Por qué me di de baja de Amnistía Internacional

Historia de una pérdida de confianza

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No recuerdo exactamente cuándo me hice socio de Amnistía Internacional, aunque sé que en el año 90 ya lo era. Lo que sí recuerdo perfectamente es por qué me afilié. La decisión se apoyó en dos pilares fundamentales.

El primero era la defensa de los derechos humanos, una causa con la que siempre me he sentido comprometido.

El segundo era el rigor. AI me parecía una organización seria, que hacía todo lo posible para impedir que los sesgos ideológicos contaminasen sus informes. Para mí eso era importante por dos motivos. En primer lugar, porque creo que la fuerza de una organización de derechos humanos reside en su fuerza moral. El segundo era que me invitaban a participar en campañas sobre sucesos ocurridos en países de los que yo sabía poco y nada, y necesitaba poder fiarme de la información que me proporcionaban. Mi relación con la organización era, pues, una basada en la confianza.

Esa confianza se mantuvo durante tres décadas, pero empezó a quebrarse hace año y medio. Y a partir de ahí, quizá porque empecé a estar más atento a las señales, el proceso de derrumbe fue relativamente rápido.

Un día, hojeando un periódico en casa de mi madre, vi un anunció a toda página de AI. En él aparecía la afirmación siguiente: “La violencia en el hogar provoca más muertes que el cáncer”.

Ese dato me chocó por increíble. Y bastó una pequeña búsqueda en Internet para comprobar no solo que era falso, sino que lo era por mucho. No recuerdo dónde lo consulté en su momento, pero según este artículo, una de cuyas fuentes es precisamente AI, en 2016 hubo 390.794 homicidios, incluyendo todos los acaecidos fuera del hogar. Por su parte, el cáncer mató a casi 9 millones de personas.

Lo peor, sin embargo, fue lo que ocurrió cuando me puse en contacto con la organización para señalar el error.

Al principio, la persona que me atendió no sabía de qué campaña le estaba hablando. Según parece, los periódicos, cuando tienen páginas para publicidad que no se cubren, las rellenan recuperando antiguos anuncios de ONGs. Y en este caso el anuncio era de varios años antes.

Hasta ahí todo correcto. Lo malo es que después esa persona justificó que se hubiera hecho una afirmación tan poco rigurosa diciendo que, al fin y al cabo, se trataba de una pieza en la que se hacía uso de “lenguaje publicitario”, por lo que era lícito prescindir de algunos “pormenores del dato”, y que en realidad AI se refería a que la violencia de género causaba más muertes de mujeres que el cáncer en la franja de edad entre los 15 y los 44 años.

No creo que una organización que defiende los derechos humanos pueda avanzar su causa a costa de relativizar la gravedad del cáncer

Incluso aunque yo no sabía que eso también era falso¹, la argumentación no me convenció en absoluto.  En este caso, prescindir de algunos pormenores del dato suponía presentar como mayor una cifra que era, en realidad, muchas veces inferior a otra. Y no creo que una organización que defiende los derechos humanos pueda avanzar su causa a costa de relativizar la gravedad del cáncer, de la misma forma que no creo que una organización que combate el cáncer pueda avanzar la suya relativizando la importancia de las violaciones de derechos humanos. No quiero que las ONGs compitan por fondos y apoyo a base de usar “lenguaje publicitario” para desviarse de la verdad.

En definitiva, la persona que me atendió y yo no conseguimos entendernos, pero aun así decidí seguir siendo socio. Una sola persona no es la organización y seguramente lo del anuncio había sido solo un error.

El siguiente tropezón ocurrió en febrero de 2018, cuando AI afirmó que los cargos de rebelión y sedición contra Jordi Sànchez y Jordi Cuixart no estaban justificados.

Ojo, estoy de acuerdo con que una organización como AI vigile atentamente que se respeten los derechos de quienes son acusados en un proceso, sé que hay muchos juristas (no todos) que discrepan con las calificaciones de rebelión y sedición, y me parece positivo que estas se critiquen y se debatan públicamente.

Ahora bien, no creo que el papel de una organización de derechos humanos sea involucrarse en ese debate técnico, sino vigilar, precisamente, que este puede producirse; es decir, que fuera del juzgado exista un clima de libertad que permita la crítica pública, y que dentro del juzgado se respetan los procedimientos, de forma que las defensas puedan exponer sus propios argumentos sabiendo que estos van a ser atendidos. Ya se sabe que el derecho no es una ciencia exacta y que ante unos mismos hechos puede haber opiniones diferentes. Pero lo que caracteriza a un país democrático es cómo se resuelven esas diferencias.

Por eso me pareció fuera de lugar que AI hiciese su propio juicio paralelo y dictase su propia sentencia y, sobre todo, la velocidad a la que lo hizo.

Con todo, mis conocimientos de derecho son muy limitados y, aunque aquello me chirriaba, tampoco podía estar seguro de que la situación no justificase una actuación excepcional. Así que yo sí que me abstuve de hacer mi juicio definitivo sobre la conducta de la organización. Cabía la posibilidad de que fuera yo el equivocado.

Pero entonces llegó la sentencia por el famoso juicio de La Manada y Amnistía publicó un artículo en el que se afirmaba que se había absuelto a los acusados del delito de violación.

Ahí sí que no tuve dudas: esa afirmación era falsa. Para sostenerla había que dedicarse a jugar con el lenguaje y de una forma, además, muy poco coherente.

Si nos atenemos a los hechos, el tribunal había considerado probado que había habido penetraciones sin consentimiento y ello se había tenido en cuenta a la hora de dictar sentencia. Por lo tanto, lo que comúnmente entendemos por violación se castigó.

Para afirmar que no había sido así, tendríamos que abandonar el plano de los hechos e irnos al del lenguaje. Tras varias reformas del Código Penal, el término “violación” solo aparece en la expresión “reo de violación” en el art. 179. Y puesto que los acusados no fueron condenados por dicho artículo, se puede argumentar que técnicamente no se los consideró reos de violación y que, por tanto, no se los castigó por violación. Sin embargo, si lo que queremos es jugar en ese campo tan estrecho y tan formalista, tampoco se podría hablar de “absolución” puesto que no hubo sentencia absolutoria, ni de “delito de violación” puesto que dicho delito no existe como tal. No se puede oscilar de esa manera entre la laxitud y el tecnicismo según le convenga a nuestro discurso. Es, de nuevo, una muestra de falta de rigor.

Y que el artículo y su titular eran engañosos no es algo que señalase yo. Una persona de tanto conocimiento y tan comprometida con los derechos humanos como el catedrático Javier de Lucas protestó en Twitter, una protesta a la que se sumaron más juristas, recibiendo el silencio por respuesta.

Fue entonces cuando decidí darme de baja. Y la verdad es que no me arrepiento, porque después volví a ver más ejemplos de información poco rigurosa² y de actuaciones discutibles, que provocaron más protestas, de nuevo ignoradas.

