es el mejor conductor al volante, pero es un buen motor, y soy consciente, además, de que en política los gestos son importantes: Sirven para inspirar, para aunar fuerzas y, con ello, permiten romper inercias que sería imposible superar de otra manera.

Pero una cosa es que los gestos sean importantes y otra muy distinta quedarse solo en ellos. La gran política es la que es capaz de usarlos para abrir puertas, llegar al fondo de los problemas y marcar una diferencia. La pequeña política, la más mezquina, se queda en lo simbólico, porque solo piensa en términos de réditos electorales y de repartos de poder. La gran política baja al mundo real y se mancha las manos. La pequeña se echa atrás hipócritamente, para observar cuál es el siguiente titular que capta la atención del público y qué postura conviene tomar esa vez.

Por eso creo que es bueno que los ciudadanos usemos toda nuestra capacidad ética y estética y, al tiempo que aplaudimos los gestos hermosos, demandemos la belleza que se deriva de la lógica y de la coherencia, del rigor, de las cosas bien hechas. En definitiva, creo que es importante que vigilemos a nuestros políticos y no les dejemos acomodarse, sino que les exijamos que vayan más allá y construyan algo más sólido y duradero que una retahíla de gestos.

 

¿Es justo el derecho a la secesión unilateral?

Olvidemos un momento lo legal y lo político y debatamos lo que es justo.

Hay dos dimensiones que vienen dominando el debate público sobre el tema de Cataluña: la política y la legal. Pero hay una tercera que, en el fragor de la batalla, parece haber quedado prácticamente olvidada: la dimensión moral. Es decir, dejando aparte si es legal o no y los métodos con que se persigue, ¿es justo en sí mismo el derecho a la secesión unilateral?

Lo curioso, además, es que esa falta de debate no se debe a un acuerdo general sino justo a lo contrario, a un desacuerdo absoluto. Y en el origen de ese desacuerdo están dos formas de entender cómo se puede satisfacer el derecho a la autodeterminación de los pueblos.

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Unos creen que ese derecho se puede satisfacer mediante mecanismos de participación política en los estados existentes, mientras que los otros piensan que hay que reconocer, además, el derecho a la secesión unilateral. Un pueblo, dicen, debe poder decidir su destino sin estar sometido a voluntades ajenas.

A primera vista, el argumento de los secesionistas suena convincente. Al fin y al cabo, a todos nos gusta decidir por nosotros mismos las cuestiones que nos afectan, y por eso la idea arranca con facilidad un eco emotivo. Ahora bien, si la examinamos con atención, presenta varios problemas.

Lo que está en discusión es cuál es el universo electoral válido, cuál es la mayoría que puede arrastrar a una minoría.

El primero es que un pueblo no tiene una única voluntad. Eso es una ficción del lenguaje. Por lo tanto, cuando un colectivo vota, nadie decide por sí mismo sino que la mayoría decide por todos. Que haya minorías que se ven arrastradas en decisiones que no comparten es una consecuencia inevitable de la democracia y su contrato social. Así pues, lo que realmente está en discusión es cuál es el universo electoral válido, cuál es la mayoría que puede arrastrar a una minoría. Y los independentistas entienden que el universo electoral debe ser lo que ellos identifican como su nación.

Sin embargo, la realidad es que no hay ningún criterio objetivo que permita definir con exactitud qué es una nación. Por mucho que se debata sobre historia, lengua y cultura, nada de eso nos va a dar una respuesta definitiva. Al final, los criterios objetivos se tienen que completar con los subjetivos.

Esa falta de precisión no plantea problemas cuando nos vamos a casos extremos, como ocurre con las colonias. Podemos debatir mucho sobre cuántos pueblos habitaban el subcontinente indio en 1947 y si el Reino Unido era una nación o varias, pero tenemos una certeza: los habitantes del subcontinente y los de Reino Unido no constituían un único pueblo. Por eso, la independencia de la India resulta fácil de justificar.

