Cómo conseguir la superioridad moral en 6 cómodos pasos.

Permitidme que, por una vez, sea vuestro “coach” personal.

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Autor: Herbert James Draper

En un mundo con más de siete mil quinientos millones de personas, sentirse especial es complicado y es fácil acabar abrumado por la tarea. Las sociedades modernas no solo nos permiten ser individuos, nos exigen serlo. Tenemos que demostrar que tenemos una identidad propia, un valor; que somos de los que son capaces de nadar río arriba, no de los que la corriente arrrastra hacia la soledad y el olvido.

Hay distintas formas de hacerlo, pero una de las más reconfortantes es encaramarse en el pedestal de la superioridad moral.

Y eso es algo, querido lector, que está a tu alcance y a lo que no tienes por qué renunciar. No es ningún capricho. No es un lujo. Es tu derecho. En tu fuero interno tú ya sabes que eres buena persona, mejor que la mayoría, y si los demás no se quieren dar cuenta, es justo que se lo demuestres. Así que, si me lo permites, te voy a ayudar a ello. Te aseguro que es fácil. Solo tienes que seguir estos seis consejos:

1: Convierte todo debate en una confrontación moral

Nunca aceptes de buenas a primeras que el tema sobre el que se está debatiendo sea lo suficientemente complejo como para que haya distintas posturas lícitas sobre él, ni tampoco que la persona con quien debates pueda, aunque esté equivocada, tener tan buenas intenciones como las tuyas. Eso solo distrae de lo fundamental:

Si tú estás con la luz, quien te contradiga está con las tinieblas.

La verdadera historia del mundo es la de la lucha entre la luz y las tinieblas. Y si tú estás con la luz, quien te contradiga está con las tinieblas. La pluralidad está bien para costumbres y comidas, pero no en cuestiones morales.

Tú eres el bien. Y los que te llevan la contraria son el mal. Ese es el principio básico sobre el que construir todo lo demás.

2: Menosprecia a los expertos

Es cierto que hay gente que ha dedicado más tiempo a estudiar determinados campos que tú. Son los famosos “expertos”. Pero, aunque quizá sepan más, por otra parte suelen cobrar por vender o alquilar ese conocimiento. Trabajan para el Estado, para los bancos, para las farmacéuticas; incluso para George Soros. En otras palabras, se han prostituido. Además, muchas veces se han educado en un ambiente de élites, del que han heredado todo tipo de intereses.

Frente a eso, tu ignorancia es pura; tu mirada, limpia. Ellos tienen sus tecnicismos, pero tú los buenos sentimientos. Y en la lucha entre el bien y el mal, el sentimiento es el oro; el tecnicismo, el latón.

3: Elige el campo de batalla

Todo buen general sabe que una de las claves para triunfar es conseguir que la batalla se desarrolle en el campo que más le favorece.

Los “expertos” manejan bien los datos y los razonamientos. Por eso a ti te interesa alejar el debate de ahí.

Lo primero es apartar de un manotazo las estadísticas e irte a un caso concreto. Siempre hay un caso concreto para apoyar lo que tú quieres demostrar. Incluso puede ser tu caso, que puedes elevar a la categoría de universal. Y si los expertos tienen gráficas, medias, medianas, etc., tú aférrate a los detalles dramáticos.

Y eso nos lleva directamente al segundo punto: frente a los razonamientos, recurre a las emociones; pon el dolor, la sangre, las lágrimas sobre la mesa. La parte del cerebro a la que tienes que dirigirte es al sistemá límbico, la más primitiva y de respuesta más rápida. El principio es: conmover primero, convencer después. Quienes apelan a la razón dejan abierto un flanco que tienes que aprovechar. Carga contra él blandiendo las emociones.

4: Indígnate mucho, indígnate más

De todas las emociones, la indignación es la más útil. Ante cualquier hecho horrible, ante cualquier injusticia, procura mostrar siempre que tú eres el más indignado.

La indignación es básicamente una subasta y la forma de ganarla es pujar con decisión.

Porque la indignación es básicamente una subasta y la forma de ganarla es pujar con decisión. Si alguien pide cinco años de cárcel, tú protesta y pide diez. Si alguien pide quince, tú pide veinticinco. Y si te dicen que la ley no permite más, indígnate con la ley y los jueces. De paso, indígnate también con el abogado defensor y con cualquiera que se muestre tibio o te venga con referencias inoportunas al derecho a la defensa o a la presunción de inocencia.

Los formalismos son para los delitos normales. Pero cuando se trata de los extraordinarios, de los que ocupan los titulares, la única respuesta admisible en la persona de bien es la indignación. Y que nadie te diga que la auténtica justicia está en un difícil punto de equilibrio. Porque la pureza siempre está en el extremo, y ahí es a donde tú tienes que ir. Tú quieres brillar.

5: Usa sistemáticamente el ad hominem

Cuando alguien pretenda acallarte con un razonamiento, tú no te dejes amilanar. Recuerda el famoso aforismo: “La mejor defensa es un buen ataque”. Salta por encima del razonamiento y vete a por la persona. Ningún razonamiento ha podido parar nunca un bastonazo bien dirigido a la cabeza.

Da igual que no conozcas a tu interlocutor de nada. Algo habrá hecho. Además, forma parte de ese “ellos” con el que estás en guerra eterna. Así que tú impútale lo que sea necesario: complacencia con el crimen; querer defender su sueldo; oponerse a la voluntad popular y ser, por tanto, un antidemócrata; falta de empatía con las víctimas; incluso ser un fascista, un machista o un violador en potencia. Desenmascáralo y denuncia que sus argumentos, aparentemente tan fríos y racionales, no son más que el disfraz de un hipócrita que quiere ocultar sus verdaderas intenciones perversas. Porque, si realmente fuera buena persona, tendría que estar tan indignado como tú.

6: Y, finalmente, el toque maestro: muéstrate magnánimo

Los buenos generales saben usar la fuerza. Pero los verdaderamente grandes no se quedan ahí y, tras bañar la tierra de sangre, saben mostrarse magnánimos: Alejandro, César, Federico II de Prusia, Trump… Todos los grandes líderes han sabido exhibir su clemencia en el momento adecuado.

Tú puedes hacer lo mismo. El punto de partida serán siempre los cinco consejos anteriores, utilizados sin contemplaciones: indígnate, descalifica, insulta. Pero, cuando estés en una posición lo suficientemente fuerte, puedes subir un peldaño más y mostrarte condescendiente. En general, te conviene mantener la conversación en el nivel moral o emocional, así que puedes decirle a la persona que te contradice cosas como “siento que pienses así”, “no pareces mala persona”, “es una lástima que no seas capaz de verlo”.

Pero hay un último recurso incluso mejor, que te permite apoderarte no solo de la superioridad moral sino también de la intelectual: mándale leer. Es una forma elegante de indicarle que no sabe de lo que habla, porque, si lo supiera, tendría que llegar a la única conclusión posible: que tú estás en la posesión absoluta de la verdad.

En conclusión:

Si realmente lo quieres, el pedestal de la superioridad moral es tuyo, querido lector. Mientras otros pierden el tiempo informándose, tú móntate en él de un salto. A menudo las batallas no las ganan ni el más fuerte ni el más sabio, sino el más audaz.

Se critica mucho el efecto Dunning-Kruger, pero quienes lo hacen se equivocan, porque no es una debilidad sino una fortaleza: te libera de la duda.

Y cabalgando sobre él, no hay meta que no puedas alcanzar.

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