La sentencia de La Manada: perdidos en las palabras.

El punto de vista de un filólogo sobre algunas de las polémicas.

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La sentencia del llamado caso de La Manada ha sido lo suficientemente polémica como para serlo a varios niveles.  Uno de ellos es el terminológico, con encendidos debates en torno a palabras como “agresión”, “violación” o “intimidación”.

Aunque hace años que mi vida profesional ha tomado otro camino, soy filólogo por formación. En una carrera aprendes muchas cosas, pero hay algunas que son particularmente reveladoras. Para mí una de ellas fue descubrir que el valor de una expresión lingüística es siempre relativo, incluso cuando no lo parece.

Es frecuente ver debates acalorados entre personas que piensan que están discutiendo lo mismo simplemente porque lo llaman igual.

Sin embargo, eso es algo que se olvida a menudo, lo que constituye una fuente inagotable de polémicas estériles. Así, es frecuente ver debates acalorados entre personas que piensan que están discutiendo lo mismo simplemente porque lo llaman igual, cuando en realidad están hablando de cosas distintas. Por decirlo gráficamente, uno habla del Sócrates filósofo mientras el otro habla del Sócrates futbolista y, lógicamente, a ambos les parece que el otro dice disparates.

Creo que en el llamado caso de La Manada ha habido algunas de estas polémicas equívocas, pero, puesto que el debate sobre la dichosa sentencia está tan cargado emocionalmente, antes de referirme a ella voy a dar un pequeño rodeo y usar un ejemplo menos problemático:

Imaginemos que salgo a tomar algo y en un momento de descuido alguien me roba el móvil. Afortunadamente, hay testigos y la policía consigue dar con el delincuente, que confiesa. Así pues, hay denuncia del robo, testigos del robo y confesión del robo. Y, sin embargo, no hay condena por robo. Lo que hay es condena por hurto.

¿Entonces estábamos todos equivocados? ¿No era robo sino hurto?

Pues no, no estábamos equivocados. Como con el famoso gato de Schrödinger, es cierta una cosa y la contraria. En un juzgado y en una sentencia, la palabra que describe de forma apropiada los hechos es “hurto”. Pero si estoy con unos amigos y quiero contarles lo sucedido, lo lógico es llamarlo robo,  porque si lo llamo hurto, lo que conseguiré será quedar como un pedante y distraer a mis interlocutores de la información que estoy intentando transmitir.

En definitiva, no existe la palabra apropiada. El éxito de un acto comunicativo depende de escoger la más adecuada para crear la impresión que deseamos en un contexto concreto. Y las palabras no son más que instrumentos para crear esa impresión.

Vayamos ahora a la famosa sentencia del caso de la manada:

Los términos “intimidación” y “agresión”.

“¿Cómo no te vas a sentir intimidada si te rodean cinco personas?”; “Pues para mí, que alguien te toque sin que tú quieras es siempre una agresión.”; “Si esto no es intimidación, va a haber que cambiar la definición del diccionario de la R.A.E.”.

Todas estas frases son comprensibles, pero cometen el error del que nos alerta la diferencia entre robo y hurto: el de pensar que en un ámbito técnico los términos tienen que significar lo mismo que en el lenguaje corriente.

Además, estas quejas desplazan el foco de atención desde los actos de los acusados hacia los sentimientos de la víctima. No soy experto en Derecho, pero, si no me equivoco, el protagonista de un proceso penal es el presunto delincuente, y por ello los términos hay que entenderlos como una descripción de su conducta más que de los efectos psicológicos que la misma pueda causar en otras personas.

El término “violación”.

El caso del término “violación” es todavía más curioso y complejo. Al parecer, cuando se reformó el Código Penal en 1995, se decidió eliminarlo por considerarlo ligado a la sexualidad reproductiva más que al concepto de libertad sexual. Años más tarde se recuperó, pero de una forma muy restringida. Actualmente no aparece en los artículos que se refieren al delito de abuso sexual, ni siquiera cuando el abuso consiste en una penetración no consentida, sino que solamente lo hace en el artículo 179, que tiene la siguiente redacción: “Cuando la agresión sexual consista en acceso carnal por vía vaginal, anal o bucal, o introducción de miembros corporales u objetos por alguna de las dos primeras vías, el responsable será castigado como reo de violación con la pena de prisión de seis a 12 años “.

Con esto lo que ocurrió es que se produjo otro descuadre bastante peculiar entre el lenguaje corriente y el técnico, porque si para la R.A.E y para el hablante común una violación es cualquier penetración no consentida, para el Código, aparentemente, no.

Todo eso preparó un magnífico escenario para una tormenta, que ha acabado estallando ahora con el caso deLa Manada.

¿Qué es lo que ocurre? ¿Es que la sentencia no reconoce que hubo violación?

Lo que ocurre es que tenemos un nuevo gato de Schrödinger. La sentencia da por acreditado que hubo penetraciones no consentidas y lo tiene en cuenta a la hora de establecer la pena, por lo que se puede decir que se han castigado las violaciones. Ahora bien, no lo hace por el artículo 179, así que también se puede afirmar que no hay reos de violación y, por lo tanto, que no se ha reconocido que hubo violación.

