Contra los linchamientos

Y sobre el precio de tener principios

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William Henry Pyne, “The Guilty”, 1808.

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No voy a descubrir ningún secreto si afirmo que nos gusta lo gratis. Es una sensación maravillosa poder descargar aplicaciones, ver vídeos o leer la prensa sin tener que abrir la cartera. Y hay quien incluso se ha venido arriba, y quiere disfrutar de otro tipo de bienes, desde la libertad de expresión hasta el Estado de derecho, sin que eso le suponga ningún inconveniente ni compromiso.

Sin embargo, las cosas no funcionan así; casi todo tiene un precio, aunque a veces no sea tan evidente como el que figura en las etiquetas. Y una de esas cosas que tienen un precio son los principios. Es muy fácil tenerlos. Bastante más difícil aceptar el coste que ello supone.

Yo también tengo algunos, aunque he de decir que no soy un absolutista de los mismos. De hecho, soy capaz de imaginar situaciones lo suficientemente extremas como para hacerme renunciar a casi todos. Pero, aunque no sean absolutos, algunos de ellos son lo suficientemente sólidos como para resultarme caros.

Y uno de esos principios es que estoy en contra de los linchamientos en cualquiera de sus variedades, por muchos motivos. Veamos algunos:

-Puesto que el auténtico objetivo de un linchamiento no es hacer justicia sino satisfacer un sentimiento de indignación, hay un largo historial de inocentes linchados. Las emociones no tienen paciencia y a menudo prefieren saltar a “la verdad” antes que buscarla.

Los linchamientos tampoco respetan la proporcionalidad de la pena. Los tradicionales suelen ser siempre brutales, y los modernos dependen de factores tan arbitrarios como la viralidad. Además, para la masa anónima no hay atenuante que valga, y puede acabar cebándose con alguien que tiene problemas psicológicos graves o que simplemente ha cometido una torpeza.

Creo que los castigos deben de tener un plazo definido, algo que los linchamientos morales tampoco cumplen. Aunque se adormezcan, nunca se puede saber cuándo despertarán de nuevo. Ha habido campañas que han resucitado incluso décadas después.

Creo en la reinserción, por mucho que tampoco sea un absolutista de la misma. Soy consciente de que hay criminales que no son plenamente reinsertables, y creo que es bueno que las penas cumplan también una función disuasoria. Pero sí que pienso que, en la medida de lo posible, hay que intentar rehabilitar a la persona. Y los linchamientos suelen buscar justo lo contrario: humillarla y destruirla como ser social.

-Además, a menudo han sido un instrumento al servicio de persecuciones, ya sean étnicas o políticas. Bajo la coartada de buscar justicia, siempre ha habido grupos organizados que los han dirigido específicamente contra colectivos concretos.

-Y otras veces se han usado para venganzas personales. Una vez que se ha creado una atmósfera proclive a la justicia popular, es inevitable que surjan oportunistas que aprovechen para llevar a cabo sus vendettas particulares. Les es fácil; basta con señalar con el dedo y dejar que la masa haga el trabajo¹.

Por todo eso, creo que usar los linchamientos para hacer justicia es tan buena idea como soltar unos cuantos toros de lidia para disolver una manifestación. Lo expeditivo del método no justifica los resultados. Pero tampoco me engaño: como dije más arriba, sé que rechazar los linchamientos tiene un precio. Y, para ilustrarlo, voy a examinar dos casos; uno en el que ese precio me resulta muy barato y otro en el que me parece mucho más caro.

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El caso de Woody Allen

Woody Allen ha sufrido un linchamiento moral, que ha dañado gravemente su carrera como director.

No cabe duda de que los hechos de los que ha sido acusado son delitos muy graves. Pero tampoco cabe duda de que estos no han podido ser probados. Hay a quien eso no le importa y está dispuesto a sustituir la certeza de la prueba por la certeza de la fe. Pero yo no soy hombre de fe y me horroriza la idea de que se pueda castigar a un inocente. Por eso no me resulta nada difícil estar en contra de ese linchamiento.

Pero no siempre es tan fácil. Veamos ahora un ejemplo de cuando no lo es.

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El caso de David Cash Jr.

En 1997 dos muchachos de 18 y 17 años, Jeremy Strohmeyer y David Cash Jr., acudieron a un casino de Nevada. Strohmeyer siguió a una niña de 7 años a los servicios y David Cash los siguió a ambos un poco después. Allí encontró a su amigo y a la niña jugando a tirarse bolas de papel, pero luego Strohmeyer arrastró a la menor a una de las cabinas y bloqueó la puerta. Cash entró en la de al lado y se encaramó sobre el inodoro. Desde allí pudo ver a su amigo sujetando a la niña y tapándole la boca para ahogar sus gritos, pero ni intervino para impedirlo ni avisó a seguridad. En vez de eso, se fue a dar un paseo. Cuando se reencontró con Strohmeyer, este le confesó que había matado a la pequeña tras agredirla sexualmente. Después ambos continuaron con su noche de juerga visitando varios locales más.

Tampoco se puede decir que la conducta posterior de David Cash fuese muy edificante. Nunca tuvo intención de denunciar a su amigo y, cuando por fin se descubrió lo ocurrido y en una entrevista le preguntaron por qué no había intervenido, declaró: “No me voy a disgustar por lo que le pase a otro. Simplemente me preocupo antes que nada por lo que me ocurra a mí.”. Y en otra ocasión: “No soy tonto… Sacaré dinero de esto”.

Estamos, pues, ante un caso que es justo el contrario del de Woody Allen. Aquí no hay dudas sobre el comportamiento de David Cash Jr, pero este, por muy repugnante que nos pueda parecer, resultó no ser punible conforme a la legislación vigente en Nevada en aquel momento. Strohmeyer fue condenado a cuatro cadenas perpetuas consecutivas pero, puesto que Cash no había participado en el crimen, ni siquiera fue procesado Aun así, hubo quien quiso castigarlo y fue objeto de una campaña (sin éxito) para expulsarlo de la universidad de Berkeley, y más tarde su nombre volvió a ser objeto de atención pública y las empresas para las que trabajaba recibieron presiones para despedirlo.

¿Estoy en contra del linchamiento moral de David Cash? Pues, aunque es uno de esos casos que ponen a prueba la solidez de mis principios, la respuesta vuelve a ser que sí, por las razones que expuse más arriba. Me parece bien que su conducta fuese duramente criticada en su momento. Pero hay una diferencia entre la crítica y la persecución, y soy partidario de que el monopolio de la persecución lo tenga la ley, aunque ello suponga aceptar que haya veces, como esta, en que una conducta infame quede impune.

Pero nadie dijo que los principios tengan que ser baratos. Si lo fueran, no serían más que una medallita de oropel que nos colgamos de la solapa. Los principios, los verdaderos, a veces resultan caros y dejan un sabor amargo.

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¹ No conozco personalmente este caso y no puedo saber hasta qué punto lo que afirma @DeClaseBaja es cierto. Pero, como testimonio del efecto de las acusaciones en redes sociales y medios, su artículo me parece interesante. Así como también este otro del poeta  Joseph Massey.

2 comentarios en “Contra los linchamientos”

  1. Luego está el linchamiento en países donde la policía es tan corrupta que la desconfianza es total. En los pueblos se sienten completamente desamparados al sentir que no hay justicia, si puedes pagar, te libras de cualquier condena. Tienes Guatemala como ejemplo. He discutido y defendido que no deberían linchar allí, pero la realidad es mucho más compleja ya que la inseguridad y la falta de protección y justicia hacen difícil defender lo que deja de ser linchamiento y parece más autodefensa de la comunidad.

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