Hay quienes se esfuerzan por poner el rigor por delante de sus convicciones políticas y quienes anteponen su ideología al rigor

Hay quienes se esfuerzan por poner el rigor por delante de sus convicciones políticas y quienes anteponen su ideología al rigor. Los primeros se mueven en el plano de la verdad; los segundos, en el de la propaganda. Cuando a alguien que se mueve en el plano de la verdad le señalas un error, rectifica, aunque sea a regañadientes. En cambio, quienes se dedican a la propaganda usan dos técnicas para no tener que hacerlo.

La primera es relativizar, mover los marcos de las porterías todo lo que haga falta. Es lo que hizo ese empleado de AI al refugiarse en la excusa de que se trataba de “lenguaje publicitario”.

La segunda es el silencio. Y eso es lo que hizo AI al no dignarse a responder a quienes criticaban artículos con información incorrecta.

No me cabe duda de que en AI sigue habiendo mucha gente para la que el rigor es fundamental, pero no parece que sea ya una cultura obligada a nivel de organización.

Y por eso yo ya no pinto nada allí. La propaganda, por muy bienintencionada que sea, me repele. Mi compromiso ha sido siempre con la verdad.

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¹ El origen de los datos parece estar en un informe de la OMS sobre las principales causas de muerte en el año 2000, aunque de nuevo están usados con una absoluta falta de rigor. De hecho, si el cáncer no aparece apenas en los listados, es porque no se considera una única enfermedad sino que se desglosa por tipo. Aun así, si analizamos las cifras, podemos ver que solo el cáncer de pecho provocó más muertes de mujeres en la franja de 30 a 44 años (61.456) que la “violencia interpersonal” (una etiqueta que abarca más que la violencia de género) en las franjas de 15 a 29 y de 30 a 44 sumadas (60.204).
Sin embargo, hay que señalar que no está claro que esta vez la responsabilidad primera de esa distorsión corresponda a A.I., aunque lo que sí que es evidente es que no se molestaron en ir a la fuente original para comprobar los datos.

Corrección: El error puede que venga incluso de más atrás, de 1994, y que tenga su origen en un “Discussion Paper” del World Bank, en el que se hacían estimaciones de años de vida saludable perdidos por diferentes causas.

² Contra lo que da a entender el artículo, hace muchos años que en España la falta de consentimiento o que este se haya obtenido de forma viciada es la base para entender que ha habido delito.

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Julen y la hipocresía.

¿Cuánto vale una vida humana?

 

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Cuando el niño llevaba dos días en el pozo, Miguel Pasquau escribió un artículo (como siempre magnífico) en el que argumentaba que, mientras hubiera un pequeño porcentaje de esperanza de que el pequeño Julen estuviera vivo, había que intentar salvarlo sin escatimar medios.

Estuve de acuerdo con el artículo. Sin embargo, llegar al niño demostró ser una tarea muy difícil, el rescate tardó diez días más, y creo que en ese periodo de tiempo las cosas cambiaron. Con dos días, aunque fuese difícil, había posibilidades de encontrar al niño con vida. Pero después ya estaba claro que no y, sin embargo, el rescate continuaba a toda máquina. ¿Por qué?

Creo que la respuesta está en que para entonces lo que estaba estaba teniendo lugar ya había dejado de regirse por la lógica, a menudo implacable, de los rescates. Al saltar a la primera plana de los medios, al convertirse en tema de tertulia, el suceso había cobrado más dimensiones que la de una operación de salvamento. Se había convertido en un espectáculo televisivo, en un compromiso político, en un símbolo e incluso en un acto de catarsis colectiva. Muchos habían implicado sus emociones; otros, su palabra; y otros estaban rentabilizando el tema. Por eso había que seguir adelante y apostar por el milagro.

Y ojo, lo cierto es que a veces, los  milagros ocurren. Por eso, aunque soy un gran admirador de la razón, no soy tampoco un absolutista de la misma. Recuerdo una entrevista a Anthony Burgess en el que este señalaba el contraste entre las actitudes de los franceses y los ingleses durante la Segunda Guerra Mundial. Ante el avance implacable de la máquina de guerra alemana, los franceses habían hecho lo razonable: rendirse. En cambio, los ingleses, cuando tenían todas las cartas en contra, se habían negado a ceder y, tras ese milagro que fue la Batalla de Inglaterra, sobrevivieron para ganar la guerra.

Siempre pensé que la crítica de Anthony Burgess no era justa con los franceses y pecaba de chauvinismo, pero que al mismo tiempo contenía una verdad: no es bueno dejar que la razón gobierne en exclusiva el mundo. El instinto maternal no es nada razonable, pero gracias a él han sobrevivido muchos niños a los que el puro uso de la razón habría condenado. Salieron adelante porque sus madres lucharon sin atenerse a lo que indicaban frías fórmulas matemáticas de probabilidad. En vez de eso, se aferraron a la fuerza inagotable del sentimiento y, aunque muchas veces salieron derrotadas, también consiguieron triunfos, cada uno de ellos magnífico. Al fin al cabo, esa racionalidad que yo tanto admiro llegó muy tarde en la historia de la vida, que es un largo rosario de victorias de lo improbable.

Por eso, creo que lo irracional no se puede descartar de un manotazo, despreciándolo sin más, sino que a la hora de juzgarlo, como ocurre con todo, hay que entrar en matices. Y en el caso del pequeño Julen creo que ha habido mucha irracionalidad sincera y noble, que, surgida de la empatía, necesitaba seguir luchando más allá de la esperanza, pero también creo que ha habido también una cierta irracionalidad colectiva nacida de fuentes menos dignas, como el morbo o la hipocresía. Ha habido humanidad, pero también cálculo político y crematístico. Y es importante, incluso cuando hablamos de creencias irracionales, distinguir entre quienes creen y quienes fingen creer.

Hay un episodio ilustrativo narrado por Solzhenitsyn. Al final de una conferencia del Partido Comunista en la provincia de Moscú, el público se puso en pie para aplaudir a Stalin. Era importante fingir el mayor entusiasmo por el gran líder y nadie quería ser el primero en parar. La ovación siguió y siguió, hasta que por fin un cargo mediano, el director de una fábrica de papel, se decidió a ser el primero en parar y sentarse. Esa noche fue arrestado y, tras encontrar una excusa para juzgarlo, fue condenado a diez años.

Sin embargo, una sociedad madura, aunque para estar viva necesite conservar una pizca de irracionalidad en su alma, también necesita hombres como ese, capaces de devolvernos a la racionalidad, de decir “Ya basta” sin que los castiguemos por ello. ¿Lo hacemos? ¿Somos mejores en ese sentido que los estalinistas? Sí en las formas, pero no tanto en el fondo; porque no nos hemos librado de la hipocresía y seguimos castigando la sinceridad. Para comprobarlo, basta con echar un vistazo a lo que ocurrió cuando la catedrática Beatriz González López-Valcárcel compareció ante una comisión del Parlamento de Galicia y señaló el coste desproporcionado de algunos tratamientos oncológicos, que no conseguían curar sino solo alargar un poco tiempo la vida de un paciente. Sus declaraciones fueron automáticamente convertidas en munición política. Ponerle precio a la vida está feo.

