Los independentistas no son mis enemigos.

Me niego a quedar atrapado en el tribalismo.

Grafiti en el Muro de Berlín
Grafiti en el Muro de Berlín

Soy unionista, lo confieso. Y como tal unionista, me he batido el cobre en distintos foros, recibiendo mi porción de aplausos e insultos.

Los humanos tenemos instintos tribales e, inevitablemente, una parte de mí ha acabado cayendo en la división binaria míos/no míos. He de reconocer que no puedo evitar alegrarme de una forma un tanto infantil e incluso mezquina cuando se le mete un gol al que considero el equipo rival.

Ahora bien, hay una voz en mi cabeza que me recuerda que esto no es ningún juego y que, además, si los equipos se constituyesen de acuerdo a cualquier otro criterio (propensión a la violencia, preocupación por los derechos humanos, tolerancia con la corrupción, etc.), las alineaciones serían diferentes. Y la verdad es que algunos de esos criterios me importan bastante más que la configuración territorial del estado.

Los independentistas no son mis enemigos. De hecho, algunos de ellos son amigos en el sentido más íntimo del término. Y no tengo ninguna intención de que dejen de serlo por una discrepancia ideológica.

No soy, además, propenso a tomar como enemigos a personas. Prefiero reservar mi hostilidad para hechos o actitudes y, cuando se trata de política, especialmente para aquellos que atentan contra la democracia, que es la que considero mi patria por encima de cualquier otra.

Eso, desgraciadamente, no hace la lista de enemigos corta sino larga. Pero hoy me voy a limitar a comentar tres que creo que han desempeñado o están desempeñando un papel muy negativo en la crisis de Cataluña:

La corrupción.

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Victor Dubreuil: Barrels of Money (Fragmento)

Soy de los que piensan que la corrupción ha jugado un papel decisivo en el conflicto que estamos viviendo. En un determinado momento, políticos de ambos lados decidieron que envolverse en las banderas era una buena manera de frenar la fuga de votos. Los intereses partidistas les llevaron a bloquear la búsqueda de soluciones por las vías institucionales y a exagerar las afrentas, con lo que se empujó la discrepancia hacia el enfrentamiento.

“Divide y vencerás” siempre ha sido una máxima acertada. La inmensa mayoría de los ciudadanos estábamos unidos en nuestra repulsa a la corrupción. Ahora nos hemos vuelto tuertos y solo vemos aquella que nos interesa ver. Todo sea por la causa.

Sin embargo, más nos valdría volver a abrir los ojos, porque el daño que nos hace la corrupción es tremendo. “Que devuelvan lo robado” es una frase popular pero ingenua, porque la mayor parte de lo perdido no se puede devolver.

Hemos premiado a los empresarios que metían el dinero en sobres en vez de gastarlo en investigación y desarrollo. Hemos consentido que muchos ascensos en las administraciones recompensasen el servilismo en vez de la competencia. Y hemos invertido enormes cantidades de fondos en la creación de infraestructuras y organismos inútiles, cuyos costes de mantenimiento se prolongan en el tiempo. Mientras tanto, hemos dejado que la sanidad, la justicia, la educación, la investigación y la dependencia se asfixiasen económicamente.

Así pues, el coste de la corrupción no son los millones de euros distraídos. Es el paro y la precariedad provocadas por la falta de competitividad de nuestras empresas; son los equipos de investigación desmantelados; son unas administraciones, lentas, torpes y a menudo presas de intereses particulares; es el deterioro de la confianza de los ciudadanos en las instituciones; son los dependientes que han muerto sin recibir ayudas; y un largo etcétera.

Y sacar algo de dinero de los bolsillos de los malversadores no puede compensar todo eso. Con suerte, podremos corregir el futuro, pero lo perdido perdido está. Y de momento tampoco parece que estemos avanzando decididamente hacia corregir nada, porque la corrupción se ha convertido en un arma con que descalificar al otro bando en vez de ser el enemigo a batir.

La mentira.

Creo que otro de los peores venenos para la democracia es la mentira, adopte el título que adopte: bulo, posverdad, falacia, sesgo, e incluso eso que en inglés se llama “paltering”, y que consiste en crear una impresión falsa mediante el uso de verdades seleccionadas.

