¿Es justo el derecho a la secesión unilateral?

Olvidemos un momento lo legal y lo político y debatamos lo que es justo.

Hay dos dimensiones que vienen dominando el debate público sobre el tema de Cataluña: la política y la legal. Pero hay una tercera que, en el fragor de la batalla, parece haber quedado prácticamente olvidada: la dimensión moral. Es decir, dejando aparte si es legal o no y los métodos con que se persigue, ¿es justo en sí mismo el derecho a la secesión unilateral?

Lo curioso, además, es que esa falta de debate no se debe a un acuerdo general sino justo a lo contrario, a un desacuerdo absoluto. Y en el origen de ese desacuerdo están dos formas de entender cómo se puede satisfacer el derecho a la autodeterminación de los pueblos.

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Unos creen que ese derecho se puede satisfacer mediante mecanismos de participación política en los estados existentes, mientras que los otros piensan que hay que reconocer, además, el derecho a la secesión unilateral. Un pueblo, dicen, debe poder decidir su destino sin estar sometido a voluntades ajenas.

A primera vista, el argumento de los secesionistas suena convincente. Al fin y al cabo, a todos nos gusta decidir por nosotros mismos las cuestiones que nos afectan, y por eso la idea arranca con facilidad un eco emotivo. Ahora bien, si la examinamos con atención, presenta varios problemas.

Lo que está en discusión es cuál es el universo electoral válido, cuál es la mayoría que puede arrastrar a una minoría.

El primero es que un pueblo no tiene una única voluntad. Eso es una ficción del lenguaje. Por lo tanto, cuando un colectivo vota, nadie decide por sí mismo sino que la mayoría decide por todos. Que haya minorías que se ven arrastradas en decisiones que no comparten es una consecuencia inevitable de la democracia y su contrato social. Así pues, lo que realmente está en discusión es cuál es el universo electoral válido, cuál es la mayoría que puede arrastrar a una minoría. Y los independentistas entienden que el universo electoral debe ser lo que ellos identifican como su nación.

Sin embargo, la realidad es que no hay ningún criterio objetivo que permita definir con exactitud qué es una nación. Por mucho que se debata sobre historia, lengua y cultura, nada de eso nos va a dar una respuesta definitiva. Al final, los criterios objetivos se tienen que completar con los subjetivos.

Esa falta de precisión no plantea problemas cuando nos vamos a casos extremos, como ocurre con las colonias. Podemos debatir mucho sobre cuántos pueblos habitaban el subcontinente indio en 1947 y si el Reino Unido era una nación o varias, pero tenemos una certeza: los habitantes del subcontinente y los de Reino Unido no constituían un único pueblo. Por eso, la independencia de la India resulta fácil de justificar.

En cambio, en situaciones como la de España en 2017, conseguir respuestas funcionales es mucho más difícil, como podemos ver con algunos ejemplos:

Empecemos por uno personal: Mi hermano y yo nos criamos juntos y hemos vivido casi siempre en la misma provincia. Sin embargo, a estas alturas hablamos lenguas distintas y, si nos forzasen a escoger una nacionalidad, no escogeríamos la misma. ¿Cuál de las dos posturas es más lícita? Puesto que estamos tratando con una identificación que se apoya en lo subjetivo, ambas son igual de lícitas. Por eso, en el momento en que se intenta identificar la nación con el Estado se crea un problema insoluble, porque no hay ninguna fórmula que pueda ser válida para los dos al mismo tiempo. O bien mi hermano tendrá la sensación de que vive en un Estado que abarca mucho más que su nación, o yo tendré la sensación de que la mayor parte de la mía ha quedado fuera.

Segundo ejemplo: Cataluña. Imaginemos que hay una mayoría de catalanes que quiere la independencia. Ahora bien, esa mayoría no va a estar distribuida uniformemente. ¿Qué ocurre, por ejemplo, si en la provincia de Barcelona predominan los que quieren quedarse en España? No estamos hablando de un barrio o una casa; Barcelona, al fin y al cabo, tiene más población que muchos países y unas fronteras bien definidas. ¿Podría Barcelona decidir por sí misma a qué Estado prefiere pertenecer? ¿Y una unidad más pequeña que la provincia?

Es difícil justificar por qué Cataluña tendría que ser indisoluble al tiempo que afirmas que España no. Si bien hay motivos históricos y culturales para defender que Cataluña sea una unidad, también los hay para que lo sea España. De nuevo, se trata del choque de unas subjetividades contra otras.

Es estéril invocar un supuesto derecho moral si no hay unos criterios objetivos para identificar al titular de ese derecho.

En definitiva, es estéril invocar un supuesto derecho moral si no hay unos criterios objetivos para identificar al titular de ese derecho. Desde el momento en que esa identificación va a depender, en última instancia, de los sentimientos, servirá para defender aspiraciones que se contradicen entre sí, sin que podamos afirmar que una es más justa que las demás.

Personalmente, creo que la idea de que parcelando los Estados existentes vamos a conseguir otros hechos a medida de los pueblos es una quimera, y una quimera peligrosa, además. En casos como el de Cataluña no hay nacionalidades nítidamente separadas por ríos y cordilleras, sino que están irremediablemente entremezcladas. Y la democracia no consiste en convertir en un objetivo político que todo el mundo comparta una identidad, sino en construir marcos en los que las personas tengan la libertad de desarrollar sus identidades (nacionales o de cualquier otro tipo) libremente. Y eso no significa renunciar a las raíces culturales. Lo que significa es no convertirlas en una fortaleza en la que encastillarse.

Por otra parte, hay quienes intentan justificar el derecho a la secesión presentándolo, precisamente, como un mecanismo de regeneración democrática. Según ellos, España sería un estado fallido, atrapado por su pasado, y la secesión, un estímulo para salir de ese anquilosamiento. Sin embargo, dejando aparte lo discutible que es esa visión tan negra de nuestro país, ese sería en todo caso un argumento para defender la secesión, pero no la unilateralidad. Toda sociedad contiene minorías con ideas sobre cómo mejorar la democracia. Es más, todos los individuos las tenemos. Pero, precisamente porque vivimos en una democracia, no podemos imponerlas sin contar con la mayoría.

En definitiva, creo que las apelaciones a un supuesto derecho moral a decidir, aunque puedan sonar atractivas, no están bien fundamentadas. Ahora bien, hay más de dos millones de personas en Cataluña que piensan de manera diferente, y cuando tienes un sector tan importante de la población que no se identifica con el Estado, hay un problema de primer orden. Cómo se pueda solucionar ya es otra cuestión, porque una cosa son las disquisiciones teóricas y otra muy diferente las realidades políticas.

(Este texto ha sido modificado a raíz de los comentarios de martisegura, a quien agradezco que me estimulase a seguir pensando)