Ideología política e identidad personal

Sobre los límites de la razón en el debate político.

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“Portrait de Voltaire”, detalle. Taller de Nicolas de Largillière

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La llegada de modernidad supuso una paradoja: el ser humano ganó en seguridad material, pero a cambio pagó un precio en inseguridad cultural.

Un muchacho nacido en una aldea del siglo XII estaba mucho más expuesto que nosotros a las enfermedades, la escasez, las inclemencias y la violencia. A cambio, no tenía un problema de identidad. Podía predecir con muchas probabilidades de acertar dónde iba a vivir en el futuro, en qué iba a trabajar, en qué iba a creer, e incluso cómo iba a vestir y qué canciones cantaría en las fiestas. Para encontrar la respuesta a todas esas preguntas le bastaba con mirar alrededor.

En aquella época a nadie se le ocurría dedicarse a ponerle nombre a las generaciones (millenials, z, t…), por la sencilla razón de que la vida del biznieto era prácticamente un calco de la del bisabuelo.

Nuestra seguridad material es mucho mayor. Pero nos enfrentamos a una mayor incertidumbre identitaria

Todo eso ha cambiado. Ahora tenemos a nuestra disposición una sanidad, una tecnología y un buen número de comodidades que los reyes de Edad Media bien podrían envidiar. Estamos protegidos por la ley, los fiscales, la policía, las urgencias sanitarias, los bomberos, el ejercito, los inspectores de sanidad y un largo etcétera. Nuestra seguridad material es mucho mayor. Pero, a cambio, nos enfrentamos a una mayor incertidumbre identitaria. Tenemos que estar tomando continuamente decisiones, desde el coche que compramos hasta el partido al que votamos, y escribiendo con ellas nuestro personaje.

Lógicamente, no todos nos enfrentamos a esa tarea en las mismas condiciones. Tener un trabajo fijo, por ejemplo, es una gran ayuda; te da pistas sobre cómo vestirte y una pauta horaria. También es muy útil tener una red consolidada de relaciones afectivas. En cambio, hay gente que tiene que hacer una labor mucho más activa de construcción o de reconstrucción, y por ello necesitan hacer un uso más intenso de los recursos disponibles para ello.

Uno de esos recursos es la ideología política. Se supone que nuestra ideología es una ventana hacia afuera, nuestra forma de participar en el cambio de la sociedad. Pero lo cierto es que también mira hacia adentro y juega un gran papel en esa labor de construirnos. En torno a ella podemos establecer afectos y nos ofrece atajos para decidir en qué creer y cómo interpretar el mundo. Es otra de esas cosas que nos puede ayudar a decidir cómo vestir e incluso qué comer. Y también nos ofrece unas pautas morales, metas por la que luchar y una comunidad a la que pertenecer. De hecho, hasta cierto punto puede cumplir la función que, más antes que ahora, cumplían las religiones.

Sin embargo, lo que eso supone es que a menudo lo que se confrontan en la arena política no son ideas sino identidades y comunidades, y por eso la capacidad de la argumentación racional para resolver las diferencias queda limitada. Nuestra capacidad para el razonamiento lógico se apaga y toman su lugar nuestros instintos tribales.

Si yo pienso que Neptuno está más cerca del Sol que Urano y alguien viene a corregirme, no tendré problema en cambiar de idea, porque no soy un neptuniano militante. Pero en cambio si vienen a contradecirme una teoría en cuya defensa me he comprometido públicamente, por la que he ido a manifestarme y coreado consignas; en torno a la cual he forjado lazos de solidaridad; y que me ha hecho involucrarme en discusiones agrias en las que se han intercambiado insultos; en definitiva, si se trata de una teoría que ha pasado a formar parte de mi identidad, es mucho más fácil que me tome cualquier crítica como un ataque personal y mucho más difícil que esté dispuesto a aceptar que, aunque solo sea en parte, estaba equivocado.

Leon Festinger, el psicólogo que propuso el concepto de “disonancia cognitiva”, ya señaló que cuando un individuo se ha comprometido con una creencia, es muy posible que no solo no se deje convencer por la evidencia que la contradiga, sino que reaccione con un fervor renovado por convertir a los demás a su punto de vista¹.

Por eso, sobre todo en estos tiempos de polarización, muchas de las disputas políticas son en el fondo similares a las disputas religiosas en las que una fe choca contra otra.

Habría que aspirar a que el apego a la razón sea en sí mismo un proyecto identitario atractivo

¿Qué papel le queda entonces a la razón? Puesto que su capacidad para recuperar a los conversos es limitada, quizá habría que aspirar a que el apego a ella y  a la verdad sea en sí mismo un proyecto identitario atractivo, el primero de todos; en definitiva, lograr que esa esa sea nuestra piel, sobre la que luego vistamos el resto de ideologías con un poco de escepticismo, sabiendo que no son más que un traje que habremos de desechar si empieza a mostrarse raído.

Y, si para conseguir que la razón sea una identidad atractiva, vemos que conviene imprimir camisetas, siempre podremos recurrir a Voltaire, que tiene un perfil lo suficientemente agraciado como para poder competir con el Che Guevara.

                                                                                                            

¹ Festinger, Leon, Henry W. Riecken, and Stanley Schachter. 1964. “When Prophecy Fails: A Social and Psychological Study.” Citado por Michael Shermer en “The Moral Arc”.

Cómo conseguir la superioridad moral en 6 cómodos pasos.

Permitidme que, por una vez, sea vuestro “coach” personal.

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Autor: Herbert James Draper

En un mundo con más de siete mil quinientos millones de personas, sentirse especial es complicado y es fácil acabar abrumado por la tarea. Las sociedades modernas no solo nos permiten ser individuos, nos exigen serlo. Tenemos que demostrar que tenemos una identidad propia, un valor; que somos de los que son capaces de nadar río arriba, no de los que la corriente arrrastra hacia la soledad y el olvido.

Hay distintas formas de hacerlo, pero una de las más reconfortantes es encaramarse en el pedestal de la superioridad moral.

Y eso es algo, querido lector, que está a tu alcance y a lo que no tienes por qué renunciar. No es ningún capricho. No es un lujo. Es tu derecho. En tu fuero interno tú ya sabes que eres buena persona, mejor que la mayoría, y si los demás no se quieren dar cuenta, es justo que se lo demuestres. Así que, si me lo permites, te voy a ayudar a ello. Te aseguro que es fácil. Solo tienes que seguir estos seis consejos:

1: Convierte todo debate en una confrontación moral

Nunca aceptes de buenas a primeras que el tema sobre el que se está debatiendo sea lo suficientemente complejo como para que haya distintas posturas lícitas sobre él, ni tampoco que la persona con quien debates pueda, aunque esté equivocada, tener tan buenas intenciones como las tuyas. Eso solo distrae de lo fundamental:

Si tú estás con la luz, quien te contradiga está con las tinieblas.

La verdadera historia del mundo es la de la lucha entre la luz y las tinieblas. Y si tú estás con la luz, quien te contradiga está con las tinieblas. La pluralidad está bien para costumbres y comidas, pero no en cuestiones morales.

Tú eres el bien. Y los que te llevan la contraria son el mal. Ese es el principio básico sobre el que construir todo lo demás.

