Ideología política e identidad personal

Sobre los límites de la razón en el debate político.

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“Portrait de Voltaire”, detalle. Taller de Nicolas de Largillière

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La llegada de modernidad supuso una paradoja: el ser humano ganó en seguridad material, pero a cambio pagó un precio en inseguridad cultural.

Un muchacho nacido en una aldea del siglo XII estaba mucho más expuesto que nosotros a las enfermedades, la escasez, las inclemencias y la violencia. A cambio, no tenía un problema de identidad. Podía predecir con muchas probabilidades de acertar dónde iba a vivir en el futuro, en qué iba a trabajar, en qué iba a creer, e incluso cómo iba a vestir y qué canciones cantaría en las fiestas. Para encontrar la respuesta a todas esas preguntas le bastaba con mirar alrededor.

En aquella época a nadie se le ocurría dedicarse a ponerle nombre a las generaciones (millenials, z, t…), por la sencilla razón de que la vida del biznieto era prácticamente un calco de la del bisabuelo.

Nuestra seguridad material es mucho mayor. Pero nos enfrentamos a una mayor incertidumbre identitaria

Todo eso ha cambiado. Ahora tenemos a nuestra disposición una sanidad, una tecnología y un buen número de comodidades que los reyes de Edad Media bien podrían envidiar. Estamos protegidos por la ley, los fiscales, la policía, las urgencias sanitarias, los bomberos, el ejercito, los inspectores de sanidad y un largo etcétera. Nuestra seguridad material es mucho mayor. Pero, a cambio, nos enfrentamos a una mayor incertidumbre identitaria. Tenemos que estar tomando continuamente decisiones, desde el coche que compramos hasta el partido al que votamos, y escribiendo con ellas nuestro personaje.

Lógicamente, no todos nos enfrentamos a esa tarea en las mismas condiciones. Tener un trabajo fijo, por ejemplo, es una gran ayuda; te da pistas sobre cómo vestirte y una pauta horaria. También es muy útil tener una red consolidada de relaciones afectivas. En cambio, hay gente que tiene que hacer una labor mucho más activa de construcción o de reconstrucción, y por ello necesitan hacer un uso más intenso de los recursos disponibles para ello.

Uno de esos recursos es la ideología política. Se supone que nuestra ideología es una ventana hacia afuera, nuestra forma de participar en el cambio de la sociedad. Pero lo cierto es que también mira hacia adentro y juega un gran papel en esa labor de construirnos. En torno a ella podemos establecer afectos y nos ofrece atajos para decidir en qué creer y cómo interpretar el mundo. Es otra de esas cosas que nos puede ayudar a decidir cómo vestir e incluso qué comer. Y también nos ofrece unas pautas morales, metas por la que luchar y una comunidad a la que pertenecer. De hecho, hasta cierto punto puede cumplir la función que, más antes que ahora, cumplían las religiones.

Sin embargo, lo que eso supone es que a menudo lo que se confrontan en la arena política no son ideas sino identidades y comunidades, y por eso la capacidad de la argumentación racional para resolver las diferencias queda limitada. Nuestra capacidad para el razonamiento lógico se apaga y toman su lugar nuestros instintos tribales.

Si yo pienso que Neptuno está más cerca del Sol que Urano y alguien viene a corregirme, no tendré problema en cambiar de idea, porque no soy un neptuniano militante. Pero en cambio si vienen a contradecirme una teoría en cuya defensa me he comprometido públicamente, por la que he ido a manifestarme y coreado consignas; en torno a la cual he forjado lazos de solidaridad; y que me ha hecho involucrarme en discusiones agrias en las que se han intercambiado insultos; en definitiva, si se trata de una teoría que ha pasado a formar parte de mi identidad, es mucho más fácil que me tome cualquier crítica como un ataque personal y mucho más difícil que esté dispuesto a aceptar que, aunque solo sea en parte, estaba equivocado.

Leon Festinger, el psicólogo que propuso el concepto de “disonancia cognitiva”, ya señaló que cuando un individuo se ha comprometido con una creencia, es muy posible que no solo no se deje convencer por la evidencia que la contradiga, sino que reaccione con un fervor renovado por convertir a los demás a su punto de vista¹.

Por eso, sobre todo en estos tiempos de polarización, muchas de las disputas políticas son en el fondo similares a las disputas religiosas en las que una fe choca contra otra.

Habría que aspirar a que el apego a la razón sea en sí mismo un proyecto identitario atractivo

¿Qué papel le queda entonces a la razón? Puesto que su capacidad para recuperar a los conversos es limitada, quizá habría que aspirar a que el apego a ella y  a la verdad sea en sí mismo un proyecto identitario atractivo, el primero de todos; en definitiva, lograr que esa esa sea nuestra piel, sobre la que luego vistamos el resto de ideologías con un poco de escepticismo, sabiendo que no son más que un traje que habremos de desechar si empieza a mostrarse raído.

Y, si para conseguir que la razón sea una identidad atractiva, vemos que conviene imprimir camisetas, siempre podremos recurrir a Voltaire, que tiene un perfil lo suficientemente agraciado como para poder competir con el Che Guevara.

                                                                                                            

¹ Festinger, Leon, Henry W. Riecken, and Stanley Schachter. 1964. “When Prophecy Fails: A Social and Psychological Study.” Citado por Michael Shermer en “The Moral Arc”.

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