El buque Aquarius y mi ética.

La empatía es hermosa, pero también lo es el uso de la razón.

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Siempre he tenido interés por el tema de los fundamentos de la ética y es algo sobre lo que leo e investigo. Esas investigaciones, sin embargo, se suelen topar con un problema: no tengo una mente bien dotada para las sutilezas filosóficas. Así, las probabilidades de que en una conferencia sobre ética me evada y me ponga a pensar sobre lo que voy a cenar esa noche son bastante altas; de hecho, creo que me costaría menos mantenerme atento si la charla fuese sobre algún tema más pedestre, como la forma de fabricar sacapuntas, por ejemplo.

Pero lo sigo intentando. Sin embargo, tampoco tengo la sensación de que los conceptos que encuentro en los libros me estén ayudando a la hora de entender mi ética. No creo que la forma más clara de explicarla sea etiquetándola como una ética de valores, deontológica o consecuencialista, o aludiendo a conceptos como el emotivismo o el subjetivismo. Creo que soy mucho, mucho más simple que todo eso: mis juicios éticos se reducen, en el fondo, a juicios estéticos. Hay actos y sentimientos que encuentro hermosos y otros que encuentro feos, igual que me ocurre con las canciones, los libros o los rostros.

Ahora bien, apoyarme en la estética simplifica la cuestión, pero tampoco completamente, porque mi gusto bebe de dos fuentes: una irracional y otra racional.

Mi capacidad de razonar no pinta nada cuando se trata de valorar, por ejemplo, una cara, una canción o un paisaje. De hecho, muchas veces la razón me está diciendo “eso no debería gustarte” y, sin embargo, me gusta, porque conecta directamente con mis emociones sin pedirle permiso a mi cerebro.

Pero en otros casos la razón lo pinta todo. Me gustan los argumentos bien construidos, los discursos lúcidos y coherentes, la precisión en el uso de los conceptos. Y, por el contrario, cuando veo a alguien hilar una falacia tras otra, siento la misma repugnancia que cuando veo a gente tirar basura en el campo. El uso tramposo de argumentos inválidos me produce auténtica indignación moral.

¿Y cómo afecta todo eso a mi visión de lo ocurrido con el buque Aquarius?

Por una parte, me parece hermoso que seamos capaces de sentir empatía por la situación de completos desconocidos, que no veamos en ellos solo un número o un problema, sino personas de carne y hueso.  Aplaudo el afán de solidaridad y la generosidad espontánea.

Ahora bien, cuando se trata de evaluar las acciones de todas  las organizaciones implicadas, desde estados a ONGs, mi estética pasa a apoyarse en la otra pata, la racional. Me gustaría que sus actos no fuesen improvisados y sentimentales. Quiero que sean meditados, coherentes, coordinados y, sobre todo, útiles, útiles de verdad, ya no para resolver de forma digna el problema de 629 migrantes, que también, sino para afrontar desafíos más graves y profundos,  desafíos que marcan de forma dolorosa la vida de millones de personas.

En política los gestos son importantes: Sirven para inspirar y para aunar fuerzas.

Eso no significa que les pida a los políticos que le den la espalda a la empatía o que se comporten con la fría racionalidad de un ingeniero diseñando una estructura. En absoluto. La empatía no es el mejor conductor al volante, pero es un buen motor, y soy consciente, además, de que en política los gestos son importantes: Sirven para inspirar, para aunar fuerzas y, con ello, permiten romper inercias que sería imposible superar de otra manera.

Pero una cosa es que los gestos sean importantes y otra muy distinta quedarse solo en ellos. La gran política es la que es capaz de usarlos para abrir puertas, llegar al fondo de los problemas y marcar una diferencia. La pequeña política, la más mezquina, se queda en lo simbólico, porque solo piensa en términos de réditos electorales y de repartos de poder. La gran política baja al mundo real y se mancha las manos. La pequeña se echa atrás hipócritamente, para observar cuál es el siguiente titular que capta la atención del público y qué postura conviene tomar esa vez.

Por eso creo que es bueno que los ciudadanos usemos toda nuestra capacidad ética y estética y, al tiempo que aplaudimos los gestos hermosos, demandemos la belleza que se deriva de la lógica y de la coherencia, del rigor, de las cosas bien hechas. En definitiva, creo que es importante que vigilemos a nuestros políticos y no les dejemos acomodarse, sino que les exijamos que vayan más allá y construyan algo más sólido y duradero que una retahíla de gestos.

 

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