2: Menosprecia a los expertos

Es cierto que hay gente que ha dedicado más tiempo a estudiar determinados campos que tú. Son los famosos “expertos”. Pero, aunque quizá sepan más, por otra parte suelen cobrar por vender o alquilar ese conocimiento. Trabajan para el Estado, para los bancos, para las farmacéuticas; incluso para George Soros. En otras palabras, se han prostituido. Además, muchas veces se han educado en un ambiente de élites, del que han heredado todo tipo de intereses.

Frente a eso, tu ignorancia es pura; tu mirada, limpia. Ellos tienen sus tecnicismos, pero tú los buenos sentimientos. Y en la lucha entre el bien y el mal, el sentimiento es el oro; el tecnicismo, el latón.

3: Elige el campo de batalla

Todo buen general sabe que una de las claves para triunfar es conseguir que la batalla se desarrolle en el campo que más le favorece.

Los “expertos” manejan bien los datos y los razonamientos. Por eso a ti te interesa alejar el debate de ahí.

Lo primero es apartar de un manotazo las estadísticas e irte a un caso concreto. Siempre hay un caso concreto para apoyar lo que tú quieres demostrar. Incluso puede ser tu caso, que puedes elevar a la categoría de universal. Y si los expertos tienen gráficas, medias, medianas, etc., tú aférrate a los detalles dramáticos.

Y eso nos lleva directamente al segundo punto: frente a los razonamientos, recurre a las emociones; pon el dolor, la sangre, las lágrimas sobre la mesa. La parte del cerebro a la que tienes que dirigirte es al sistemá límbico, la más primitiva y de respuesta más rápida. El principio es: conmover primero, convencer después. Quienes apelan a la razón dejan abierto un flanco que tienes que aprovechar. Carga contra él blandiendo las emociones.

4: Indígnate mucho, indígnate más

De todas las emociones, la indignación es la más útil. Ante cualquier hecho horrible, ante cualquier injusticia, procura mostrar siempre que tú eres el más indignado.

La indignación es básicamente una subasta y la forma de ganarla es pujar con decisión.

Porque la indignación es básicamente una subasta y la forma de ganarla es pujar con decisión. Si alguien pide cinco años de cárcel, tú protesta y pide diez. Si alguien pide quince, tú pide veinticinco. Y si te dicen que la ley no permite más, indígnate con la ley y los jueces. De paso, indígnate también con el abogado defensor y con cualquiera que se muestre tibio o te venga con referencias inoportunas al derecho a la defensa o a la presunción de inocencia.

Los formalismos son para los delitos normales. Pero cuando se trata de los extraordinarios, de los que ocupan los titulares, la única respuesta admisible en la persona de bien es la indignación. Y que nadie te diga que la auténtica justicia está en un difícil punto de equilibrio. Porque la pureza siempre está en el extremo, y ahí es a donde tú tienes que ir. Tú quieres brillar.

5: Usa sistemáticamente el ad hominem

Cuando alguien pretenda acallarte con un razonamiento, tú no te dejes amilanar. Recuerda el famoso aforismo: “La mejor defensa es un buen ataque”. Salta por encima del razonamiento y vete a por la persona. Ningún razonamiento ha podido parar nunca un bastonazo bien dirigido a la cabeza.

Da igual que no conozcas a tu interlocutor de nada. Algo habrá hecho. Además, forma parte de ese “ellos” con el que estás en guerra eterna. Así que tú impútale lo que sea necesario: complacencia con el crimen; querer defender su sueldo; oponerse a la voluntad popular y ser, por tanto, un antidemócrata; falta de empatía con las víctimas; incluso ser un fascista, un machista o un violador en potencia. Desenmascáralo y denuncia que sus argumentos, aparentemente tan fríos y racionales, no son más que el disfraz de un hipócrita que quiere ocultar sus verdaderas intenciones perversas. Porque, si realmente fuera buena persona, tendría que estar tan indignado como tú.

6: Y, finalmente, el toque maestro: muéstrate magnánimo

Los buenos generales saben usar la fuerza. Pero los verdaderamente grandes no se quedan ahí y, tras bañar la tierra de sangre, saben mostrarse magnánimos: Alejandro, César, Federico II de Prusia, Trump… Todos los grandes líderes han sabido exhibir su clemencia en el momento adecuado.

Tú puedes hacer lo mismo. El punto de partida serán siempre los cinco consejos anteriores, utilizados sin contemplaciones: indígnate, descalifica, insulta. Pero, cuando estés en una posición lo suficientemente fuerte, puedes subir un peldaño más y mostrarte condescendiente. En general, te conviene mantener la conversación en el nivel moral o emocional, así que puedes decirle a la persona que te contradice cosas como “siento que pienses así”, “no pareces mala persona”, “es una lástima que no seas capaz de verlo”.

Pero hay un último recurso incluso mejor, que te permite apoderarte no solo de la superioridad moral sino también de la intelectual: mándale leer. Es una forma elegante de indicarle que no sabe de lo que habla, porque, si lo supiera, tendría que llegar a la única conclusión posible: que tú estás en la posesión absoluta de la verdad.

En conclusión:

Si realmente lo quieres, el pedestal de la superioridad moral es tuyo, querido lector. Mientras otros pierden el tiempo informándose, tú móntate en él de un salto. A menudo las batallas no las ganan ni el más fuerte ni el más sabio, sino el más audaz.

Se critica mucho el efecto Dunning-Kruger, pero quienes lo hacen se equivocan, porque no es una debilidad sino una fortaleza: te libera de la duda.

Y cabalgando sobre él, no hay meta que no puedas alcanzar.

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Sobre el debate del número de denuncias falsas en VG

Y por qué lo que importa no es solo la cantidad

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Es un aforismo conocido el que afirma que la primera víctima de un conflicto es siempre la verdad. E inevitablemente se ha cumplido también en lo que se refiere a la cifra de denuncias falsas por violencia de género, un tema que está en medio de un intenso conflicto ideológico y que por tanto a menudo se trata sin ningún tipo de rigor ni de pudor.

En un extremo están quienes, aferrándose a informes de la Fiscalía que en realidad detallan una cosa relacionada pero distinta, se empeñan en darnos una cifra con decimales e incluso centesimales. En el otro están quienes pretenden que toda denuncia que no acabe en condena se considere falsa. Y por el medio podemos encontrar todo tipo de opiniones, muchas de ellas derivadas de experiencias personales, respetables como testimonios pero inevitablemente parciales.

La verdad es que nadie sabe exactamente cuál es el número de denuncias falsas. Y el ideal sería que, para zanjar el debate, se pudiera hacer un estudio serio, con mentalidad científica, que nos dijera en qué rango es razonable pensar que nos estamos moviendo. Pero creo que en las condiciones actuales va a ser imposible.

En primer lugar, cuando hay una guerra, los menos interesados en internarse en medio del campo de batalla a hacer ciencia son precisamente los más neutrales. Por el contrario, los más beligerantes son quienes están dispuestos a aprovechar toda nueva oportunidad para hacer propaganda.

En segundo lugar, quienes intentasen llevar a cabo ese estudio no iban a poder hacerlo en la tranquila asepsia de un laboratorio, sino que se iban a ver sometidos, visto lo visto, a presiones tremendas.

Y por último, aunque se superasen los obstáculos uno y dos, los resultados, fueran los que fuesen, serían inevitablemente rechazados y desacreditados por aquellos con cuyos prejuicios no concordasen. A estas alturas, las posturas están demasiado cementadas como para que vayan a cambiar simplemente porque la verdad venga a llamar a la puerta.