Porque ¿cuál es el valor de una vida? De nuevo no es una pregunta con una respuesta sencilla ni única.  Arthur Koestler la responde de una forma muy lúcida en sus memorias: “En la ecuación social, el valor de una sola vida es cero; en la ecuación cósmica, es infinito”. Koestler habla en referencia al año 1937, cuando en España se estaba jugando ya la partida entre los totalitarismos europeos, que, efectivamente, daban un valor social cero a la vida de los pequeños peones en su juego.

En nuestras democracias, afortunadamente, estamos dispuestos a darle a las vidas un valor social bastante más alto, pero todavía muy lejos de ese valor cósmico infinito, sobre todo cuando llega el momento de pagar la cuenta. Todos queremos  menos impuestos, aun sabiendo que eso tiene como consecuencia inevitable los recortes. Y, aunque no nos guste pensar en ello, recortar en sanidad, en los medios de salvamento o en investigación supone inevitablemente más muertes. Pero son muertes que nos dejan dormir por las noches, ya que, al no poder establecerse una relación directa de causalidad entre nuestra omisión y ninguno de esos fallecimientos concretos, carecen de nombre y de rostro. A diferencia de lo que ocurría con Julen, es mucho más fácil darles la espalda. Sin embargo, lo cierto es que, escondidas entre las estadísticas, están vidas que se podrían haber salvado con algo más de dinero, y algunas de esas vidas también son de niños, niños que han caído en pozos menos visibles y mediáticos.

Por eso, quizá fuese bueno que dejásemos de declamar teatralmente que no se le puede poner precio a una vida y, con toda la fría racionalidad del mundo, contestásemos a esta pregunta: “¿cuántos euros estamos dispuestos a pagar realmente por cada año de vida humana?”.

Porque nuestro mundo, el mundo moderno que los humanos estamos construyendo, sigue necesitando un poco de irracionalidad, pero también mucha racionalidad, y, sobre todo, necesita librarse de la hipocresía. Y quizá consiguiésemos ser menos egoístas si dejásemos de fingir que no lo somos.

 

 

 

 

 

 

 

El Derecho contra los Estudios de Género: un conflicto cultural.

No, no es un problema de jueces machistas. Es algo más profundo.

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“Nomi no Sukune Wrestling with Taima no Kehaya”, 1885, Tsukioka Yoshitoshi, Los Angeles County Museum of Art

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Porque libertad es hallarse libre de opresión y violencia ajenas, lo que no puede acaecer cuando no hay ley” John Locke¹.

“Vuestro derecho no es sino la voluntad de vuestra clase erigida en ley” Karl Marx y Friedrich Engels².

Creo que esas dos citas, con sus visiones diferentes de lo que es la ley, pueden resultar útiles a la hora de intentar comprender algunos de los escándalos mediáticos que se vienen desatando en torno a procesos judiciales, con acusaciones de que tenemos  una justicia patriarcal.

¿Qué es lo que está ocurriendo? ¿Es realmente un problema de jueces machistas?

Sin negar que los haya (ningún colectivo está libre de culpa), creo que podremos interpretar mejor estos episodios si damos un paso atrás y tomamos algo de perspectiva, porque, en mi opinión, son batallas de un conflicto cultural mucho más amplio, en el que se enfrentan dos líneas de pensamiento de larga tradición histórica, con visiones distintas de la función que debe desempeñar un proceso judicial.

La primera línea es la del pensamiento liberal, que es la que ha marcado fundamentalmente el marco legal e institucional de las democracias actuales.

La segunda, que podríamos llamar revolucionaria o radical, recoge la herencia de Marx y Engels y, con distintas ramificaciones, se prolonga hasta enlazar con la izquierda más inconformista y con los feminismos de segunda y tercera ola.

Para la primera, el sujeto político por excelencia es el individuo, cuyos derechos es fundamental respetar.

Para la segunda, podremos actuar mejor sobre el mundo si obviamos lo individual y nos centramos en las clases sociales y las relaciones de poder.

Ambas consideran que existe la injusticia, pero difieren en la manera de afrontarla.

La primera considera que no se puede despreciar lo ya conseguido. Las democracias liberales atesoran un patrimonio institucional y legal que, aunque perfectible, es una gran conquista que protege nuestros derechos. Así pues, los cambios deberían de canalizarse fundamentalmente a través de la política institucional, y, en concreto, mediante la labor de los poderes legislativo y ejecutivo. La misión del sistema judicial, en cambio, consiste en actuar como estabilizador, asegurando el respeto a los pactos vigentes en cada momento.

La segunda línea de pensamiento tiene una visión mucho más negativa del sistema político: las estructuras sociales, aunque protegen algunos derechos, básicamente lo que hacen es consolidar privilegios. No basta, por tanto, con pequeñas reformas graduales, siempre encarriladas por los intereses de los opresores. Hace falta subvertir de forma más radical el orden existente, y para ello hay que disputar el poder, no solo en las instituciones, sino en todo momento y lugar: las calles, el lenguaje, la prensa, los tribunales, etc.; cualquier campo de batalla es lícito para hacer avanzar el frente.

Y si esas son las líneas de pensamiento enfrentadas, ¿cuáles son las tropas?

Si ya en un conflicto bélico normal las líneas entre los bandos no son siempre nítidas, las de las guerras culturales lo son todavía menos

Es complicado, porque, si ya en un conflicto bélico normal las líneas entre los bandos no son siempre nítidas, las de las guerras culturales lo son todavía menos. Las divisiones se dan en varios ejes distintos y, junto a los factores ideológicos, hay otros, como la edad o el género, que también van a jugar un papel.

Ahora bien, lo que me parece más interesante es señalar que, cuando el campo de batalla son las decisiones judiciales, los estudios y la profesión también van  influir a la hora de escoger bando. Así, no es lo mismo haberse dedicado a interiorizar los principios informadores del derecho penal que conceptos como la hegemonía cultural y la violencia simbólica. No es lo mismo razonar bajo la influencia de la consigna “Lo personal es lo político” de Kate Millet que bajo la del principio de intervención mínima. Por ello,  proporcionalmente habrá más juristas en un ejército, mientras que en el otro encontraremos a una mayoría de quienes provengan de ciertos sectores de las ciencias sociales, especialmente cuando se trata de ramas como los Estudios de Género. Asimismo, los periodistas feministas más militantes se alistarán en este segundo bando.

En cuanto a los legisladores, obviamente vienen de todo el arco político y de profesiones muy variadas, pero, independientemente de sus ideas, ejercen su labor en unas condiciones concretas. Por un lado, tienen que ser sensibles a cuestiones de oportunidad política, así que, a la hora de pronunciarse, procurarán siempre coger el viento de cola. Pero, por otra parte, a la hora de legislar, tendrán que hacerlo dentro del marco de una constitución de tradición liberal.

