¿Defiende el feminismo la igualdad?

Un análisis de la relación entre el movimiento feminista y el principio de igualdad

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By See Red Women’s Workshop (Vogue) [Public domain], via Wikimedia Commons
Lo vemos de vez en cuando: una figura pública dice no ser feminista e inmediatamente se alzan voces citando la definición de feminismo de la RAE y acusándola de no estar a favor de la igualdad y de ser, por tanto, machista.

¿Hasta qué punto son justas esas acusaciones? ¿Hay una dicotomía absoluta entre ser feminista y ser machista? ¿Defiende el feminismo la igualdad?

Veámoslo:

¿Qué es el feminismo?

Es importante recordar que con la palabra “feminismo” hacemos referencia a dos cosas diferentes aunque relacionadas: una ideología y un movimiento político.

Como ideología, su núcleo fundamental es la defensa de la igualdad de derechos entre hombres y mujeres. Ahora bien, no se limita a ese principio fundamental y abarca toda una serie de hipótesis y teorías sobre cuáles son las causas de la desigualdad y cuáles son las mejores estrategias para combatirla.

Y habiendo esas variables, el movimiento político no es, lógicamente, homogéneo. Tiene diferentes corrientes, que a veces se enfrentan con acritud.

Sin embargo, aunque en un movimiento político o en un partido haya diversidad de puntos de vista, en cada momento suele haber una corriente que gana preponderancia y marca el discurso del conjunto. Esa corriente no tiene por qué ser necesariamente la mayoritaria. A veces es simplemente la que tiene una militancia más concienciada y combativa. Por otra parte, los medios, con su gusto por las declaraciones explosivas y el clickbait, también contribuyen a difundir más determinadas voces.

¿No ser feminista es ser machista?

Evidentemente, lo contrario sí se cumple: ser machista implica oponerse al feminismo. Y si nos atenemos al principio básico del feminismo, se puede argumentar que todo el que esté a favor de la igualdad debería identificarse como feminista.

Ahora bien, creo que muchas veces, cuando alguien dice que no es feminista, lo que está queriendo señalar es solamente que no se identifica con el discurso predominante en el movimiento feminista del momento. De hecho, una autora indiscutiblemente feminista, Jessa Crispin, escribió un libro titulado “Por qué no soy feminista”, precisamente para marcar distancias con un movimiento que, en su caso, le parecía demasiado moderado.

Así pues, quizá habría que ser un poco más prudentes antes de empezar a repartir carnés. Podemos debatir todo lo que queramos sobre hasta qué punto quienes se declaran no feministas se están expresando con precisión, pero hay una gran diferencia entre no usar los términos con propiedad y ser machista.

El meollo de la cuestión: ¿defiende el movimiento feminista la igualdad?

Defender la igualdad es defender la universalidad de un principio, con independencia de a quién se le vaya a aplicar. Así pues, si al examinar un caso concreto llegamos a la conclusión de que “x” oprime e “y” es oprimido, habría que tomar partido por “y”.

¿Hace eso el movimiento feminista? La realidad es que no. Cuando hay un conflicto de pareja, el movimiento tiende a ponerse sistemáticamente de parte de la mujer sin necesidad de análisis alguno. Y en lo que se refiere a aquellas situaciones en las que son los hombres los que están peor (personas sin hogar, accidentes laborales, etc.), el movimiento no va a manifestarse, no porque esté de acuerdo con que eso ocurra, sino sencillamente porque considera que no es de su incumbencia.

En la práctica lo que el movimiento feminista defiende no es un principio, la igualdad, sino los derechos de un colectivo, las mujeres.

¿Por qué? Pues porque en la práctica lo que el movimiento feminista defiende no es un principio, la igualdad, sino los derechos de un colectivo, las mujeres.

Es cierto que, en la medida en que es un colectivo que ha estado tradicionalmente discriminado, se puede argumentar que defender sus derechos contribuye a defender la igualdad. Sin embargo, la defensa del principio no es absoluta sino relativa y, por tanto, no es definitoria.

Así pues, de la misma manera que a la hora de definir lo que es un sindicato de jornaleros decimos que es una organización que defiende los derechos de los jornaleros, sería más preciso definir el movimiento feminista en función del colectivo cuyos intereses representa.

¿Es malo defender los derechos de un colectivo?

Obviamente, no. En sociedades tan complejas como las nuestras es necesario que quienes quieran defender sus derechos se organicen. Y si es lícito que existan organizaciones de empresarios, tanto más lo es que haya un movimiento que defienda los derechos de un colectivo que ha sido sistemáticamente discriminado.

Pero entonces, ¿soy feminista o no?

En mi caso va a depender de si con la palabra “feminista” estamos haciendo referencia al principio o al movimiento.

Si ser feminista es estar a favor del principio de igualdad de derechos, la respuesta es un rotundo sí.

En cambio, si lo es identificarse con el movimiento tal y como este se manifiesta ahora mismo y suscribir sistemáticamente sus acciones, la respuesta es no. Apoyo una parte de sus reivindicaciones y estrategias, otras me generan dudas, y hay una buena parte de ellas con las que no estoy en absoluto de acuerdo. Y no lo estoy precisamente porque creo que son contraproducentes y van contra el principio de igualdad. Y entre el principio y el movimiento, me quedo con el principio.

Una última reflexión: el feminismo y la crítica

El feminismo tiene una larga y dura historia de lucha, y durante ese combate ha sido y sigue siendo objeto de críticas muy injustas. Ahora bien, no deja de ser una ideología política y, como tal, no puede pedir inmunidad ni pretender que se le reconozca una especie de infabilidad papal. Todos los movimientos cometen errores. La crítica y, sobre todo, la autocrítica son imprescindibles para evolucionar. Atrincherarse en las consignas es tentador en el fragor de la batalla, pero a la larga es una estrategia debilitante.

Distinguir a trazo grueso bandos morales puede ser satisfactorio para quien se incluye a sí mismo entre los justos, pero no es productivo.

Por eso, creo que sería bueno aparcar el frentismo y dejar de ahogar el debate con descalificaciones. Distinguir a trazo grueso bandos morales puede ser satisfactorio para quien se incluye a sí mismo entre los justos, pero no es productivo. Si lo que queremos es eliminar barreras, no lo vamos a conseguir levantando otras nuevas. Lo que hay que hacer, en cambio, es mejorar las ideas.

Y eso sería, además, mucho más leal a un movimiento que surgió para acabar con los prejuicios; no para sustituir unos por otros.

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