Hay que resignarse, pues, a que probablemente durante un tiempo esa incógnita x va a seguir siendo un balón de fútbol que patear de a un lado a otro.

Hay que resignarse, pues, a que probablemente durante un tiempo esa incógnita x va a seguir siendo un balón de fútbol que patear de a un lado a otro.

Y no es el propósito de este artículo sumarse a las apuestas. Como todo hijo de vecino, yo también tengo mis intuiciones, pero, puesto que reconozco que no tienen bases muy sólidas, me voy a abstener de compartirlas.

Lo que sí quiero, en cambio, es contradecir a aquellos que afirman que es un tema al que prestamos una atención que no merece. No coincido por una razón: el contexto en el que ese debate se está produciendo.

En condiciones normales, estaría de acuerdo con ellos. Si el número de denuncias falsas fuese reducido o al menos similar al que se da en otros delitos, no estaría justificado prestarle una atención especial.

Pero no estamos en condiciones normales. Ya está aceptado que en los casos de violencia de género el testimonio de la víctima, cuando reúne determinadas condiciones, puede ser suficiente para condenar. Pero hay activistas, partidos, asociaciones y periodistas que están pidiendo ir mucho más allá, como que la mera denuncia de maltrato acarree de forma automática la suspensión de los derechos de visita o custodia del padre (desconozco hasta qué punto las iniciativas legales al respecto están avanzadas), o incluso que se llegue a invertir totalmente la carga de la prueba. Así lo hace, por ejemplo, Lidia Falcón en este artículo.

Y es en ese contexto en el que creo que está justificado recordar la existencia de denuncias falsas, sean muchas o pocas, porque ya no estamos solo ante un debate cuantitativo sino también cualitativo. Uno de los principios básicos de nuestro derecho penal es intentar garantizar que no se castigue a un inocente. Pero si, sabiendo que algunas son falsas, aceptamos que la simple denuncia lleve a consecuencias graves, estaríamos renunciando a ese principio.

Es cierto que siempre ha habido inocentes condenados y que, como me señalaba un amigo tuitero con el que debatí la cuestión, la única forma de estar seguros de que nunca hubiese uno sería no condenar a nadie. Una cosa es la teoría y otra muy distinta la práctica, especialmente al administrar justicia, que siempre implica bajar a la compleja realidad de las relaciones humanas. Pero de nuevo estamos ante una diferencia cualitativa significativa. Todos los sistemas humanos fallan. Pero hay una diferencia entre que fallen porque no conseguimos dejar de cometer errores y que fallen porque estamos dispuestos a aceptar como admisible un porcentaje de errores. Por poner un ejemplo de otro ámbito, no es lo mismo que un avión se estrelle porque no hemos conseguido prever todas las posibilidades, que dejar despegar aviones sabiendo que tienen un fallo de diseño que hará que alguno de ellos caiga.

Así pues, en mi opinión, al hablar de las denuncias falsas no estamos ante un solo debate sino al menos ante dos: porque al de cuántas son se suma el de si estamos dispuestos a renunciar al garantismo de nuestro sistema penal.

El verdadero precio del Estado de derecho es dejar todos los días libres a personas que han cometido delitos.

Y seamos francos: todos sabemos que presumir la inocencia de los acusados siempre ha tenido un coste tremendo. El verdadero precio del Estado de derecho no son los gastos que conlleva tener juzgados; el verdadero precio es dejar todos los días libres a personas que han cometido delitos. Y podríamos, por lo tanto, plantearnos una pequeña rebaja y decidir que estaríamos dispuestos a condenar sin la certeza absoluta de que alguien sea culpable, sino conformándonos con una probabilidad bastante alta. Pero si realmente pensamos así, no habría ningún motivo para aplicar el nuevo principio solo en los casos de violencia de género. Lo coherente sería extenderlo a todo tipo de delitos, o al menos a aquellos que impliquen violencia. Porque lo que sería injustificable es que estuviésemos dispuestos a rebajar las garantías solamente cuando los condenados sean hombres.

Ahora bien, si hubiera que votar, yo votaría en contra de ese cambio. Creo que con los derechos fundamentales pasa lo mismo que con la alta montaña: cuando estás harto, empiezas a ver atajos por todas partes, pero la experiencia demuestra que normalmente acaban llevándote a situaciones mucho peores.

Sin embargo, no creer en los atajos tampoco significa entregarse al fatalismo y pensar que no se puede avanzar más rápido en la lucha contra la violencia de género. Creo que hay otras muchas cosas que sí se pueden hacer sin salirse del camino democrático. Dotar de más medios a quienes la combaten en primera fila me parecería, por ejemplo, un buen comienzo.

Ahora bien, para que lo que se haga sea eficaz, creo que sería bueno que todos aceptásemos al menos dos puntos:

En primer lugar, que la prioridad no debería ser ganar ninguna batalla ideológica, sino proteger a las víctimas.

Las teorías, de tanto usarlas como armas, se acaban endureciendo hasta convertirse en dogmas.

Y en segundo lugar, que tan absurdo es juzgar toda la realidad a partir de nuestro caso concreto, como enrocarse en la torre de marfil de teorías elaboradas lejos del mundanal ruido. Las teorías solo son instrumentos de conocimiento mientras estemos dispuestos a descartarlas si chocan con la realidad. Y el mayor peligro de las batallas ideológicas es que las teorías, de tanto usarlas como armas, se acaban endureciendo hasta convertirse en dogmas. Pero si realmente queremos avanzar, es necesario que estemos dispuestos a renunciar a nuestros prejuicios, por mucho cariño que les hayamos cogido tras largos años de convivencia. Ese es otro de los precios que hay que hay que pagar para vivir en un mundo más justo.

Porque probablemente se combata mejor la violencia diciendo de vez en cuando “me equivoqué” que diciendo siempre “te equivocas”.

La democracia y el síndrome de Gran Hermano.

De la democracia representativa a la democracia instantánea.

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Imaginemos durante un momento una democracia funcionando bien:

Los medios, cuya ideología fundamental es atenerse a la verdad, proporcionan información contrastada y, en aquellos casos en los que hay diferentes versiones legítimamente defendibles, ofrecen los distintos puntos de vista.

Los votantes, bien informados, acuden a las urnas, donde expresan sus valores y sus prioridades.

Una vez elegidos, los representantes políticos negocian entre ellos. El objetivo es que esos valores expresados por los ciudadanos se puedan plasmar en leyes y en la labor ejecutiva. Para ello se tiene en cuenta, además, la opinión de expertos en cada tema, lo que permite evitar que las medidas acaben teniendo resultados contraproducentes.

Por otra parte, el Poder Judicial ejerce su labor con independencia y profesionalidad. Su función no es modificar la ley, desviándola hacia otros valores que no han sido los votados, sino vigilar que se cumpla con fidelidad y dentro del marco constitucional.

Pero ha sonado el despertador y es hora de despertar de ese bonito sueño y volver a la realidad.

Tomemos ahora una democracia real, con sus vicios y sus manías, y saquémosla de copas. Le vamos a dar a beber un cóctel formado por dos ingredientes:

Los humanos no necesitamos estudiar un tema para formarnos una opinión y emitir un juicio.