¿Qué ocurre entonces cuando un caso como el de Juana Rivas o el de La Manada salta al foco de la opinión pública? Pues que en el tribunal, los juristas, conforme a su formación y aplicando una legislación de raíz fundamentalmente liberal, intentarán centrar el caso en los actos de los individuos directamente implicados, mientras fuera, en las calles, redes y medios, habrá quienes vean y presenten ese caso como un episodio más del conflicto eterno entre opresores y oprimidos. Para unos, hacer justicia será aplicar la ley a los hechos concretos; para otros, que ese caso ayude a cerrar la brecha entre clases.

No se puede sentar a la vez en el banquillo a un individuo concreto, a todo un colectivo, a una ideología y a un sistema de relaciones sociales

¿Es posible compatibilizar ambas perspectivas? En mi opinión, no, y los intentos para hacerlo, como algún polémico artículo de la famosa LIVG de 2004, no son más que parches que nunca podrán satisfacer completamente a nadie, porque las diferencias entre las distintas formas de afrontar un proceso no son una cuestión de detalle sino que son fundamentales. No se puede sentar a la vez en el banquillo a un individuo concreto, a todo un colectivo (los maltratadores), a una ideología (el machismo) y a un sistema de relaciones sociales (el patriarcado). No es lo mismo pensar que la función de un proceso es restablecer el equilibrio que creer que se debe utilizar para cambiarlo.

Por eso, el ideal sería que los ciudadanos nos reuniéramos en el ágora a debatir. Por un lado tomarían la palabra quienes estuviesen a favor de mantener la visión tradicional de que el protagonista de un proceso judicial tiene que ser el individuo y que son sus actos los que hay que valorar. Argumentarían que se podrá tener en cuenta si actuó con una motivación ideológica y si pretendía contribuir a sostener una situación de dominación, pero que, en todo caso, no se le puede responsabilizar de lo que escapa a su voluntad.

Por otro, intervendrían quienes piensen que sería más útil abstraerse de lo particular, ver cada uno de esos procesos como una escaramuza en la eterna lucha de clases y aprovechar la ocasión para dar un paso más hacia un mundo más igualitario. En ese momento yo levantaría la mano para preguntar por qué, si lo que se está combatiendo es una ideología o una estructura social, la solución pasa por castigar más duramente al individuo, y escucharía con atención la respuesta.

Y una vez oídas todas las posturas, habría que votar, aceptar el resultado y a partir de ahí actuar de forma coherente.

Pero eso no va a suceder. Lo que va a ocurrir es que seguirá sin resolverse la tensión entre esas dos perspectivas, y por tanto continuarán las polémicas a propósito de juicios, las acusaciones de machismo a magistrados, la presión para intentar encajar a martillazos leyes de inspiración no liberal en el marco de una constitución liberal, las declaraciones oportunistas de políticos, los discursos morales de periodistas y los insultos en las redes.

Y, como en todas las guerras, habrá quienes, sin haberlo buscado, se encontrarán en medio del fuego cruzado.

Mi solidaridad con ellos.

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¹ Marx K. y Engels F. (1848). Manifiesto del Partido Comunista.

² Locke J. (1689). Segundo tratado sobre el gobierno civil.

 

 

 

Cómo conseguir la superioridad moral en 6 cómodos pasos.

Permitidme que, por una vez, sea vuestro “coach” personal.

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Autor: Herbert James Draper

En un mundo con más de siete mil quinientos millones de personas, sentirse especial es complicado y es fácil acabar abrumado por la tarea. Las sociedades modernas no solo nos permiten ser individuos, nos exigen serlo. Tenemos que demostrar que somos de los que son capaces de nadar río arriba, no de los que la corriente arrrastra hacia la soledad y el olvido.

Hay distintas formas de hacerlo, pero una de las más reconfortantes es encaramarse en el pedestal de la superioridad moral.

Y eso es algo, querido lector, que está a tu alcance y a lo que no tienes por qué renunciar. No es ningún capricho. No es un lujo. Es tu derecho. En tu fuero interno tú ya sabes que eres buena persona, mejor que la mayoría, y si los demás no se quieren dar cuenta, es justo que se lo demuestres. Así que, si me lo permites, te voy a ayudar a ello. Te aseguro que es fácil. Solo tienes que seguir estos seis consejos:

1: Convierte todo debate en una confrontación moral

Nunca aceptes de buenas a primeras que el tema sobre el que se está debatiendo sea lo suficientemente complejo como para que haya distintas posturas lícitas sobre él, ni tampoco que la persona con quien debates pueda, aunque esté equivocada, tener tan buenas intenciones como las tuyas. Eso solo distrae de lo fundamental:

Si tú estás con la luz, quien te contradiga está con las tinieblas.

La verdadera historia del mundo es la de la lucha entre la luz y las tinieblas. Y si tú estás con la luz, quien te contradiga está con las tinieblas. La pluralidad está bien para costumbres y comidas, pero no en cuestiones morales.

Tú eres el bien y los que te llevan la contraria son el mal. Ese es el principio básico sobre el que construir todo lo demás.

2: Menosprecia a los expertos

Es cierto que hay gente que ha dedicado más tiempo a estudiar determinados campos que tú. Son los famosos “expertos”. Pero, aunque quizá sepan más, por otra parte suelen cobrar por vender o alquilar ese conocimiento. Trabajan para el Estado, para los bancos, para las farmacéuticas; incluso para George Soros. En otras palabras, se han prostituido. Además, muchas veces se han educado en un ambiente de élites, del que han heredado todo tipo de intereses.

Frente a eso, tu ignorancia es pura; tu mirada, limpia. Ellos tienen sus tecnicismos, pero tú los buenos sentimientos. Y en la lucha entre el bien y el mal, el sentimiento es el oro; el conocimiento, el latón.

3: Elige el campo de batalla

Todo buen general sabe que una de las claves para triunfar es conseguir que la batalla se desarrolle en el campo que más le favorece.

Los “expertos” manejan bien los datos y los razonamientos. Por eso a ti te interesa alejar el debate de ahí.

Lo primero es apartar de un manotazo las estadísticas e irte a un caso concreto. Siempre hay un caso concreto para apoyar lo que tú quieres demostrar. Incluso puede ser tu caso, elevado a la categoría de universal. Y si los expertos tienen gráficas, medias, medianas, etc., tú aférrate a los detalles dramáticos.

Frente a los razonamientos, recurre a las emociones; pon el dolor, la sangre, las lágrimas sobre la mesa. La parte del cerebro a la que tienes que dirigirte es al sistema límbico, la más primitiva y de respuesta más rápida. El principio es: conmover primero, convencer después. Quienes apelan a la razón dejan abierto un flanco que tienes que aprovechar. Carga contra él blandiendo los sentimientos.

4: Indígnate mucho, indígnate más

De todas las emociones, la indignación es la más útil. Ante cualquier hecho horrible, ante cualquier injusticia, procura mostrar siempre que tú eres el más indignado.

La indignación es básicamente una subasta y la forma de ganarla es pujar con decisión.