Puesto que podemos afirmar ambas cosas, la opción que elijamos va a depender fundamentalmente del público al que nos dirijamos y del mensaje que queramos transmitir.

Si queremos ser precisos y centrarnos en las particularidades del caso concreto, lo lógico sería apartar a un lado el término “violación” con toda su problemática. Al fin y al cabo, nadie ha discutido nunca que hubo penetraciones. Lo que se discute es si hubo consentimiento y si hubo intimidación; en definitiva, si hubo delito y, de haberlo, si es abuso o agresión sexual. Eso es lo que tienen que dilucidar los profesionales, y a ese debate la palabra “violación” no aporta nada.

El caso de La Manada no es solo un caso judicial sino también el escenario de una batalla ideológica mucho más amplia.

Ahora bien,  el caso de La Manada no es solo un caso judicial sino también el escenario de una batalla ideológica mucho más amplia, y ahí el término “violación” se erige en protagonista.  ¿Quiero transmitir que el sistema funciona o que las violaciones quedan en gran medida impunes? ¿Quiero defender el trabajo del Poder Judicial o quiero hablar de justicia patriarcal? Según busque una cosa u otra, puedo aferrarme a la definición del diccionario de la R.A.E. o a la expresión “reo de violación” del CP.

El lenguaje es un campo lícito para la disputa política y, además, es mejor que esta se lleve a cabo en este tipo de terrenos antes que en las calles. Sin embargo, hay algunos aspectos que me parecen dignos de señalar:

El primero es que estas disputas terminológicas a veces a lo que parecen responder es a un puro afán punitivo, porque ante un delito que se percibe como particularmente repugnante surge la tentación de tirar hacia arriba.  Convendría distinguir pues hasta qué punto lo que se está pidiendo es que los nombres de los delitos y sus interpretaciones reflejen una nueva sensibilidad o hasta qué punto lo que se está pidiendo es, sencilla y llanamente, más años de cárcel para satisfacer a una opinión pública indignada. Y conviene recordar que lo fundamental para que haya justicia no es el nombre del delito sino la proporcionalidad de la pena.

El segundo es que la vía para que una visión política entre en el Derecho debería ser a través del Poder Legislativo y no a través del Poder Judicial. Pero pedirle a los jueces que interpreten  los términos de forme acorde a una “demanda social”, que se expresa fundamentalmente en manifestaciones y artículos de opinión, supone abrirle la puerta a la ideología a un ámbito que debería ser esencialmente técnico. Y eso no es malo o bueno en función de cuál sea esa ideología. Es malo en sí mismo.

Por último,  me gustaría hablar de esa queja tan frecuente de que el lenguaje jurídico está desconectado del de la calle, algo que a veces se interpreta como un síntoma de que los juristas viven de espaldas a la realidad social.

¿Podemos acercar el lenguaje jurídico al común?

Como filólogo, soy favorable a todo proceso que lleve a mejorar la claridad y la accesibilidad de los mensajes, y creo que es algo en lo que se podría y se debería avanzar. Ahora bien, también creo que hay que ser conscientes de qué es posible y a partir de qué punto entramos en el terreno de la fantasía. Y lo cierto es que, aunque hiciésemos ahora un enorme esfuerzo para que hubiese una correspondencia perfecta entre el lenguaje jurídico y el de la calle, en poco tiempo se separarían de nuevo, por la sencilla razón de que se rigen y evolucionan de acuerdo a reglas diferentes.

Las funciones principales de los lenguajes técnicos y científicos son la descriptiva y la prescriptiva, y en ambas es fundamental la precisión, por lo que están dispuestos a cometer muchos sacrificios en su búsqueda. No les importa ser redundantes, no les importa ser monótonos, no les importa ser aburridos. Quieren ser claros.

Los seres humanos no queremos hablar como el prospecto de un medicamento.

En cambio, el lenguaje común tiene, además, otra función fundamental: la expresiva. Los seres humanos no queremos hablar como el prospecto de un medicamento sino que necesitamos que nuestras emociones estén presentes en nuestras interacciones. Para eso usamos el humor, la ironía, metáforas, símiles e hipérboles. Además, empleamos también la lengua  como elemento diferenciador. Las nuevas generaciones quieren distinguirse de las anteriores; unos grupos de otros; unas clases sociales de otras. Nos vestimos con nuestras palabras igual que nos vestimos con la ropa o el corte de pelo. Y por eso el idioma también está sujeto a las modas y a un continuo proceso de cambio. Las lenguas son seres vivos y en continua evolución, y la de la calle no se va a conformar con avanzar a ese ritmo lento y minucioso de los lenguajes técnicos, y los lenguajes técnicos tampoco pueden sacrificar la precisión para correr detrás del de la calle.

¿Cuál es la solución? Pues aceptar la realidad: que la lengua es maravillosamente polifacética y expresiva precisamente porque los términos que usamos no tienen un significado absoluto sino relativo, y que le corresponde a nuestra inteligencia ser capaz de llegar a los conceptos por un lado y a la realidad por el otro sin quedarse atrapada en las palabras.

 

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