Y es triste decir que, en la llamada “Era de la Información”, la mentira demuestra estar en plena forma. Las redes sociales le proporcionan circuitos para que pueda exhibir lo veloz que es, mucho más que la verdad, que trota detrás impotente. Además, la polarización la ha convertido en una mercancía apreciada.

El concepto de libertad se ha ampliado hasta incluir un nuevo derecho: el de declarar verdad lo que a uno le dé la gana.

Parece como si en las últimas décadas el concepto de libertad se hubiese ampliado hasta incluir un nuevo derecho: el de declarar verdad lo que a uno le dé la gana, despreciando la evidencia. En una época en que ya no hay la férrea imposición de creencias y en que tenemos la información al alcance de los dedos, preferimos darle la espalda a los hechos y abrazarnos a nuestros prejuicios.

Y eso hace mucho más difícil que podamos superar cualquier enfrentamiento, porque, en el momento en que renunciamos a la objetividad, estamos destruyendo el puente que nos permite encontrar puntos en común con quien piensa diferente. Ya no se trata de que el partido sea bronco y confuso. Se trata de que ni tan siquiera se comparte el campo de juego y cada equipo se ha retirado al suyo, donde puede meter todos los goles sin oposición, aplaudido fervorosamente por su bancada.

La intolerancia.

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“For in politics, as in religion, it is equally absurd to aim at making proselytes by fire and sword.” Alexander Hamilton.

Muchas de las advertencias que Alexander Hamilton hacía al comienzo de The Federalist siguen vigentes más de doscientos años después, posiblemente porque la intolerancia no es fruto de una época sino que está en parte escrita en nuestro código. Todas las generaciones tenemos que aprender a domarla igual que todas necesitamos aprender a hablar.

En muy pocos conflictos una de las partes tiene el cien por cien de la razón. Sin embargo, todos los conflictos están llenos de gente que, no solo cree que la tiene, sino que además piensa que los demás no se la dan por pura mala fe. Son personas que viven el mundo de las ideas con una actitud más propia de la mitología religiosa y, armadas con la espada flamígera, se lanzan a combatir a quienes se interponen en el camino de la revelación. Basta con asomarse a las redes para ver la cantidad de gente cuya respuesta ante la discrepancia es el insulto.

Sin embargo, dejando aparte que la discrepancia es el motor del progreso (sin ella, no habríamos alcanzado todavía ni tan siquiera el Paleolítico), hay otro gran motivo para apreciarla: La discrepancia garantiza que vivimos en democracia. Por eso, sería buena idea dejar de gastar tantas fuerzas en probar que tenemos razón y gastar más en investigar en qué no la tenemos. Quizá así podríamos mantener diálogos de verdad en vez de jugar al frontón.

Un último apunte: La ruptura de la legalidad.

Hay, sin embargo, otro enemigo que no puedo dejar de mencionar: la reivindicación de la ilegalidad como forma de hacer política.  Hoy, sin embargo, no voy a entrar en él; no porque crea que sea accesorio, sino precisamente porque creo que es fundamental y merece un análisis más exhaustivo del que le puedo dar en este artículo.

Ser demócrata implica aceptar que el fin no justifica cualquier medio y, por tanto, estar dispuesto a comprometerse con una serie de límites y reglas. Que ahora mismo la batalla política se esté desarrollando fuera de esos límites es un enorme fracaso colectivo.

Opinión pública y justicia (2): Los medios.

De por qué a veces la prensa es infiel.

¿Cómo nos formamos los ciudadanos nuestras opiniones sobre el funcionamiento de la justicia?

Es difícil que lo hagamos siguiendo en directo todos los pasos de un proceso. Ni siquiera es usual que nos leamos las sentencias. Así que la mayoría de las veces lo vamos a hacer a partir de la información seleccionada que nos proporcionan intermediarios, el principal de los cuales es la prensa.

Es lícito, entonces, preguntarse hasta qué punto esa información es fiel. Y en este artículo voy a exponer cinco factores que creo que influyen para que no siempre lo sea:

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Vanity Fair: Judge William Rann Kennedy

1: Falta de conocimiento técnico.

Aunque hay periodistas con excelentes conocimientos de Derecho, hay dos motivos por los que quienes escriben sobre justicia no siempre los tienen:

En primer lugar, el sector ha sufrido una doble crisis, la económica y la de la transición al modelo digital, que ha tenido efectos devastadores en términos de empleo, salarios y precariedad. Lógicamente, no se puede tener una calidad que no se paga.