Porque la indignación es básicamente una subasta y la forma de ganarla es pujar con decisión. Si alguien pide cinco años de cárcel, tú protesta y pide diez. Si alguien pide quince, tú pide veinticinco. Y si te dicen que la ley no permite más, indígnate con la ley y los jueces. De paso, indígnate también con el abogado defensor y con cualquiera que se muestre tibio o te venga con referencias inoportunas al derecho a la defensa o a la presunción de inocencia.

Los formalismos son para los delitos normales. Pero cuando se trata de los extraordinarios, de los que ocupan los titulares, la única respuesta admisible en la persona de bien es la indignación. Y que nadie te diga que la auténtica justicia está en un difícil punto de equilibrio. Porque la pureza siempre está en el extremo, y ahí es a donde tú tienes que ir. Tú quieres brillar.

5: Usa sistemáticamente el ad hominem

Cuando alguien pretenda acallarte con un razonamiento, tú no te dejes amilanar. Recuerda el famoso aforismo: “La mejor defensa es un buen ataque”. Salta por encima del razonamiento y vete a por la persona. Ningún razonamiento ha podido parar nunca un bastonazo bien dirigido a la cabeza.

Da igual que no conozcas a tu interlocutor de nada. Algo habrá hecho. Además, forma parte de ese “ellos” con el que estás en guerra eterna. Así que tú impútale lo que sea necesario: complacencia con el crimen; querer defender su sueldo; oponerse a la voluntad popular y ser, por tanto, un antidemócrata; falta de empatía con las víctimas; incluso ser un fascista, un machista o un violador en potencia. Desenmascáralo y denuncia que sus argumentos, aparentemente tan fríos y racionales, no son más que el disfraz de un hipócrita que quiere ocultar sus verdaderas intenciones perversas. Porque, si realmente fuera buena persona, tendría que estar tan indignado como tú.

6: Y, finalmente, el toque maestro: muéstrate magnánimo

Los buenos generales saben usar la fuerza. Pero los verdaderamente grandes no se quedan ahí y, tras bañar la tierra de sangre, saben mostrarse magnánimos: Alejandro, César, Federico II de Prusia, Trump… Todos los grandes líderes han sabido exhibir su clemencia en el momento adecuado.

Tú puedes hacer lo mismo. El punto de partida serán siempre los cinco consejos anteriores, utilizados sin contemplaciones: indígnate, descalifica, insulta. Pero, cuando estés en una posición lo suficientemente fuerte, puedes subir un peldaño más y mostrarte condescendiente. En general, te conviene mantener la conversación en el nivel moral o emocional, así que puedes decirle a la persona que te contradice cosas como “siento que pienses así”, “no pareces mala persona”, “es una lástima que no seas capaz de verlo”.

Pero hay un último recurso incluso mejor, que te permite apoderarte no solo de la superioridad moral sino también de la intelectual: mándale leer. Es una forma elegante de indicarle que no sabe de lo que habla, porque, si lo supiera, tendría que llegar a la única conclusión posible: que tú estás en la posesión absoluta de la verdad.

En conclusión:

Si realmente lo quieres, el pedestal de la superioridad moral es tuyo, querido lector. Mientras otros pierden el tiempo informándose, tú móntate en él de un salto. A menudo las batallas no las ganan ni el más fuerte ni el más sabio, sino el más audaz.

Se critica mucho el efecto Dunning-Kruger, pero quienes lo hacen se equivocan, porque no es una debilidad sino una fortaleza: te libera de la duda.

Y cabalgando sobre él, no hay meta que no puedas alcanzar.

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La democracia y el síndrome de Gran Hermano.

De la democracia representativa a la democracia instantánea.

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Imaginemos durante un momento una democracia funcionando bien:

Los medios, cuya ideología fundamental es atenerse a la verdad, proporcionan información contrastada y, en aquellos casos en los que hay diferentes versiones legítimamente defendibles, ofrecen los distintos puntos de vista.

Los votantes, bien informados, acuden a las urnas, donde expresan sus valores y sus prioridades.

Una vez elegidos, los representantes políticos negocian entre ellos. El objetivo es que esos valores expresados por los ciudadanos se puedan plasmar en leyes y en la labor ejecutiva. Para ello se tiene en cuenta, además, la opinión de expertos en cada tema, lo que permite evitar que las medidas acaben teniendo resultados contraproducentes.

Por otra parte, el Poder Judicial ejerce su labor con independencia y profesionalidad. Su función no es modificar la ley, desviándola hacia otros valores que no han sido los votados, sino vigilar que se cumpla con fidelidad y dentro del marco constitucional.

Pero ha sonado el despertador y es hora de despertar de ese bonito sueño y volver a la realidad.

Tomemos ahora una democracia real, con sus vicios y sus manías, y saquémosla de copas. Le vamos a dar a beber un cóctel formado por dos ingredientes.

Los humanos no necesitamos estudiar un tema para formarnos una opinión y emitir un juicio.

El primero es producto de nuestra historia evolutiva: los humanos estamos programados para encontrar patrones. Por eso reconocemos caras y figuras en las nubes o en las tablas de madera. Construimos historias con una facilidad pasmosa. Y no necesitamos estudiar un tema para formarnos una opinión y emitir un juicio. Nuestros antepasados sobrevivieron combinando los datos disponibles con el instinto y los prejuicios y tomando decisiones sobre la marcha. Analizar demasiado te podía costar la vida.

El segundo ingrediente de nuestro cóctel es el desarrollo de unas tecnologías que nos permiten estar interconectados de forma permanente e instantánea. En el interior de nuestra habitación, donde antes había silencio, ahora hay miles de voces. Y nosotros también podemos emitir la nuestra a lo largo y ancho del planeta.

Esa combinación entre la pasión por juzgar y la posibilidad del directo lanzó al éxito ya hace unos años un nuevo formato de programa televisivo: Gran Hermano. Nos permitía observar a gente conviviendo las veinticuatro horas del día, simpatizar con unos, detestar a otros y votar para expulsarlos. Y, siguiendo la estela de ese éxito, llegó una nueva época dorada de los concursos de talentos. Pronto los acabó habiendo de todo tipo: desde de cocina hasta de tatuajes. Son satisfactorios porque nos gusta amar, odiar y votar.

Pero eso ha acabado desbordándose fuera del mundo del entretenimiento para invadir otras esferas, como la política o la judicial. Así, incluso antes de que la sentencia del famoso juicio de La Manada se hubiese hecho pública, ya alguien había nominado en Change.org a los magistrados responsables para abandonar su casa, la Judicatura, y cientos de miles de personas habían votado. Siguiendo esa línea, Women’s Link ha convocado el Premio Garrote 2018, y cualquier internauta puede votar para elegir la peor decisión judicial de la temporada.

Y en lo que se refiere a políticos y partidos, aún no se ha llegado a la cotización diaria, como en la bolsa, pero cada vez hay más encuestas que nos preguntan nuestra valoración. Y, entre encuesta y encuesta, tenemos las redes, con sus likes, hashtags y retuits. En esa vorágine, los periodistas tampoco se quedan atrás, y opinan, opinan y opinan. Es más, esa fiebre por opinar nos contagia a todos, y a menudo expertos en un campo concreto no pueden resistirse a expresar su opinión sobre el tema del día, por muy lejos de su especialidad que esté. Nos cuesta resistirnos a contribuir al cacareo general. Al fin y al cabo, somos sociales por naturaleza.