El primero es producto de nuestra historia evolutiva: Los humanos estamos programados para encontrar patrones. Por eso reconocemos caras y figuras en las nubes o en las tablas de madera. Construimos historias con una facilidad pasmosa. Y no necesitamos estudiar un tema para formarnos una opinión y emitir un juicio. Nuestros antepasados sobrevivieron combinando los datos disponibles con el instinto y los prejuicios, y tomando decisiones sobre la marcha. Analizar demasiado te podía costar la vida.

El segundo ingrediente de nuestro cóctel es el desarrollo de unas tecnologías que nos permiten estar interconectados de forma permanente e instantánea. En el interior de nuestra habitación, donde antes había silencio, ahora hay miles de voces. Y nosotros también podemos emitir la nuestra a lo largo y ancho del planeta.

Esa combinación entre la pasión por juzgar y la posibilidad del directo lanzó al éxito ya hace unos años un nuevo formato de programa televisivo: Gran Hermano. Nos permitía observar a gente conviviendo las veinticuatro horas del día, simpatizar con unos, detestar a otros y votar para expulsarlos. Y, siguiendo la estela de ese éxito, llegó una nueva época dorada de los concursos de talentos. Pronto los acabó habiendo de todo tipo: desde de cocina hasta de tatuajes. Son satisfactorios porque nos gusta amar, odiar y votar.

Pero eso ha acabado desbordándose fuera del mundo del entretenimiento para invadir otras esferas, como la política o la judicial. Así, incluso antes de que la sentencia del famoso juicio de La Manada se hubiese hecho pública, ya alguien había nominado en Change.org a los magistrados responsables para abandonar su casa, la Judicatura, y cientos de miles de personas habían votado. Siguiendo esa línea, Women’s Link ha convocado el Premio Garrote 2018, y cualquier internauta puede votar para elegir la peor decisión judicial de la temporada.

Y en lo que se refiere a políticos y partidos, aún no se ha llegado a la cotización diaria, como en la bolsa, pero cada vez hay más encuestas que nos preguntan nuestra valoración. Y, entre encuesta y encuesta, tenemos las redes, con sus likes, hashtags y retuits. En esa vorágine, los periodistas tampoco se quedan atrás, y opinan, opinan y opinan. Es más, esa fiebre por opinar nos contagia a todos, y a menudo expertos en un campo concreto no pueden resistirse a expresar su opinión sobre el tema del día, por muy lejos de su especialidad que esté. Nos cuesta resistirnos a contribuir al cacareo general. Al fin y al cabo, somos sociales e incluso tribales por naturaleza.

Por eso, ahora, más que en la democracia directa, vivimos en la democracia instantánea. Un gigantesco foro en el que, para no quedarse atrás, hay que pronunciarse sobre el tema del día antes de que este decaiga. No triunfa quien hace los análisis políticos más profundos y meditados, sino quien en un tuit consigue sintonizar mejor con el sentir general.

¿Es ese un buen modelo de democracia?

Yo creo que no. Me voy a limitar a señalar un par de inconvenientes:

La democracia representativa y la delegación

Delegar exige tres cosas: La primera es un mínimo de confianza en la persona en la que delegas. La segunda es aceptar que los especialistas dominan mejor que tú su campo. Y la tercera es encontrar el punto de equilibrio entre supervisar e interferir. Delegar no es confiar ciegamente ni dejar que otros decidan por ti cuáles son tus valores. Pero hay que saber dar un paso atrás. Al taxista le indicamos a dónde queremos ir y vigilamos que nos lleve por el camino más corto, pero no le estamos chillando continuamente “Acelera”, “Frena”, “Cambia de carril”.

Sin embargo, los tres puntos están en crisis.

La confianza, tanto en la clase política como en la Judicatura, está deteriorada. Y ya no es que se desconfíe de personas concretas, sino que se etiqueta de forma indiscriminada a colectivos enteros: Así, los políticos son “corruptos”; la Judicatura, “conservadora” y “machista”. En definitiva, se ve en todos ellos al taxista que nos quiere llevar por la ruta más larga.

Se minusvalora el conocimiento experto, sean las habilidades políticas o la capacitación técnica.

Por otra parte, se minusvalora el conocimiento experto, sean las habilidades políticas o la capacitación técnica. Internet nos ha facilitado el acceso a la información, pero también nos ha proporcionado una plataforma donde la ignorancia se siente capaz de desafiar de igual a igual al conocimiento. Todos llevamos un político, un economista y un juez dentro, y un par de búsquedas en Google nos habilitan para discutir cualquier cuestión, desde el SMI a la interpretación de un artículo del Código Penal.

Y, por último, queremos atar tan corto a nuestros representantes y a nuestros jueces, que pretendemos reducirlos a simples correveidiles, exigiéndoles que hagan a cada momento lo que nosotros haríamos en su lugar. Ya no se juzgan las estrategias, los sistemas o los resultados generales. El foco puede posarse sobre cada paso de un proceso, sobre una frase sacada de contexto, sobre una medida suelta. En definitiva, juzgamos el todo por la parte que alguien -sea un periodista, un tuitero o un grupo político- ha decidido iluminar.

Le estamos marcando un sendero muy estrecho a representantes y jueces, y queremos llevarlos por él sujetos de la correa. Pero esa es la forma de relacionarse, en todo caso, con un perro (y a veces ni siquiera), no con alguien en quien hemos delegado.

“Deprisa, deprisa”

Hay políticas cuyos beneficios tardan en notarse años. Ese ha sido siempre uno de los mayores problemas en campos como la educación o la investigación. Para un partido es poco rentable invertir su capital político en sacar adelante medidas cuyos resultados positivos se podrán medir cuando puede que ya no esté en el poder.

Y todos sabemos que, cuando se trata de medidas necesarias pero impopulares, los políticos procuran adoptarlas lo más pronto posible en la legislatura, para poder sincronizar los efectos positivos con las elecciones.

Pero antes el ritmo aún se medía en años, aunque fueran pocos. Y eso permitía a los políticos prestar más atención a las necesidades. La opinión pública no estaba aporreando continuamente la puerta.

Se hace política mirando el titular del día, la última polémica en la red.

Ahora eso ha cambiado. Se hace política mirando el titular del día, la última polémica en la red. Un buen ejemplo lo tenemos con el real decreto ley sobre el impuesto de las hipotecas. El martes el Tribunal Supremo se pronuncia y el jueves el Gobierno responde con un decreto improvisado. Unos días después la polémica es el mecanismo de elección del CGPJ y ahora es el PP el que responde con otra propuesta igual de improvisada.

Porque lo que importa no es realmente resolver los problemas estructurales, cada vez más relegados fuera del foco mediático. Lo importante es subir en la próxima encuesta mensual. Y, mientras tanto, como se lamentaba Enrique Feás en este artículo, los informes de los expertos duermen en los cajones. Tienen poco uso en un ambiente en donde los análisis y las ideas son menos importantes que las ocurrencias.

En principio, no habría nada de malo en que nuestros representantes políticos se asomasen a las redes sociales para comunicarse mejor con la sociedad. El problema es cuando empiezan a comportarse como aspirantes a tuitstars (dicho desde un gran respeto a algunos tuitstars), porque lo que te puede convertir en una estrella de la red no es necesariamente lo mismo que te hace un buen estadista.

Conclusión:

Aún se podrían tocar más temas, pero en el fondo todo se reduce a que a la democracia le está costando digerir los efectos de las nuevas tecnologías.
Todo cambio exige un periodo de adaptación. Y puede que lo único que haga falta es que los ciudadanos maduremos y aprendamos a manejar nuestros juguetes nuevos. Los primeros paseos en bicicleta suelen acabar en el suelo, o, como en mi caso, contra el muro de una fábrica de conservas.