Y otras veces el problema no es de falta de especialización, sino que lo que ocurre es que un periodista especializado en otro campo sigue los avatares de un caso particularmente mediático hasta los tribunales y, como consecuencia, acaba nadando donde no hace pie.

2: Un exceso de opinión.

El centro de gravedad de la prensa está desplazado hacia la opinión. Las razones para ello son múltiples, pero podemos resaltar dos:

En primer lugar, la combinación de una sociedad más polarizada y de un mercado más competitivo hace que muchos medios busquen conectar con un público concreto. Y en segundo lugar, ante el aumento de la precariedad, los periodistas reaccionan intentando construirse una marca personal. En ambos casos, opinar mucho es eficaz.

El problema es que, cuando se trata de justicia, las opiniones no suelen limitarse a las consecuencias sociales o políticas de una resolución, sino que a menudo se aventuran en el terreno técnico. Algunos periodistas tienen suficiente capacidad para hacerlo; pero otros se limitan a suplir la falta de conocimiento forzando el tono.

3: Internet  hace que se trabaje más rápido.

El nuevo escenario digital no solo ha traído un enorme incremento en la cantidad de información sino también de la velocidad a la que esta se mueve. Hay más interacción con el público y una mayor frecuencia de renovación de contenidos. La red está viva y late millones de veces por segundo.

No es raro ver a periodistas valorando sentencias antes siquiera de haberlas leído.

Esa inmediatez tiene sus ventajas, pero también su precio en rigor, y no es raro, por ejemplo, ver a periodistas cuestionando sentencias que ni tan siquiera han leído.

4: El clickbait.

La prensa digital se alimenta fundamentalmente de los clicks, de las veces que pulsamos para abrir una noticia. Esto condiciona la forma de presentarlas. Seamos francos, entre estos dos titulares, ¿cuál nos intriga más?:

“Absuelto de homicidio el hombre que tiró a su mujer por la ventana en Vigo.”

“14 años en un centro psiquiátrico para el hombre que tiró a su mujer por la ventana en Vigo.”

Obviamente, gana el primero. El segundo es tan informativo que nos deja poco que indagar.  Sin embargo, el problema es que, en una época saturada de información, los lectores hemos desarrollado hábitos de escaneo y a menudo no llegamos a abrir los enlaces. Es más, incluso relanzamos las noticias por las redes sin haberlas leído.

La consecuencia es que muchas veces la impresión dejada por el titular es lo que prevalece.

5: El uso de moldes preconcebidos.

A lo largo de la historia ha habido dos maneras de explicar el mundo: partiendo de un modelo hacia la realidad o partiendo de la realidad para construir el modelo.

Partir de la realidad es la base de la ciencia moderna. Ahora bien, no es ni fácil ni rápido. Los sucesos están llenos de detalles contradictorios y aclarar las causas que se ocultan tras ellos es un proceso que puede llevar décadas. Ese es un ritmo que el periodismo no puede permitirse.

Lo que los lectores le pedimos a la prensa es que nos ordene el mundo.

Por otra parte, intentar reflejar fielmente un trozo de realidad puede acabar produciendo una pieza difícil de digerir. Y los lectores no solemos acudir a los medios para leer un texto confuso que al final nos deje con más preguntas que respuestas. Lo que le pedimos a la prensa es que nos ordene el mundo.

Por eso, para el periodismo siempre ha sido tentador presentar los sucesos particulares como un ejemplo de, usando un molde para empaquetar los hechos.

En los casos más groseros se llega al extremo de retorcer la verdad, pero a menudo ni siquiera hace falta. Basta con seleccionar, de entre toda la información disponible, aquella que encaja en el molde. Evidentemente, la imagen que se obtiene es parcial, pero a cambio conseguimos una pieza pulcra y fácil de leer.

¿Y qué fuentes de moldes hay? Básicamente dos:

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Tischbain: Héroes de la Ilíada.

A) Las historias eternas.

Son varios los autores que han escrito sobre la pervivencia de grandes mitos eternos en las noticias periodísticas de hoy en día. Se puede debatir mucho sobre su clasificación, pero hay dos hechos indiscutibles:

Uno: que hay una serie de historias y personajes arquetípicos que, con pequeñas variaciones, nos acompañan desde la noche de los tiempos. Son inmortales porque han demostrado tener una buena capacidad para conectar con nuestras emociones.