Por eso, ahora, más que en la democracia directa, vivimos en la democracia instantánea. Un gigantesco foro en el que, para no quedarse atrás, hay que pronunciarse sobre el tema del día antes de que este decaiga. No triunfa quien hace los análisis políticos más profundos y meditados, sino quien en un tuit consigue sintonizar mejor con el sentir general.

¿Es ese un buen modelo de democracia?

Yo creo que no. Me voy a limitar a señalar un par de inconvenientes:

La democracia representativa y la delegación

Delegar exige tres cosas. La primera es un mínimo de confianza en la persona en la que delegas. La segunda es aceptar que los especialistas dominan mejor que tú su campo. Y la tercera es encontrar el punto de equilibrio entre supervisar e interferir. Delegar no es confiar ciegamente ni dejar que otros decidan por ti cuáles son tus valores. Pero hay que saber dar un paso atrás. Al taxista le indicamos a dónde queremos ir y vigilamos que nos lleve por el camino más corto, pero no le estamos chillando continuamente “Acelera”, “Frena”, “Cambia de carril”.

Sin embargo, los tres puntos están en crisis.

La confianza, tanto en la clase política como en la Judicatura, está deteriorada. Y ya no es que se desconfíe de personas concretas, sino que se etiqueta de forma indiscriminada a colectivos enteros: Así, los políticos son “corruptos”; la Judicatura, “conservadora” y “machista”. En definitiva, se ve en todos ellos al taxista que nos quiere llevar por la ruta más larga.

Se minusvalora el conocimiento experto, sean las habilidades políticas o la capacitación técnica.

Por otra parte, se minusvalora el conocimiento experto, sean las habilidades políticas o la capacitación técnica. Internet nos ha facilitado el acceso a la información, pero también nos ha proporcionado una plataforma donde la ignorancia se siente capaz de desafiar de igual a igual al conocimiento. Todos llevamos un político, un economista y un juez dentro, y un par de búsquedas en Google nos habilitan para discutir cualquier cuestión, desde el SMI a la interpretación de un artículo del Código Penal.

Y, por último, queremos atar tan corto a nuestros representantes y a nuestros jueces, que pretendemos reducirlos a simples correveidiles, exigiéndoles que hagan a cada momento lo que nosotros haríamos en su lugar. Ya no se juzgan las estrategias, los sistemas o los resultados generales. El foco puede posarse sobre cada paso de un proceso, sobre una frase sacada de contexto, sobre una medida suelta. En definitiva, juzgamos el todo por la parte que alguien -sea un periodista, un tuitero o un grupo político- ha decidido iluminar.

Le estamos marcando un sendero muy estrecho a representantes y jueces, y queremos llevarlos por él sujetos de la correa. Pero esa es la forma de relacionarse, en todo caso, con un perro (y a veces ni siquiera), no con alguien en quien hemos delegado.

“Deprisa, deprisa”

Hay políticas cuyos beneficios tardan en notarse años. Ese ha sido siempre uno de los mayores problemas en campos como la educación o la investigación. Para un partido es poco rentable invertir su capital político en sacar adelante medidas cuyos resultados positivos se podrán medir cuando puede que ya no esté en el poder.

Y todos sabemos que, cuando se trata de medidas necesarias pero impopulares, los políticos procuran adoptarlas lo más pronto posible en la legislatura, para poder sincronizar los efectos positivos con las elecciones.

Pero antes el ritmo aún se medía en años, aunque fueran pocos. Y eso permitía a los políticos prestar más atención a las necesidades. La opinión pública no estaba aporreando continuamente la puerta.

Se hace política mirando el titular del día, la última polémica en la red.

Ahora eso ha cambiado. Se hace política mirando el titular del día, la última polémica en la red. Un buen ejemplo lo tenemos con el real decreto ley sobre el impuesto de las hipotecas. El martes el Tribunal Supremo se pronuncia y el jueves el Gobierno responde con un decreto improvisado. Unos días después la polémica es el mecanismo de elección del CGPJ y ahora es el PP el que responde con otra propuesta igual de improvisada.

Porque lo que importa no es realmente resolver los problemas estructurales, cada vez más relegados fuera del foco mediático. Lo importante es subir en la próxima encuesta mensual. Y, mientras tanto, como se lamentaba Enrique Feás en este artículo, los informes de los expertos duermen en los cajones. Tienen poco uso en un ambiente en donde los análisis y las ideas son menos importantes que las ocurrencias.

En principio, no habría nada de malo en que nuestros representantes políticos se asomasen a las redes sociales para comunicarse mejor con la sociedad. El problema es cuando empiezan a comportarse como aspirantes a tuitstars (dicho desde un gran respeto a algunos tuitstars), porque lo que te puede convertir en una estrella de la red no es necesariamente lo mismo que te hace un buen estadista.

Conclusión:

Aún se podrían tocar más temas, pero en el fondo todo se reduce a que a la democracia le está costando digerir los efectos de las nuevas tecnologías.
Todo cambio exige un periodo de adaptación. Y puede que lo único que haga falta es que los ciudadanos maduremos y aprendamos a manejar nuestros juguetes nuevos. Los primeros paseos en bicicleta suelen acabar en el suelo, o, como en mi caso, contra el muro de una fábrica de conservas.

Pero esperemos que ese proceso de maduración sea corto, porque entretanto nuestra democracia representativa se está llenando de ruido.

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¿Defiende el feminismo la igualdad?

Un análisis de la relación entre el movimiento feminista y el principio de igualdad

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By See Red Women’s Workshop (Vogue) [Public domain], via Wikimedia Commons
Lo vemos de vez en cuando: una figura pública dice no ser feminista e inmediatamente se alzan voces citando la definición de feminismo de la RAE y acusándola de no estar a favor de la igualdad y de ser, por tanto, machista.

¿Hasta qué punto son justas esas acusaciones? ¿Hay una dicotomía absoluta entre ser feminista y ser machista? ¿Defiende el feminismo la igualdad?

Veámoslo:

¿Qué es el feminismo?

Es importante recordar que con la palabra “feminismo” hacemos referencia a dos cosas diferentes aunque relacionadas: una ideología y un movimiento político.

Como ideología, su núcleo fundamental es la defensa de la igualdad de derechos entre hombres y mujeres. Ahora bien, no se limita a ese principio fundamental y abarca toda una serie de hipótesis y teorías sobre cuáles son las causas de la desigualdad y cuáles son las mejores estrategias para combatirla.

Y habiendo esas variables, el movimiento político no es, lógicamente, homogéneo. Tiene diferentes corrientes, que a veces se enfrentan con acritud.

Sin embargo, aunque en un movimiento político o en un partido haya diversidad de puntos de vista, en cada momento suele haber una corriente que gana preponderancia y marca el discurso del conjunto. Esa corriente no tiene por qué ser necesariamente la mayoritaria. A veces es simplemente la que tiene una militancia más concienciada y combativa. Por otra parte, los medios, con su gusto por las declaraciones explosivas y el clickbait, también contribuyen a difundir más determinadas voces.

