La izquierda dogmática.

Se puede ser demócrata o se puede ser puro, pero no se puede ser demócrata y puro a la vez.

Bitangok!

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Hay muchas formas de describir la democracia. Se puede hablar de los derechos individuales, de las elecciones, de sus instituciones, etc. Pero hoy voy a adoptar una perspectiva distinta y voy a decir que la democracia es un sistema político que se caracteriza por no creer en la pureza.

Para empezar, no cree en la pureza del ser humano, lo ve imperfecto y corruptible, proclive a abusar de su posición y a mentir. Por eso se desconfía de los monarcas absolutos y de los grandes líderes. Por eso se insiste en la necesidad de dividir el poder y de establecer sistemas de control.

La democracia tampoco cree que ninguna persona ni ningún partido haya descubierto fórmulas mágicas para salvarnos. Por eso desconfía de los grandes relatos que justifican cualquier medio para llegar a un fin que se pinta maravilloso. En palabras de Karl Popper: “Los que nos prometieron el paraíso en la Tierra nunca produjeron otra cosa que el infierno”¹.

La búsqueda de la verdad es una empresa colaborativa. Y esa labor colectiva es la que hace necesaria la libertad de expresión.

Por el contrario, la democracia asume que todos tenemos un conocimiento parcial y todos estamos equivocados en algo. Así pues, la búsqueda de la verdad es una empresa colaborativa. Y esa labor colectiva es la que hace necesaria la libertad de expresión. En democracia no puede haber dogmas. Solo teorías, sometidas a un continuo proceso de revisión y crítica.

Y, por último, la democracia tampoco cree en la existencia de un único juego de valores morales, superior a todos los demás. Por una parte, se reconoce que es muy difícil que haya valores absolutos, puesto que con frecuencia un buen valor entra en conflicto con otro buen valor y es necesario negociar puntos de equilibrio. Y, por otra, hay valores sobre los que no hay consenso ni forma de alcanzarlo, porque son una cuestión de preferencias personales. Tú puedes ser casto y yo promiscuo, y ni la Iglesia, ni el Estado, ni el Partido tienen derecho a inmiscuirse en ello.

Ser un buen demócrata implica, por tanto, aceptar la impureza, y hacerlo en un doble sentido. Hay que aceptar la propia: uno no es el Bien y no tiene el monopolio de la razón. Y también hay que reconocer que el otro no es el Mal y muy probablemente tendrá también su parte de razón.

Sin embargo, esto es algo que les cuesta trabajo aceptar a quienes irrumpen en escena montados en el caballo blanco de la pureza. Para quien está absolutamente convencido de la certeza de su dogma, cualquier compromiso es corrupción, cualquier oposición es el mal, cualquier norma que no refleje exactamente sus valores es injusta.

A lo largo de la historia esta ha sido a menudo la postura de las religiones. Al fin y al cabo, puesto que cada una de ellas pretende estar en posesión de la verdad absoluta, son, por definición, antipluralistas. Y por eso tiende a haber una cierta tensión entre la religión y la democracia.

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Ahora bien, el antipluralismo no es exclusivo de las religiones. Podemos convertir cualquier ideología en antipluralista usando la misma técnica que la religión: aparcando el sentido crítico y saltando a la fe. Así, si queremos, podemos entregarnos al neoliberalismo dogmático, al ecologismo dogmático, al creacionismo (al que no parece necesario añadir la palabra dogmático) o incluso a la climatología dogmática.

Hoy, sin embargo, me voy a centrar solo en una veta de pureza: la que recorre una buena parte de nuestra izquierda.

Afortunadamente, no toda la izquierda es pura. Hay una izquierda que se reconoce falible y es, por tanto, democrática. Pero también la hay que no acaba de serlo. Lo paradójico, además, es que quienes militan en ella a menudo se reivindican a sí mismos como los auténticos demócratas. Y creo que esa presunción los hace merecedores de una dosis de crítica.

Examinemos algunas de sus características:

El monopolio de la razón

¿Qué caracteriza a esa izquierda pura y antipluralista? Para empezar, el rasgo que ya he señalado como común a todos los antipluralismos: el convencimiento de tener el monopolio de la razón.

Todas las ideologías manejan hipótesis y teorías. El problema es cuando te enamoras tanto de ellas que las confundes con la verdad. Y una buena parte de la izquierda tiende a elevar sus creencias a la categoría de dogmas.

Una relación peculiar con la ciencia

Una vez que tenemos nuestro sistema dogmático, todo aquello que pueda contradecirlo se vuelve una amenaza.

En principio, cuando dos teorías chocan entre sí o cuando una de ellas choca con los datos, es necesaria una revisión crítica. Ahora bien, puesto que los dogmas son sagrados, hay que resolver el conflicto de otra manera. Rechazar de plano la ciencia no es posible, ya que esta goza de un gran prestigio, así que hay que usar otra estrategia: se decide entonces que lo que choca con el dogma es, simplemente, mala ciencia, bien porque es corrupta y se ha vendido al capital o bien porque es patriarcal y sesgada.