Dos: que a menudo el periodismo, que nos conoce bien, prefiere contarnos historias a exponernos hechos. Es decir, el “story first” sustituye al  “facts first”.

Y  los sucesos que pasan por los juzgados ofrecen a menudo buena materia prima para construir relatos, con una serie de personajes inconfundibles: “la víctima inocente”, “el villano”, “el héroe que se alza a mano desnuda contra la injusticia”, etc.

Una misma persona del mundo real puede aparecer reflejado en la prensa interpretando distintos personajes.

Sin embargo, hay un hecho que demuestra hasta qué punto el uso de moldes  puede llegar a deformar la realidad, y es que una misma persona pueda aparecer reflejado en la prensa interpretando distintos personajes. Así, el mismo hombre que en un artículo es la víctima en otro es el malicioso maltratador de las auténticas víctimas.

Se puede argumentar que, en cierta medida, esto es un reflejo de lo que ocurre en los juzgados, puesto que allí también las partes se esfuerzan en presentar personajes. Pero  la diferencia es que en el juzgado se ven las versiones alternativas, mientras que en la prensa no siempre ocurre así. Frente a informaciones que procuran mantener el equilibrio, hay también artículos e incluso medios que se decantan decididamente por una de las versiones y la presentan como la verdad indiscutible.

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Ilya Repin: Manifestación del 17 de octubre, 1905.

B: Las ideologías.

Otra buena fuente de moldes, y que a menudo aparece combinada con la anterior, son las ideologías.

La justicia es, inevitablemente, uno de los campos de batalla favoritos de las ideologías y partidos. Aquellos que defienden la necesidad de cambios radicales en la sociedad van a promover una visión más crítica, y hablan de justicia franquista, patriarcal, o corrupta; mientras que aquellos que estén más comprometidas con el status quo tenderán a minimizar los fallos. Pero todos estarán, a su vez, pendientes del relato que prende en la sociedad, para subirse al carro si les conviene.

Es evidente que, entre las decenas de miles de actuaciones judiciales que hay al año, podemos encontrar de todo. Por consiguiente, la batalla está en dilucidar qué es lo general y qué la excepción.

Y la prensa juega un papel activo en ese combate. Para empezar, hay medios que están directamente controlados por esferas de poder. Además, como ya hemos visto, el posicionamiento ideológico se usa para hacerse con un público. Y el hecho de que normalmente acaben compartiendo redacción personas con ideas afines no va a hacer sino reforzar los sesgos.

Es cierto que el código deontológico de la profesión exige atenerse a la verdad (aunque no pide neutralidad), pero de nuevo basta con seleccionar aquellos datos que encajan con la visión que queremos presentar. Y la consecuencia vuelve a ser que podemos encontrarnos una misma realidad expuesta de dos formas completamente diferentes, como ocurre en estos artículos sobre el fiscal Horrach del ABC y El Nacional.Cat.

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En definitiva: ¿Cumple el periodismo su función?

Depende. Si la función es transmitirnos información objetiva y de calidad, para que los ciudadanos podamos formarnos opiniones fundamentadas, la respuesta es que malamente. Aunque es justo insistir en que hay periodistas que hacen un muy buen trabajo, este queda a menudo enterrado bajo el ruido de todas las polémicas interesadas. Y no es previsible que eso cambie a corto plazo, porque no estamos ante un accidente sino ante una realidad con causas estructurales.

Ahora bien, cabe preguntarse si realmente lo que los ciudadanos le estamos pidiendo a la prensa es información fiel. Porque, por mucho que nos guste desgañitarnos protestando contra la manipulación, muchas veces los lectores somos los primeros en premiar los sesgos si coinciden con los nuestros.

Pero de eso, de la compleja relación que mantenemos los ciudadanos con la verdad, hablaremos ya, si acaso, otro día.

Opinión pública y justicia: Una relación conflictiva.

Sobre por qué insultamos a abogados, jueces y fiscales, pero no a paleontólogos o matemáticos.

.¿Es conflictiva la relación entre la opinión pública y la justicia? Veamos:

Jueces enfermos”; “¿está la fiscalía tomada por psicópatas?”; “Si yo fuera familia de esa niña, ese mismo día mato al juez”; “Se me ocurre si el Juez no será un pederasta de mierda”; “Hay leguleyos que lo único que se merecen es una gran patada en los testículos”; y un clásico: “¿Pensaría igual si eso mismo se lo hacen a su hija?”.