Pero esperemos que ese proceso de maduración sea corto, porque entretanto nuestra democracia representativa se está llenando de ruido.

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La izquierda dogmática.

Se puede ser demócrata o se puede ser puro, pero no se puede ser demócrata y puro a la vez.

Bitangok!

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Hay muchas formas de describir la democracia. Se puede hablar de los derechos individuales, de las elecciones, de sus instituciones, etc. Pero hoy voy a adoptar una perspectiva distinta y voy a decir que la democracia es un sistema político que se caracteriza por no creer en la pureza.

Para empezar, no cree en la pureza del ser humano, lo ve imperfecto y corruptible, proclive a abusar de su posición y a mentir. Por eso se desconfía de los monarcas absolutos y de los grandes líderes. Por eso se insiste en la necesidad de dividir el poder y de establecer sistemas de control.

La democracia tampoco cree que ninguna persona ni ningún partido haya descubierto fórmulas mágicas para salvarnos. Por eso desconfía de los grandes relatos que justifican cualquier medio para llegar a un fin que se pinta maravilloso. En palabras de Karl Popper: “Los que nos prometieron el paraíso en la Tierra nunca produjeron otra cosa que el infierno”¹.

La búsqueda de la verdad es una empresa colaborativa. Y esa labor colectiva es la que hace necesaria la libertad de expresión.

Por el contrario, la democracia asume que todos tenemos un conocimiento parcial y todos estamos equivocados en algo. Así pues, la búsqueda de la verdad es una empresa colaborativa. Y esa labor colectiva es la que hace necesaria la libertad de expresión. En democracia no puede haber dogmas. Solo teorías, sometidas a un continuo proceso de revisión y crítica.

Y, por último, la democracia tampoco cree en la existencia de un único juego de valores morales, superior a todos los demás. Por una parte, se reconoce que es muy difícil que haya valores absolutos, puesto que con frecuencia un buen valor entra en conflicto con otro buen valor y es necesario negociar puntos de equilibrio. Y, por otra, hay valores sobre los que no hay consenso ni forma de alcanzarlo, porque son una cuestión de preferencias personales. Tú puedes ser casto y yo promiscuo, y ni la Iglesia, ni el Estado, ni el Partido tienen derecho a inmiscuirse en ello.

Ser un buen demócrata implica, por tanto, aceptar la impureza, y hacerlo en un doble sentido. Hay que aceptar la propia: uno no es el Bien y no tiene el monopolio de la razón. Y también hay que reconocer que el otro no es el Mal y muy probablemente tendrá también su parte de razón.

Sin embargo, esto es algo que les cuesta trabajo aceptar a quienes irrumpen en escena montados en el caballo blanco de la pureza. Para quien está absolutamente convencido de la certeza de su dogma, cualquier compromiso es corrupción, cualquier oposición es el mal, cualquier norma que no refleje exactamente sus valores es injusta.

A lo largo de la historia esta ha sido a menudo la postura de las religiones. Al fin y al cabo, puesto que cada una de ellas pretende estar en posesión de la verdad absoluta, son, por definición, antipluralistas. Y por eso tiende a haber una cierta tensión entre la religión y la democracia.

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Ahora bien, el antipluralismo no es exclusivo de las religiones. Podemos convertir cualquier ideología en antipluralista usando la misma técnica que la religión: aparcando el sentido crítico y saltando a la fe. Así, si queremos, podemos entregarnos al neoliberalismo dogmático, al ecologismo dogmático, al creacionismo (al que no parece necesario añadir la palabra dogmático) o incluso a la climatología dogmática.

Hoy, sin embargo, me voy a centrar solo en una veta de pureza: la que recorre una buena parte de nuestra izquierda.

Afortunadamente, no toda la izquierda es pura. Hay una izquierda que se reconoce falible y es, por tanto, democrática. Pero también la hay que no acaba de serlo. Lo paradójico, además, es que quienes militan en ella a menudo se reivindican a sí mismos como los auténticos demócratas. Y creo que esa presunción los hace merecedores de una dosis de crítica.

Examinemos algunas de sus características:

El monopolio de la razón

¿Qué caracteriza a esa izquierda pura y antipluralista? Para empezar, el rasgo que ya he señalado como común a todos los antipluralismos: el convencimiento de tener el monopolio de la razón.

Todas las ideologías manejan hipótesis y teorías. El problema es cuando te enamoras tanto de ellas que las confundes con la verdad. Y una buena parte de la izquierda tiende a elevar sus creencias a la categoría de dogmas.

Una relación peculiar con la ciencia

Una vez que tenemos nuestro sistema dogmático, todo aquello que pueda contradecirlo se vuelve una amenaza.

En principio, cuando dos teorías chocan entre sí o cuando una de ellas choca con los datos, es necesaria una revisión crítica. Ahora bien, puesto que los dogmas son sagrados, hay que resolver el conflicto de otra manera. Rechazar de plano la ciencia no es posible, ya que esta goza de un gran prestigio, así que hay que usar otra estrategia: se decide entonces que lo que choca con el dogma es, simplemente, mala ciencia, bien porque es corrupta y se ha vendido al capital o bien porque es patriarcal y sesgada.

Paradójicamente, el relativismo posmodernista es un magnífico instrumento para defender los dogmas absolutos.

Paradójicamente, el relativismo posmodernista es un magnífico instrumento para defender los dogmas. Cuestionando hasta extremos irracionales todo lo demás, puedo defender lo que no quiero que nadie pueda cuestionarme.

El monopolio moral

Un tercer rasgo de la izquierda antipluralista es la tendencia a atribuirse el monopolio de los buenos sentimientos. Puesto que consideran evidente que tienen razón y que todos los demás sabemos que la tienen, llevan  las discrepancias al plano moral. Si hay pluralidad de opiniones no es porque estemos frente a un problema complejo, al que todavía no somos capaces de dar una respuesta definitiva; ni porque sea un tema sobre el que se puede tener preferencias distintas. Quien discrepa es, sencillamente, un ignorante o un injusto.

Por eso, la izquierda pura tiende a reaccionar con virulencia a la crítica. Que me discutas lo evidente es insultante en sí mismo, lo que justifica que yo te responda con otro insulto.

Ambivalencia ante la libertad de expresión

El dogmatismo siempre ha combinado mal con la libertad de expresión. Y ahí, de nuevo, se plantea un conflicto. En teoría la izquierda está radicalmente a favor y defiende a cómicos, raperos y tuiteros. Pero lo cierto es que esa defensa solo se practica mientras los ataques sean contra los principios o dogmas de los demás. Así, es lícito cagarse en Dios o en la monarquía. Ahora bien, cuando la libertad de expresión afecta a los dogmas propios, las cosas cambian y rápidamente se gira en redondo para apoyar la censura.

¿Cómo justificar esa aparente contradicción? Lo primero es argumentar que una misma conducta no tiene el mismo valor si la lleva a cabo un opresor que un oprimido. Lo segundo es echar mano de otra cita de Karl Popper: “Así pues, deberíamos reclamar, en nombre de la tolerancia, el derecho a no tolerar a los intolerantes”².