¿No ser feminista es ser machista?

Evidentemente, lo contrario sí se cumple: ser machista implica oponerse al feminismo. Y si nos atenemos al principio básico del feminismo, se puede argumentar que todo el que esté a favor de la igualdad debería identificarse como feminista.

Ahora bien, creo que muchas veces, cuando alguien dice que no es feminista, lo que está queriendo señalar es solamente que no se identifica con el discurso predominante en el movimiento feminista del momento. De hecho, una autora indiscutiblemente feminista, Jessa Crispin, escribió un libro titulado “Por qué no soy feminista”, precisamente para marcar distancias con un movimiento que, en su caso, le parecía demasiado moderado.

Así pues, quizá habría que ser un poco más prudentes antes de empezar a repartir carnés. Podemos debatir todo lo que queramos sobre hasta qué punto quienes se declaran no feministas se están expresando con precisión, pero hay una gran diferencia entre no usar los términos con propiedad y ser machista.

El meollo de la cuestión: ¿defiende el movimiento feminista la igualdad?

Defender la igualdad es defender la universalidad de un principio, con independencia de a quién se le vaya a aplicar. Así pues, si al examinar un caso concreto llegamos a la conclusión de que “x” oprime e “y” es oprimido, habría que tomar partido por “y”.

¿Hace eso el movimiento feminista? La realidad es que no. Cuando hay un conflicto de pareja, el movimiento tiende a ponerse sistemáticamente de parte de la mujer sin necesidad de análisis alguno. Y en lo que se refiere a aquellas situaciones en las que son los hombres los que están peor (personas sin hogar, accidentes laborales, etc.), el movimiento no va a manifestarse, no porque esté de acuerdo con que eso ocurra, sino sencillamente porque considera que no es de su incumbencia.

En la práctica lo que el movimiento feminista defiende no es un principio, la igualdad, sino los derechos de un colectivo, las mujeres.

¿Por qué? Pues porque en la práctica lo que el movimiento feminista defiende no es un principio, la igualdad, sino los derechos de un colectivo, las mujeres.

Es cierto que, en la medida en que es un colectivo que ha estado tradicionalmente discriminado, se puede argumentar que defender sus derechos contribuye a defender la igualdad. Sin embargo, la defensa del principio no es absoluta sino relativa y, por tanto, no es definitoria.

Así pues, de la misma manera que a la hora de definir lo que es un sindicato de jornaleros decimos que es una organización que defiende los derechos de los jornaleros, sería más preciso definir el movimiento feminista en función del colectivo cuyos intereses representa.

¿Es malo defender los derechos de un colectivo?

Obviamente, no. En sociedades tan complejas como las nuestras es necesario que quienes quieran defender sus derechos se organicen. Y si es lícito que existan organizaciones de empresarios, tanto más lo es que haya un movimiento que defienda los derechos de un colectivo que ha sido sistemáticamente discriminado.

Pero entonces, ¿soy feminista o no?

En mi caso va a depender de si con la palabra “feminista” estamos haciendo referencia al principio o al movimiento.

Si ser feminista es estar a favor del principio de igualdad de derechos, la respuesta es un rotundo sí.

En cambio, si lo es identificarse con el movimiento tal y como este se manifiesta ahora mismo y suscribir sistemáticamente sus acciones, la respuesta es no. Apoyo una parte de sus reivindicaciones y estrategias, otras me generan dudas, y hay una buena parte de ellas con las que no estoy en absoluto de acuerdo. Y no lo estoy precisamente porque creo que son contraproducentes y van contra el principio de igualdad. Y entre el principio y el movimiento, me quedo con el principio.

Una última reflexión: el feminismo y la crítica

El feminismo tiene una larga y dura historia de lucha, y durante ese combate ha sido y sigue siendo objeto de críticas muy injustas. Ahora bien, no deja de ser una ideología política y, como tal, no puede pedir inmunidad ni pretender que se le reconozca una especie de infabilidad papal. Todos los movimientos cometen errores. La crítica y, sobre todo, la autocrítica son imprescindibles para evolucionar. Atrincherarse en las consignas es tentador en el fragor de la batalla, pero a la larga es una estrategia debilitante.

Distinguir a trazo grueso bandos morales puede ser satisfactorio para quien se incluye a sí mismo entre los justos, pero no es productivo.

Por eso, creo que sería bueno aparcar el frentismo y dejar de ahogar el debate con descalificaciones. Distinguir a trazo grueso bandos morales puede ser satisfactorio para quien se incluye a sí mismo entre los justos, pero no es productivo. Si lo que queremos es eliminar barreras, no lo vamos a conseguir levantando otras nuevas. Lo que hay que hacer, en cambio, es mejorar las ideas.

Y eso sería, además, mucho más leal a un movimiento que surgió para acabar con los prejuicios; no para sustituir unos por otros.

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Juana Rivas y la responsabilidad.

¿Hasta qué punto podemos obviar las consecuencias de nuestros actos?

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Uno de los aspectos más preocupantes del caso Juana Rivas ha sido el de revelar la tremenda confusión que hay en parte de la sociedad española sobre lo que es tener responsabilidades, sean estas a nivel personal, profesional, político o incluso de país. Parece que se estuviera reivindicando un nuevo derecho: el de la irresponsabilidad a discreción.

Sin embargo, las responsabilidades existen. Y negarse a asumirlas no es un heroico acto de lucha reivindicativa, como parecen creer algunos, sino simple y pura incoherencia.

Pero vayamos paso a paso:

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La responsabilidad de Juana Rivas

A estas alturas es difícil distinguir a la Juana Rivas real del personaje o personajes que han ido construyendo los medios, pero en cualquier caso hay un dato indiscutible: cuando decidió irse a vivir en Italia con Francesco Arcuri era una mujer mayor de edad.

Fijar su residencia allí tenía una consecuencia inevitable: la de aceptar la competencia de los tribunales italianos en todo lo referente al derecho de familia, incluyendo cualquier posible disputa por la custodia de sus hijos. ¿Es eso injusto? No, en principio más que injusto parece lógico; ningún tribunal puede estar mejor situado para decidir sobre unos niños que los del lugar donde viven, donde están escolarizados y donde van al pediatra.

Arrepentirse de las decisiones que uno toma es muy humano. Y en algún momento Juana Rivas se arrepintió de haberse ido a vivir en Italia y prefirió quedarse en España. No tenemos la certeza de si lo hizo para escapar de una situación insoportable de maltrato o si simplemente se cansó de estar en tierra extraña y prefirió volver a la propia. Lo que sí sabemos es que decidió saltarse las vías legales para poder quedarse con sus hijos, y que más tarde decidió ignorar las resoluciones tanto de los tribunales italianos como las de los españoles.

En cualquier caso, motivase lo que motivase esa serie de decisiones, lo que está claro es que acabaron yendo contra sus propios intereses. No cabe, pues, calificarlas de responsables.