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.Todo lo anterior son citas extraídas de las secciones de comentarios de medios digitales. Evidentemente, no todos los lectores opinan así, pero, aparte de noticias de juicios, soy muy aficionado a leer noticias sobre paleontología, y no recuerdo haber visto nunca un comentario similar sobre un paleontólogo; tampoco sobre un astrofísico o un matemático.

¿Por qué esa diferencia? ¿Por qué somos más implacables con fiscales, jueces y abogados que con otros profesionales? Voy a intentar explicar algunos de los que creo que son los motivos:

Nuestro sentido de la justicia.

No tenemos un sentido innato de la paleontología ni de la astrofísica. En cambio, antes incluso de hablar, ya tenemos sentido de la justicia, una característica que compartimos con otros primates, lo que sugiere que está escrita en nuestro código. Por eso, todo aquello que percibamos como una injusticia va a provocar en nosotros una reacción emocional.

Eso lo saben bien los autores de ficción, que juegan con nuestros sentimientos. Nos hacen ser testigos de un crimen horrible y durante un tiempo nos mantienen en vilo, hasta que por fin el delincuente acaba muerto o aplastado bajo una pila de pruebas incontestables.

La función del sistema no es satisfacer nuestras necesidades emocionales sino tutelar los derechos de todos.

Ese es el tipo de justicia que realmente nos gusta: rápida e implacable. Desgraciadamente, no es el tipo de justicia que vamos a poder obtener normalmente en el mundo real. Ya no es solo que haya crímenes imposibles de esclarecer ni que el sistema sea lento e imperfecto; es que, además, su función no es satisfacer nuestras necesidades emocionales sino tutelar los derechos de todos, incluyendo los de los delincuentes.

Y eso genera frustración. Es el precio que pagamos por haber renunciado al linchamiento, que sí que era una forma de justicia que atendía básicamente a las emociones.

La estrecha relación entre justicia y política

La justicia está estrechamente ligada a la política, uno de los temas que más divisiones causa en la sociedad. Tenemos a políticos procesados por la justicia, tenemos a políticos metiendo mano en la justicia y tenemos decisiones políticas que quedan invalidadas porque chocan de bruces con la ley. La cuestión de si jueces y fiscales actúan de forma independiente se convierte entonces en un tema de suma relevancia.

Desgraciadamente, la insistencia de algunos de nuestros partidos en controlar puestos claves del Poder Judicial arroja una sombra de duda sobre la totalidad del sistema. Además, desde algunas ideologías se promueven eslóganes como “justicia patriarcal”, “justicia franquista”, etc., lo que predispone a sus seguidores a valorar todas y cada una de las decisiones judiciales bajo una luz determinada.

En consecuencia, la justicia se convierte en el campo de batalla de muchas guerras distintas.

Todos sabemos de derecho

Hay disciplinas que están blindadas contra el amateurismo. Por ejemplo, si yo cojo un texto de física, es fácil que retroceda intimidado al encontrarme algo como esto: “Los dos grados de libertad del campo asociados al muón corresponden a sus dos estados quirales del campo, el muón levógiro y el muón dextrógiro, que están mezclados gracias al campo de Higgs…”.

Pero en derecho, aunque también hay algunos “palabros” (usucapión, censo enfitéutico, etc.), la mayor parte de los tecnicismos no son sino acepciones más restringidas de expresiones de uso común. Por eso, es relativamente fácil pensar que, simplemente con saber leer y un poco de sentido común, uno ya está preparado para ejercer desde el sofá de casa. Ves una noticia, le echas un vistazo a un par de artículos del Código Penal y pim, pam, pum, dictas una sentencia mucho más justa que la de esos magistrados a los que “les han dado el título en una tómbola”. Por eso, tanto periodistas como el público en general nos lanzamos con frecuencia a la pista de patinaje, haciendo molinetes con los brazos y mezclando con alegre inconsciencia querellas con demandas y homicidios con asesinatos.

La libertad de interpretación

Es evidente que los juristas tienen cierto grado de libertad a la hora de interpretar las leyes. Si no, no habría discrepancias. Y, como toda libertad, sin duda a veces se usará mal. Ahora bien, también creo que los legos tendemos a sobrestimarla.

Cuando nosotros leemos un artículo de una ley, tendemos a verlo como una unidad aislada, mientras que los profesionales tienen que considerarlo como una pieza de un sistema.