La cita suena razonable. Ahora bien, dos detalles: para empezar, se omite que Popper, apenas unas líneas antes, defiende que no hay que aplicar la censura mientras seamos capaces de combatir la intolerancia con argumentos racionales. Por otra parte, la clave está en quién decide quiénes son los intolerantes y los opresores. Y la izquierda pura se arroga ese derecho sin necesidad de contar con un consenso amplio. Cualquier grupo militante de izquierda puede erigirse en tribunal popular y sentenciar que tal cómico, conferenciante o escritor es culpable y merece ser acallado.

La desobediencia civil como comodín

Por último, otra característica curiosa de la izquierda dogmática es su relación con la ley. Puesto que consideran que tienen el monopolio de lo justo, toda norma o resolución judicial con la que discrepen es, por definición, injusta, y por tanto se puede sacar del armario la pancarta de Rosa Parks y llamar a la desobediencia. Así lo hacen incluso personas que ocupan escaños en los poderes legislativos, como, por ejemplo, estas dos diputadas de Podemos en este artículo. La superioridad moral lo justifica todo, incluso no respetar las leyes aprobadas por mayorías o atacar la división de poderes.

Para terminar: Una nota personal

Soy lo bastante mayor para haber vivido la Transición, y recuerdo la sensación de alivio que supuso ver cómo la imposición moral y la censura se venían abajo. Por fin las ventanas se abrían y entraba aire fresco.

Y, como muchos de los que vivieron aquel momento desde posiciones de izquierda, ahora asisto desconcertado a la aparición de un nuevo puritanismo surgido de la que solía ser nuestra esquina del tablero. Veo con estupor a una nueva generación de izquierdistas cerrando ventanas e intentando imponer una moral. En definitiva, veo regresar la religión disfrazada de política.

La superioridad moral no viene instalada de serie con ninguna ideología.

Pero la buena política no se hace con dogmas. La libertad no se defiende ni con el insulto ni con la censura. Quién piensa que tiene toda la razón se equivoca. Y la superioridad moral no viene instalada de serie con ninguna ideología; hay que ganársela día a día mediante el ejercicio de la tolerancia y el uso de la razón.

Y, en mi experiencia, lo que aleja a mucha gente de la izquierda no es que les encante la injusticia y rechacen el progreso social. Es que desconfían que la justicia vaya a llegar de la mano de quienes insultan, desprecian y censuran, y de quienes, cuando sus teorías chocan con los hechos, dan la espalda a la realidad y corean sus consignas como si fueran conjuros mágicos.

 

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¹ Citado en “Passing: Condolences and Complaints on Death, Dying, and Related Disappointments” (2005) de Jon Winokur.

² Karl S. Popper, “La sociedad abierta y sus enemigos”  (1945).

 

Juana Rivas y la responsabilidad.

¿Hasta qué punto podemos obviar las consecuencias de nuestros actos?

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Uno de los aspectos más preocupantes del caso Juana Rivas ha sido el de revelar la tremenda confusión que hay en parte de la sociedad española sobre lo que es tener responsabilidades, sean estas a nivel personal, profesional, político o incluso de país. Parece que se estuviera reivindicando un nuevo derecho: el de la irresponsabilidad a discreción.

Sin embargo, las responsabilidades existen. Y negarse a asumirlas no es un heroico acto de lucha reivindicativa, como parecen creer algunos, sino simple y pura incoherencia.

Pero vayamos paso a paso:

La responsabilidad de Juana Rivas:

A estas alturas es difícil distinguir a la Juana Rivas real del personaje o personajes que han ido construyendo los medios, pero en cualquier caso hay un dato indiscutible: cuando decidió irse a vivir en Italia con Francesco Arcuri era una mujer mayor de edad.

Fijar su residencia allí tenía una consecuencia inevitable: la de aceptar la competencia de los tribunales italianos en todo lo referente al derecho de familia, incluyendo cualquier posible disputa por la custodia de sus hijos. ¿Es eso injusto? No, en principio más que injusto parece lógico: ningún tribunal puede estar mejor situado para decidir sobre unos niños que los del lugar donde viven, donde están escolarizados y donde van al pediatra.

Arrepentirse de las decisiones que uno toma es muy humano, así como también lo es intentar eludir sus consecuencias. Y en algún momento Juana Rivas se arrepintió de haberse ido a vivir en Italia y prefirió quedarse en España. No tenemos la certeza de si lo hizo para escapar de una situación insoportable de maltrato o si simplemente, como le ocurre a muchos emigrados, se cansó de estar en tierra extraña y prefirió volver a la propia. Lo que sí sabemos es que decidió saltarse las vías legales para poder quedarse con sus hijos, y que más tarde decidió ignorar las resoluciones tanto de los tribunales italianos como las de los españoles.

En cualquier caso, motivase lo que motivase esa serie de decisiones, lo que está claro es que acabaron yendo contra sus propios intereses. No cabe, pues, calificarlas de responsables.

Para pelear por nuestros derechos hay vías legales e ilegales. Y si optas por las ilegales, es absurdo esperar que los tribunales te den la razón.

La responsabilidad del entorno de Juana Rivas y del movimiento feminista.

Cuando una persona se equivoca, la forma de ayudarla no es animarla a perseverar en el error. Y lo mejor que se podría haber hecho por Juana Rivas hubiese sido convencerla para que obedeciese los mandatos judiciales. A partir de ahí, se le podría haber dado un asesoramiento verdaderamente profesional e incluso prestado apoyo para disputar la custodia de sus hijos ante los tribunales italianos.

Seguramente en su entorno hubo alguna voz sensata, así como también las hubo dentro del movimiento feminista, que, afortunadamente, no es monolítico. Pero esas voces no solo no fueron escuchadas sino que incluso fueron criticadas con dureza, quedando al final tapadas bajo una oleada de irresponsabilidad colectiva.

A Juana Rivas se la animó a jugar la partida a un todo o nada, cuando estaba claro que el resultado probable iba a ser nada o peor que nada.

A Juana Rivas se la animó a echarle un pulso al Estado. Se la paseó por los platós de televisión, con lo que no solo se convirtió su vida y la de su pareja en materia  para un culebrón, sino también las de sus dos hijos dos menores. Se la animó, en definitiva, a jugarse la partida a un todo o nada, cuando estaba claro que el resultado probable iba a ser nada o peor que nada.

Y todo eso se hizo mientras se convertía el caso en un ariete al servicio de una causa ideológica. Lo importante era poder denunciar el machismo, la justicia patriarcal; tener una nueva Rosa Parks, sin preocuparse demasiado de si la persona en cuestión realmente quería interpretar ese papel o solo aspiraba a ganar su pequeña batalla particular.

El Convenio de la Haya y nuestra responsabilidad como país.

Las leyes segregacionistas contra las que luchó Rosa Parks eran evidentemente injustas.

Pero ¿cuáles son  esas normas tan patriarcales a las que se enfrentó Juana Rivas?

Un caso como este es complejo, pero el núcleo fundamental ha sido la aplicación del comúnmente conocido como Convenio de la Haya de 1980. Contra lo que mucha gente parece pensar, la justicia española no ha tomado la decisión de entregarle los niños a “un padre maltratador”, por la sencilla razón de que no son los tribunales españoles los que han decidido a quién dar la custodia. Lo único que han hecho nuestros jueces es decir que hay que atenerse a lo que decidan los tribunales italianos, que son los competentes.

Los mayores beneficiarios del Convenio de la Haya son precisamente aquellos a quienes el movimiento feminista dice defender: las mujeres y sus hijos.