Paradójicamente, el relativismo posmodernista es un magnífico instrumento para defender los dogmas absolutos.

Paradójicamente, el relativismo posmodernista es un magnífico instrumento para defender los dogmas. Cuestionando hasta extremos irracionales todo lo demás, puedo defender lo que no quiero que nadie pueda cuestionarme.

El monopolio moral

Un tercer rasgo de la izquierda antipluralista es la tendencia a atribuirse el monopolio de los buenos sentimientos. Puesto que consideran evidente que tienen razón y que todos los demás sabemos que la tienen, llevan  las discrepancias al plano moral. Si hay pluralidad de opiniones no es porque estemos frente a un problema complejo, al que todavía no somos capaces de dar una respuesta definitiva; ni porque sea un tema sobre el que se puede tener preferencias distintas. Quien discrepa es, sencillamente, un ignorante o un injusto.

Por eso, la izquierda pura tiende a reaccionar con virulencia a la crítica. Que me discutas lo evidente es insultante en sí mismo, lo que justifica que yo te responda con otro insulto.

Ambivalencia ante la libertad de expresión

El dogmatismo siempre ha combinado mal con la libertad de expresión. Y ahí, de nuevo, se plantea un conflicto. En teoría la izquierda está radicalmente a favor y defiende a cómicos, raperos y tuiteros. Pero lo cierto es que esa defensa solo se practica mientras los ataques sean contra los principios o dogmas de los demás. Así, es lícito cagarse en Dios o en la monarquía. Ahora bien, cuando la libertad de expresión afecta a los dogmas propios, las cosas cambian y rápidamente se gira en redondo para apoyar la censura.

¿Cómo justificar esa aparente contradicción? Lo primero es argumentar que una misma conducta no tiene el mismo valor si la lleva a cabo un opresor que un oprimido. Lo segundo es echar mano de otra cita de Karl Popper: “Así pues, deberíamos reclamar, en nombre de la tolerancia, el derecho a no tolerar a los intolerantes”².

La cita suena razonable. Ahora bien, dos detalles: para empezar, se omite que Popper, apenas unas líneas antes, defiende que no hay que aplicar la censura mientras seamos capaces de combatir la intolerancia con argumentos racionales. Por otra parte, la clave está en quién decide quiénes son los intolerantes y los opresores. Y la izquierda pura se arroga ese derecho sin necesidad de contar con un consenso amplio. Cualquier grupo militante de izquierda puede erigirse en tribunal popular y sentenciar que tal cómico, conferenciante o escritor es culpable y merece ser acallado.

La desobediencia civil como comodín

Por último, otra característica curiosa de la izquierda dogmática es su relación con la ley. Puesto que consideran que tienen el monopolio de lo justo, toda norma o resolución judicial con la que discrepen es, por definición, injusta, y por tanto se puede sacar del armario la pancarta de Rosa Parks y llamar a la desobediencia. Así lo hacen incluso personas que ocupan escaños en los poderes legislativos, como, por ejemplo, estas dos diputadas de Podemos en este artículo. La superioridad moral lo justifica todo, incluso no respetar las leyes aprobadas por mayorías o atacar la división de poderes.

Para terminar: Una nota personal

Soy lo bastante mayor para haber vivido la Transición, y recuerdo la sensación de alivio que supuso ver cómo la imposición moral y la censura se venían abajo. Por fin las ventanas se abrían y entraba aire fresco.

Y, como muchos de los que vivieron aquel momento desde posiciones de izquierda, ahora asisto desconcertado a la aparición de un nuevo puritanismo surgido de la que solía ser nuestra esquina del tablero. Veo con estupor a una nueva generación de izquierdistas cerrando ventanas e intentando imponer una moral. En definitiva, veo regresar la religión disfrazada de política.

La superioridad moral no viene instalada de serie con ninguna ideología.

Pero la buena política no se hace con dogmas. La libertad no se defiende ni con el insulto ni con la censura. Quién piensa que tiene toda la razón se equivoca. Y la superioridad moral no viene instalada de serie con ninguna ideología; hay que ganársela día a día mediante el ejercicio de la tolerancia y el uso de la razón.

Y, en mi experiencia, lo que aleja a mucha gente de la izquierda no es que les encante la injusticia y rechacen el progreso social. Es que desconfían que la justicia vaya a llegar de la mano de quienes insultan, desprecian y censuran, y de quienes, cuando sus teorías chocan con los hechos, dan la espalda a la realidad y corean sus consignas como si fueran conjuros mágicos.

 

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¹ Citado en “Passing: Condolences and Complaints on Death, Dying, and Related Disappointments” (2005) de Jon Winokur.

² Karl S. Popper, “La sociedad abierta y sus enemigos”  (1945).

 

2 comentarios en “La izquierda dogmática.”

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