Así, por ejemplo, cuando nosotros vemos la expresión “agresión sexual”, la podemos entender en un sentido muy amplio, abarcando cualquier acto sexual ilícito, mientras que para un profesional tiene un significado mucho más restringido. Y cuando nosotros consultamos un artículo de una ley, tendemos a leerlo como una unidad aislada, mientras que los profesionales tienen que considerarlo como una pieza de un sistema. Por consiguiente, su interpretación queda condicionada por el encaje de ese artículo en toda una serie de ejes, entre los que destaca el de toda la jurisprudencia posterior. En ese sentido, el conocimiento no los hace más libres sino más esclavos.

Y de nuevo esas diferencias son una fuente de frustración. Ante un delito que nos parece particularmente asqueroso, los legos querríamos tirar hacia arriba, desplazándonos hacia los artículos que imponen castigos más duros, un camino por el que los profesionales a veces no nos pueden seguir. Y viceversa; en otras ocasiones nosotros preferiríamos que una conducta quedase sin castigo, mientras que jueces y fiscales tienen que aplicar la ley incluso cuando no están de acuerdo con ella.

Cómo decidimos lo que es verdad

Vivir es difícil; exige estar tomando continuamente decisiones con información imperfecta. Por eso, la evolución y el aprendizaje nos han dotado de toda una serie de recursos que sacrifican rigor a cambio de agilidad. Así, nos apoyamos en el instinto, la intuición, los juicios por analogía, aprendizajes culturales y esas mezclas de todo lo anterior que son los prejuicios y el sentido común. Y estamos tan acostumbrados a usarlos para tomar decisiones que a menudo los empleamos para alcanzar convicciones. A menudo acabamos estando psicológicamente seguros de cosas de las que, en pura lógica, no podríamos estarlo.

Sin embargo, eso tiene un coste. La historia está llena de catástrofes causadas por el exceso de confianza en nuestras certezas. Por eso, la especialización ha ido unida al desarrollo de métodos más exigentes. Afortunadamente, los ingenieros que desarrollan los aviones en los que volamos ya no se conforman con usar el sentido común o la intuición. De hecho, estos lo que indicarían es que un monstruo de metal de cientos de toneladas no debería poder despegar.

Aficionados y profesionales utilizamos formas distintas para llegar a la verdad y, como consecuencia, a menudo no llegamos a la misma verdad.

Ahora bien, por mucho que en nuestro campo profesional aprendamos a usar métodos rigurosos, cuando nos adentramos en un campo que nos es ajeno nos quedamos sin ellos. Entonces es fácil que volvamos a recurrir a los que nos son naturales. Y la justicia no es una excepción. Por eso, aficionados y profesionales utilizamos formas distintas para llegar a la verdad y, como consecuencia, a menudo no llegamos a la misma verdad.

Así, mientras miles de personas pueden tener la convicción personal de que lo que afirma una presunta víctima es cierto, los jueces pueden estar obligados a considerar que su testimonio no reúne las condiciones necesarias para ser considerado un hecho probado.

Y esa disparidad de criterios es otra enorme fuente de frustración.

Conclusión: ¿merecen los juristas nuestros insultos?

Nuestros insultos, no; nuestra crítica, sí. En democracia toda actividad pública debe estar sometida a control. Y, sin duda, estas profesiones tienen su porcentaje de malas decisiones.

Pero si vamos a exigirles a los profesionales que sean objetivos y rigurosos, sería coherente que nosotros aplicásemos los mismos criterios a la hora de evaluar su trabajo. La crítica infundada es solo ruido y hace más mal que bien. Además, si está sesgada ideológicamente, lo que hace es presionar para que la justicia también lo esté.

Y hay otro factor a considerar: la mayoría de las veces basamos nuestras opiniones en la información simplificada que nos transmiten quienes actúan de intermediarios. Por lo tanto, es necesario que seamos también críticos con esa información, porque, si no, es posible que acabemos tomando por despropósito de un juez o fiscal lo que en realidad es un despropósito del intermediario. Hay periodistas y juristas que hacen una labor de divulgación e información muy buena. Pero también hay veces en que esa información no está a la altura, como denuncia este artículo de Tsevan Rabtan.

Ahora bien, de la calidad de la información que transmiten medios y redes hablaremos ya, si acaso, otro día.

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