El Convenio de la Haya es un acuerdo internacional firmado por más de 80 países y que obliga a restituir a los menores a su país de residencia cuando un progenitor se los ha llevado ilegalmente del mismo. Su finalidad es proteger los derechos del otro progenitor, pero, sobre todo, los de los propios niños, garantizando que las disputas por las custodias no se solucionan a las bravas, sin que intervenga un juez que tutele los derechos de los menores. Y puesto que los jueces tienden a otorgarle la custodia a las madres antes que a los padres, cuesta trabajo ver cómo eso puede ser una manifestación del heteropatriarcado. Los mayores beneficiarios del Convenio de la Haya son precisamente aquellos a quienes el movimiento feminista dice defender: las mujeres y sus hijos.

Es cierto que el Convenio prevé que en el caso de que la devolución ponga en peligro a los menores esta puede suspenderse. Y muchos han argumentado que, puesto que Francesco Arcuri tenía una condena por un delito de lesiones en el ámbito familar y puesto que Juana Rivas lo acusaba de maltratarla, había que suspender la entrega para proteger a los niños.

Ahora bien, la condena de Arcuri es por un único episodio ocurrido en 2009, antes incluso de la concepción del segundo hijo. Y no hay ninguna prueba de que haya vuelto a tener lugar otro incidente ni de que el padre haya maltratado jamás a sus hijos. Por otra parte, si con la palabra de los progenitores que han sustraído a los menores bastase para paralizar las devoluciones, nunca se podría llevar a cabo ninguna.

En este caso concreto podía ser razonable pedirle a los jueces italianos que estuviesen especialmente atentos,  pero no había ningún argumento de peso para negarse a la devolución de los niños. El Convenio de la Haya no es una norma española sino un acuerdo internacional, y es infantil pensar que podemos empezar a decirle a otros países que no nos fiamos de su capacidad para proteger a sus residentes sin que eso acabe teniendo consecuencias.

La responsabilidad tras la sentencia a Juana Rivas.

La sentencia a Juana Rivas ha provocado una nueva oleada de críticas. Parte de ellas están bien argumentadas y son posiblemente justas. Ahora bien, hay dos aspectos que llaman la atención:

En primer lugar, la absoluta falta de autocrítica por parte de aquellos que animaron a Juana Rivas a seguir por un camino equivocado. Mientras que todo vale para intentar desacreditar la sentencia, desde cuestionar la fecha de la misma hasta rebuscar en el pasado del juez, no se ha escuchado prácticamente ningún mea culpa. Los que en su momento decidieron desoír las advertencias de los juristas, ahora que se ha producido la condena solo ven en ella la confirmación de sus teorías: nos domina el patriarcado. Ningún error propio. Todos ajenos.

La inmensa mayoría de las críticas se parten de dar como cierto e indiscutible lo que no deja de ser una versión de parte.

En segundo lugar, es destacable que la inmensa mayoría de las críticas parten de dar como cierto e indiscutible lo que no deja de ser una versión de parte: que Juana Rivas se llevó a sus hijos para ponerlos a salvo.

Así, por ejemplo, Alberto Garzón afirmaba en un tuit: “Juana Rivas ha sido condenada a cinco años de cárcel por intentar proteger a sus hijos de un maltratador. Una justicia patriarcal profundamente injusta…” y Ana Pardo de Vera, la directora de Público, lanzaba un mensaje muy parecido en otro tuit: “Ésta es la sentencia de la “justiciapatriarcal contra una mujer que intentó proteger a sus hijos de un maltratador condenado…”. Y los suyos no son las excepciones. Hay literalmente miles de tuits, artículos y declaraciones en el mismo sentido.

Como ya señalé antes, no sabemos realmente los motivos por los que actuó Juana Rivas. Sobre lo que ocurrió en Caloforte hay dos versiones contradictorias y es perfectamente lícito creerse una, creerse la otra o dudar de las dos. Pero lo que no se puede hacer es confundir creer con saber.

Hace tiempo que vemos como buena parte de la sociedad española parece pensar que la justicia debería funcionar en base a creencias y emociones, dejando a un lado los razonamientos y las pruebas. Es un prejuicio popular que a lo largo de la historia levanta con frecuencia la cabeza. Pero lo que es completamente irresponsable es que haya periodistas y cargos políticos que se dediquen a alentarlo. Algunos lo harán por cálculo interesado, otros por puro fanatismo, pero todos juntos están empujando para desplazar a los tribunales desde la aplicación de la ley hacia la satisfacción de los sentimientos populares; es decir, del juicio al prejuicio.

Y de todas las irresponsabilidades en torno a este caso, esa puede que sea la más grave y peligrosa.

La sentencia de La Manada: perdidos en las palabras.

El punto de vista de un filólogo sobre algunas de las polémicas.

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La sentencia del llamado caso de La Manada ha sido lo suficientemente polémica como para serlo a varios niveles.  Uno de ellos es el terminológico, con encendidos debates en torno a palabras como “agresión”, “violación” o “intimidación”.

Aunque hace años que mi vida profesional ha tomado otro camino, soy filólogo por formación. En una carrera aprendes muchas cosas, pero hay algunas que son particularmente reveladoras. Para mí una de ellas fue descubrir que el valor de una expresión lingüística es siempre relativo, incluso cuando no lo parece.

Es frecuente ver debates acalorados entre personas que piensan que están discutiendo lo mismo simplemente porque lo llaman igual.

Sin embargo, eso es algo que se olvida a menudo, lo que constituye una fuente inagotable de polémicas estériles. Así, es frecuente ver debates acalorados entre personas que piensan que están discutiendo lo mismo simplemente porque lo llaman igual, cuando en realidad están hablando de cosas distintas. Por decirlo gráficamente, uno habla del Sócrates filósofo mientras el otro habla del Sócrates futbolista y, lógicamente, a ambos les parece que el otro dice disparates.

Creo que en el llamado caso de La Manada ha habido algunas de estas polémicas equívocas, pero, puesto que el debate sobre la dichosa sentencia está tan cargado emocionalmente, antes de referirme a ella voy a dar un pequeño rodeo y usar un ejemplo menos problemático:

Imaginemos que salgo a tomar algo y en un momento de descuido alguien me roba el móvil. Afortunadamente, hay testigos y la policía consigue dar con el delincuente, que confiesa. Así pues, hay denuncia del robo, testigos del robo y confesión del robo. Y, sin embargo, no hay condena por robo. Lo que hay es condena por hurto.

¿Entonces estábamos todos equivocados? ¿No era robo sino hurto?

Pues no, no estábamos equivocados. Como con el famoso gato de Schrödinger, es cierta una cosa y la contraria. En un juzgado y en una sentencia, la palabra que describe de forma apropiada los hechos es “hurto”. Pero si estoy con unos amigos y quiero contarles lo sucedido, lo lógico es llamarlo robo,  porque si lo llamo hurto, lo que conseguiré será quedar como un pedante y distraer a mis interlocutores de la información que estoy intentando transmitir.

En definitiva, no existe la palabra apropiada. El éxito de un acto comunicativo depende de escoger la más adecuada para crear la impresión que deseamos en un contexto concreto. Y las palabras no son más que instrumentos para crear esa impresión.

Vayamos ahora a la famosa sentencia del caso de la manada:

Los términos “intimidación” y “agresión”.