Para pelear por nuestros derechos hay vías legales e ilegales. Y si optas por las ilegales, es absurdo esperar que los tribunales te den la razón.

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La responsabilidad del entorno de Juana Rivas y del movimiento feminista

Cuando una persona se equivoca, la forma de ayudarla no es animarla a perseverar en el error. Y lo mejor que se podía haber hecho por Juana Rivas hubiese sido convencerla para que obedeciese los mandatos judiciales. A partir de ahí, se le podría haber dado un asesoramiento verdaderamente profesional e incluso prestado apoyo para disputar la custodia de sus hijos ante los tribunales italianos.

Seguramente en su entorno hubo alguna voz sensata, así como también las hubo dentro del movimiento feminista, que, afortunadamente, no es monolítico. Pero esas voces no solo no fueron escuchadas sino que incluso fueron criticadas con dureza, quedando al final tapadas bajo una oleada de irresponsabilidad colectiva.

A Juana Rivas se la animó a jugar la partida a un todo o nada, cuando estaba claro que el resultado probable iba a ser nada o peor que nada.

A Juana Rivas se la paseó por los platós de televisión, convirtiendo su vida y la de sus hijos en materia  para un culebrón. Y se la animó a echarle un pulso al Estado, a jugarse la partida a un todo o nada, cuando estaba claro que el resultado probable iba a ser nada o peor que nada.

Y todo eso se hizo mientras se convertía el caso en un ariete al servicio de una causa ideológica. Lo importante era poder denunciar el machismo, la justicia patriarcal; en definitiva, tener una nueva Rosa Parks, sin preocuparse demasiado de si la persona en cuestión realmente quería interpretar ese papel o solo aspiraba a ganar su pequeña batalla particular.

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El Convenio de la Haya y nuestra responsabilidad como país

Las leyes segregacionistas contra las que luchó Rosa Parks eran evidentemente injustas.

Pero ¿cuáles son  esas normas tan patriarcales a las que se enfrentó Juana Rivas?

Un caso como este es complejo, pero el núcleo fundamental ha sido la aplicación del comúnmente conocido como Convenio de la Haya de 1980. Contra lo que mucha gente parece pensar, la justicia española no ha tomado la decisión de entregarle los niños a “un maltratador”, por la sencilla razón de que no son los tribunales españoles los que han decidido a quién dar la custodia. Lo único que han hecho nuestros jueces es decir que hay que atenerse a lo que decidan los tribunales italianos, que son los competentes.

Los mayores beneficiarios del Convenio de la Haya son precisamente aquellos a quienes el movimiento feminista dice defender: las mujeres y sus hijos.

El Convenio de la Haya es un acuerdo internacional firmado por más de 80 países y que obliga a restituir a los menores a su país de residencia cuando un progenitor se los ha llevado ilegalmente del mismo. Su finalidad es proteger los derechos del otro progenitor, pero, sobre todo, los de los propios niños, garantizando que las disputas por las custodias no se solucionan a las bravas, sin que intervenga un juez que tutele los derechos de los menores. Y puesto que los jueces tienden a otorgarle la custodia a las madres antes que a los padres, cuesta trabajo ver cómo eso puede ser una manifestación del heteropatriarcado.

Es cierto que el Convenio prevé que en el caso de que la devolución ponga en peligro a los menores esta puede suspenderse. Y muchos han argumentado que, puesto que Francesco Arcuri tenía una condena por un delito de lesiones en el ámbito familar y puesto que Juana Rivas lo acusaba de maltratarla, había que suspender la entrega para proteger a los niños.

Ahora bien, la condena de Arcuri es por un único episodio ocurrido en 2009, antes incluso de la concepción del segundo hijo. Y no hay ninguna prueba de que haya vuelto a tener lugar otro incidente ni de que el padre haya maltratado jamás a sus hijos. Por otra parte, si con la palabra de los progenitores que han sustraído a los menores bastase para paralizar las devoluciones, nunca se podría llevar a cabo ninguna.

En este caso concreto podía ser razonable pedirle a los jueces italianos que estuviesen especialmente atentos,  pero no había ningún argumento de peso para negarse a la devolución de los niños. El Convenio de la Haya no es una norma española sino un acuerdo internacional, y es infantil pensar que podemos empezar a decirle a otros países que no nos fiamos de su capacidad para proteger a sus residentes sin que eso acabe teniendo consecuencias.

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La responsabilidad tras la sentencia a Juana Rivas

La sentencia a Juana Rivas ha provocado una nueva oleada de críticas. Parte de ellas están bien argumentadas y son posiblemente justas. Ahora bien, hay dos aspectos que llaman la atención:

En primer lugar, la absoluta falta de autocrítica por parte de aquellos que animaron a Juana Rivas a seguir por un camino equivocado. Mientras que todo vale para intentar desacreditar la sentencia, desde cuestionar la fecha de la misma hasta rebuscar en el pasado del juez, no se ha escuchado prácticamente ningún mea culpa. Los que en su momento decidieron desoír las advertencias de los juristas, ahora que se ha producido la condena solo ven en ella la confirmación de sus teorías: nos domina el patriarcado. Ningún error propio. Todos ajenos.

La inmensa mayoría de las críticas se parten de dar como cierto e indiscutible lo que no deja de ser una versión de parte.

En segundo lugar, es destacable que la inmensa mayoría de las críticas parten de dar como cierto e indiscutible lo que no deja de ser una versión de parte: que Juana Rivas se llevó a sus hijos para ponerlos a salvo.

Así, por ejemplo, Alberto Garzón afirmaba en un tuit: “Juana Rivas ha sido condenada a cinco años de cárcel por intentar proteger a sus hijos de un maltratador. Una justicia patriarcal profundamente injusta…” y Ana Pardo de Vera, la directora de Público, lanzaba un mensaje muy parecido en otro tuit: “Ésta es la sentencia de la justicia patriarcal contra una mujer que intentó proteger a sus hijos de un maltratador condenado…”. Y los suyos no son las excepciones. Hay literalmente miles de tuits, artículos y declaraciones en el mismo sentido.

Como ya señalé antes, no sabemos realmente los motivos por los que actuó Juana Rivas. Sobre lo que ocurrió en Caloforte hay dos versiones contradictorias y es perfectamente lícito creerse una, creerse la otra o dudar de las dos. Pero lo que no se puede hacer es confundir creer con saber.

Hace tiempo que vemos como buena parte de la sociedad española parece pensar que la justicia debería funcionar en base a creencias y emociones, dejando a un lado los razonamientos y las pruebas. Es un prejuicio popular que a lo largo de la historia levanta con frecuencia la cabeza. Pero lo que es completamente irresponsable es que haya periodistas y cargos políticos que se dediquen a alentarlo. Algunos lo harán por cálculo interesado, otros por puro fanatismo, pero todos juntos están empujando para desplazar a los tribunales desde la aplicación de la ley hacia la satisfacción de los sentimientos populares; es decir, del juicio al prejuicio.

Y de todas las irresponsabilidades en torno a este caso, esa puede que sea la más grave y peligrosa.

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