En cambio, en situaciones como la de España en 2017, conseguir respuestas funcionales es mucho más difícil, como podemos ver con algunos ejemplos:

Empecemos por uno personal: Mi hermano y yo nos criamos juntos y hemos vivido casi siempre en la misma provincia. Sin embargo, a estas alturas hablamos lenguas distintas y, si nos forzasen a escoger una nacionalidad, no escogeríamos la misma. ¿Cuál de las dos posturas es más lícita? Puesto que estamos tratando con una identificación que se apoya en lo subjetivo, ambas son igual de lícitas. Por eso, en el momento en que se intenta identificar la nación con el Estado se crea un problema insoluble, porque no hay ninguna fórmula que pueda ser válida para los dos al mismo tiempo. O bien mi hermano tendrá la sensación de que vive en un Estado que abarca mucho más que su nación, o yo tendré la sensación de que la mayor parte de la mía ha quedado fuera.

Segundo ejemplo: Cataluña. Imaginemos que hay una mayoría de catalanes que quiere la independencia. Ahora bien, esa mayoría no va a estar distribuida uniformemente. ¿Qué ocurre, por ejemplo, si en la provincia de Barcelona predominan los que quieren quedarse en España? No estamos hablando de un barrio o una casa; Barcelona, al fin y al cabo, tiene más población que muchos países y unas fronteras bien definidas. ¿Podría Barcelona decidir por sí misma a qué Estado prefiere pertenecer? ¿Y una unidad más pequeña que la provincia?

Es difícil justificar por qué Cataluña tendría que ser indisoluble al tiempo que afirmas que España no. Si bien hay motivos históricos y culturales para defender que Cataluña sea una unidad, también los hay para que lo sea España. De nuevo, se trata del choque de unas subjetividades contra otras.

Es estéril invocar un supuesto derecho moral si no hay unos criterios objetivos para identificar al titular de ese derecho.

En definitiva, es estéril invocar un supuesto derecho moral si no hay unos criterios objetivos para identificar al titular de ese derecho. Desde el momento en que esa identificación va a depender, en última instancia, de los sentimientos, servirá para defender aspiraciones que se contradicen entre sí, sin que podamos afirmar que una es más justa que las demás.

Personalmente, creo que la idea de que parcelando los Estados existentes vamos a conseguir otros hechos a medida de los pueblos es una quimera, y una quimera peligrosa, además. En casos como el de Cataluña no hay nacionalidades nítidamente separadas por ríos y cordilleras, sino que están irremediablemente entremezcladas. Y la democracia no consiste en convertir en un objetivo político que todo el mundo comparta una identidad, sino en construir marcos en los que las personas tengan la libertad de desarrollar sus identidades (nacionales o de cualquier otro tipo) libremente. Y eso no significa renunciar a las raíces culturales. Lo que significa es no convertirlas en una fortaleza en la que encastillarse.

Por otra parte, hay quienes intentan justificar el derecho a la secesión presentándolo, precisamente, como un mecanismo de regeneración democrática. Según ellos, España sería un estado fallido, atrapado por su pasado, y la secesión, un estímulo para salir de ese anquilosamiento. Sin embargo, dejando aparte lo discutible que es esa visión tan negra de nuestro país, ese sería en todo caso un argumento para defender la secesión, pero no la unilateralidad. Toda sociedad contiene minorías con ideas sobre cómo mejorar la democracia. Es más, todos los individuos las tenemos. Pero, precisamente porque vivimos en una democracia, no podemos imponerlas sin contar con la mayoría.

En definitiva, creo que las apelaciones a un supuesto derecho moral a decidir, aunque puedan sonar atractivas, no están bien fundamentadas. Ahora bien, hay más de dos millones de personas en Cataluña que piensan de manera diferente, y cuando tienes un sector tan importante de la población que no se identifica con el Estado, hay un problema de primer orden. Cómo se pueda solucionar ya es otra cuestión, porque una cosa son las disquisiciones teóricas y otra muy diferente las realidades políticas.

(Este texto ha sido modificado a raíz de los comentarios de martisegura, a quien agradezco que me estimulase a seguir pensando)