“¿Cómo no te vas a sentir intimidada si te rodean cinco personas?”; “Pues para mí, que alguien te toque sin que tú quieras es siempre una agresión.”; “Si esto no es intimidación, va a haber que cambiar la definición del diccionario de la R.A.E.”.

Todas estas frases son comprensibles, pero cometen el error del que nos alerta la diferencia entre robo y hurto: el de pensar que en un ámbito técnico los términos tienen que significar lo mismo que en el lenguaje corriente.

Además, estas quejas desplazan el foco de atención desde los actos de los acusados hacia los sentimientos de la víctima. No soy experto en Derecho, pero, si no me equivoco, el protagonista de un proceso penal es el presunto delincuente, y por ello los términos hay que entenderlos como una descripción de su conducta más que de los efectos psicológicos que la misma pueda causar en otras personas.

El término “violación”.

El caso del término “violación” es todavía más curioso y complejo. Al parecer, cuando se reformó el Código Penal en 1995, se decidió eliminarlo por considerarlo ligado a la sexualidad reproductiva más que al concepto de libertad sexual. Años más tarde se recuperó, pero de una forma muy restringida. Actualmente no aparece en los artículos que se refieren al delito de abuso sexual, ni siquiera cuando el abuso consiste en una penetración no consentida, sino que solamente lo hace en el artículo 179, que tiene la siguiente redacción: “Cuando la agresión sexual consista en acceso carnal por vía vaginal, anal o bucal, o introducción de miembros corporales u objetos por alguna de las dos primeras vías, el responsable será castigado como reo de violación con la pena de prisión de seis a 12 años “.

Con esto lo que ocurrió es que se produjo otro descuadre bastante peculiar entre el lenguaje corriente y el técnico, porque si para la R.A.E y para el hablante común una violación es cualquier penetración no consentida, para el Código, aparentemente, no.

Todo eso preparó un magnífico escenario para una tormenta, que ha acabado estallando ahora con el caso deLa Manada.

¿Qué es lo que ocurre? ¿Es que la sentencia no reconoce que hubo violación?

Lo que ocurre es que tenemos un nuevo gato de Schrödinger. La sentencia da por acreditado que hubo penetraciones no consentidas y lo tiene en cuenta a la hora de establecer la pena, por lo que se puede decir que se han castigado las violaciones. Ahora bien, no lo hace por el artículo 179, así que también se puede afirmar que no hay reos de violación y, por lo tanto, que no se ha reconocido que hubo violación.

Puesto que podemos afirmar ambas cosas, la opción que elijamos va a depender fundamentalmente del público al que nos dirijamos y del mensaje que queramos transmitir.

Si queremos ser precisos y centrarnos en las particularidades del caso concreto, lo lógico sería apartar a un lado el término “violación” con toda su problemática. Al fin y al cabo, nadie ha discutido nunca que hubo penetraciones. Lo que se discute es si hubo consentimiento y si hubo intimidación; en definitiva, si hubo delito y, de haberlo, si es abuso o agresión sexual. Eso es lo que tienen que dilucidar los profesionales, y a ese debate la palabra “violación” no aporta nada.

El caso de La Manada no es solo un caso judicial sino también el escenario de una batalla ideológica mucho más amplia.

Ahora bien,  el caso de La Manada no es solo un caso judicial sino también el escenario de una batalla ideológica mucho más amplia, y ahí el término “violación” se erige en protagonista.  ¿Quiero transmitir que el sistema funciona o que las violaciones quedan en gran medida impunes? ¿Quiero defender el trabajo del Poder Judicial o quiero hablar de justicia patriarcal? Según busque una cosa u otra, puedo aferrarme a la definición del diccionario de la R.A.E. o a la expresión “reo de violación” del CP.

El lenguaje es un campo lícito para la disputa política y, además, es mejor que esta se lleve a cabo en este tipo de terrenos antes que en las calles. Sin embargo, hay algunos aspectos que me parecen dignos de señalar:

El primero es que estas disputas terminológicas a veces a lo que parecen responder es a un puro afán punitivo, porque ante un delito que se percibe como particularmente repugnante surge la tentación de tirar hacia arriba.  Convendría distinguir pues hasta qué punto lo que se está pidiendo es que los nombres de los delitos y sus interpretaciones reflejen una nueva sensibilidad o hasta qué punto lo que se está pidiendo es, sencilla y llanamente, más años de cárcel para satisfacer a una opinión pública indignada. Y conviene recordar que lo fundamental para que haya justicia no es el nombre del delito sino la proporcionalidad de la pena.

El segundo es que la vía para que una visión política entre en el Derecho debería ser a través del Poder Legislativo y no a través del Poder Judicial. Pero pedirle a los jueces que interpreten  los términos de forme acorde a una “demanda social”, que se expresa fundamentalmente en manifestaciones y artículos de opinión, supone abrirle la puerta a la ideología a un ámbito que debería ser esencialmente técnico. Y eso no es malo o bueno en función de cuál sea esa ideología. Es malo en sí mismo.

Por último,  me gustaría hablar de esa queja tan frecuente de que el lenguaje jurídico está desconectado del de la calle, algo que a veces se interpreta como un síntoma de que los juristas viven de espaldas a la realidad social.

¿Podemos acercar el lenguaje jurídico al común?

Como filólogo, soy favorable a todo proceso que lleve a mejorar la claridad y la accesibilidad de los mensajes, y creo que es algo en lo que se podría y se debería avanzar. Ahora bien, también creo que hay que ser conscientes de qué es posible y a partir de qué punto entramos en el terreno de la fantasía. Y lo cierto es que, aunque hiciésemos ahora un enorme esfuerzo para que hubiese una correspondencia perfecta entre el lenguaje jurídico y el de la calle, en poco tiempo se separarían de nuevo, por la sencilla razón de que se rigen y evolucionan de acuerdo a reglas diferentes.

Las funciones principales de los lenguajes técnicos y científicos son la descriptiva y la prescriptiva, y en ambas es fundamental la precisión, por lo que están dispuestos a cometer muchos sacrificios en su búsqueda. No les importa ser redundantes, no les importa ser monótonos, no les importa ser aburridos. Quieren ser claros.

Los seres humanos no queremos hablar como el prospecto de un medicamento.

En cambio, el lenguaje común tiene, además, otra función fundamental: la expresiva. Los seres humanos no queremos hablar como el prospecto de un medicamento sino que necesitamos que nuestras emociones estén presentes en nuestras interacciones. Para eso usamos el humor, la ironía, metáforas, símiles e hipérboles. Además, empleamos también la lengua  como elemento diferenciador. Las nuevas generaciones quieren distinguirse de las anteriores; unos grupos de otros; unas clases sociales de otras. Nos vestimos con nuestras palabras igual que nos vestimos con la ropa o el corte de pelo. Y por eso el idioma también está sujeto a las modas y a un continuo proceso de cambio. Las lenguas son seres vivos y en continua evolución, y la de la calle no se va a conformar con avanzar a ese ritmo lento y minucioso de los lenguajes técnicos, y los lenguajes técnicos tampoco pueden sacrificar la precisión para correr detrás del de la calle.

¿Cuál es la solución? Pues aceptar la realidad: que la lengua es maravillosamente polifacética y expresiva precisamente porque los términos que usamos no tienen un significado absoluto sino relativo, y que le corresponde a nuestra inteligencia ser capaz de llegar a los conceptos por un lado y a la realidad por el otro sin quedarse atrapada en las palabras.