Lo confieso: Sí, yo destruyo libros.

En un mundo sobrecargado de información, aportar algo de silencio no me parece tan mala idea.

kustodiev_exlibris_v_i_anisimov_1921

Es cierto: Soy de los que destruyen libros. De hecho, creo que he arrojado al contenedor del papel más de un centenar de ellos.

¿Cómo comenzó todo? Hace años, antes de la llegada del libro digital, empecé a quedarme sin espacio para albergar más ejemplares en casa. Decidí entonces donar algunos. Pero me encontré con dos problemas:

El primero fue que no todas las bibliotecas los querían. En algunas me los rechazaron amable pero firmemente.

Ese problema fue, sin embargo, el más fácil de superar. En el pueblo de mis padres había un bibliotecario encantador, que se mostró feliz de recibir todas las novelas que yo le pudiera dar. Sin embargo, tras hacerle varias entregas, empecé a sentir una creciente desazón. ¿Por qué? Pues porque yo me quedaba los libros que me parecían buenos mientras cedía los que me parecían malos. Y si pensaba que no merecían ocupar espacio en mi casa, ¿por qué habrían de merecer ocuparlo en una biblioteca pública? La sensación que tenía era la de estar enviando a alguien a comer en un restaurante al que yo no querría volver jamás.

Así que, al cabo de un tiempo, empecé a tirar discretamente esos libros y me sentí mejor. Eso sí, cuando se lo comenté a mis amigos, varios de ellos reaccionaron escandalizados. No es ya que les pareciera un error; es que les parecía poco menos que un sacrilegio. Al parecer, era admisible tirar un periódico aunque contuviese buenos artículos, pero el simple cambio de formato otorgaba al libro una inviolabilidad que es necesario respetar.

En los consiguientes debates pude ver que las críticas que me hacían se apoyaban básicamente en dos ideas: 1) Todo libro, aunque sea malo, tiene un valor. 2) Yo no era infalible y mi criterio era subjetivo, por lo que era una arrogancia por mi parte decidir qué libros podían vivir o morir.

Sin embargo, ninguna de esas ideas me convenció y voy a intentar explicar por qué:

1: ¿Todo libro tiene un valor?

Remontémonos a la Edad Media. En aquel entonces los libros se escribían a mano y los materiales empleados se tenían que producir también de forma artesanal. Los libros eran, por lo tanto, extremadamente escasos y valiosos, hasta el punto de que muchas bibliotecas los tenían sujetos con cadenas para protegerlos.

Bien, pues si yo viviese en la Edad Media, no destruiría libros. Dejando aparte que probablemente podría intercambiar cada uno de ellos por al menos una vaca, creo que un mal libro es mejor que ninguno. Es más, creo que es mejor tener dos libros, aunque uno sea malo, que uno solo bueno, porque pienso que la pluralidad y la posibilidad de contrastar también tienen un valor.

Ahora bien, yo no vivo en el siglo XIII sino en el XXI. Si alguien ahora no lee en España no es por la imposibilidad de acceder a libros. Se pueden comprar en mercadillos por precios irrisorios. En Internet se pueden conseguir miles de ellos gratuita e instantáneamente. Y la biblioteca a la que yo los donaba no estaba llena de lectores esperando ansiosamente a que llegase un libro nuevo, sino de libros esperando a que un lector les diese una oportunidad. De hecho, el último ejemplar que me llevé a casa era una edición de dos de las Sonatas de Valle-Inclán. Al mirar las fechas de devolución, pude comprobar que habían pasado varios años desde la última vez que alguien lo había tomado en préstamo.

Vivimos en la llamada Era de la Información, pero bien podríamos llamarla la Era del Ruido.

Vivimos en la llamada Era de la Información, pero bien podríamos llamarla la Era del Ruido. El problema que tenemos ahora mismo no es de falta de estímulos sino de exceso de los mismos. Y lo malo ahoga muchas veces lo bueno.

Así pues, cuando yo le donaba un mal libro a la biblioteca, no estaba proporcionándole la posibilidad de leer a alguien que carecía de ella. Lo que estaba haciendo era introducir otro estímulo, otra distracción, y disminuir todavía un poco más la posibilidad de que las Sonatas de Valle-Inclán, La Regenta o las novelas de Pío Baroja fueran prestadas. Y eso no me hacía sentir nada bien.

Pero ¿quién soy yo para decidir qué libros merecen ser leídos? ¿Por qué había de confiar en mi criterio? Es hora de examinar el segundo argumento con el que mis horrorizados amigos me rebatían:

2: Mi criterio es falible y subjetivo

Completamente cierto. Es más, no necesito que nadie me lo recuerde, porque me basta con echar un vistazo atrás para darme cuenta de lo fácil que me resulta equivocarme. Por otra parte, soy consciente de que los demás tienen derecho a sus propios gustos.

Ahora bien, el problema que le veo a este argumento no es que no sea cierto sino justo lo contrario: es tan cierto que es de aplicación universal. En primer lugar, se puede decir lo mismo de cualquier persona: nadie es infalible y los gustos son siempre subjetivos. En segundo lugar, si la conciencia de mi propia falibilidad debiera empujarme a no tomar una postura, lo coherente sería no tomarla tampoco en ninguna otra esfera de mi vida. Y ambas cosas son problemáticas. Veamos por qué:

No existe una ciencia exacta que permita decidir qué libro merece ser leído. Y, sin embargo, eso no impide que haya personas que toman decisiones al respecto continuamente. Un editor decide qué libros publica de entre todos los manuscritos que recibe; un bibliotecario decide qué libros adquiere con los escasos fondos con los que cuenta; un profesor (y yo lo he sido) elabora listas de lecturas para sus alumnos; etc.  Y a pesar de que somos conscientes de que las decisiones que tomamos pueden ser erróneas, las seguimos tomando porque es imprescindible hacerlo. Sin esas decisiones, no podría haber ni editoriales, ni bibliotecas, ni clases de literatura, ni libros.

Lo que sí podemos y debemos hacer es ser prudentes y dejar espacio para la duda. Así, un bibliotecario razonable, a la hora de adquirir nuevos ejemplares, no se fiará solo de sus gustos personales sino que tendrá en cuenta, por ejemplo, qué obras se han convertido en clásicos, las demandas de sus lectores, las recomendaciones de los críticos, etc. Y he de decir en mi descargo que procuro aplicar esa misma prudencia. James Joyce no es un autor que me guste. Sin embargo, nunca tiraría un ejemplar del Ulysses  sin ofrecerlo antes a una biblioteca, y eso por dos motivos: En primer lugar, porque es una obra relevante en la historia de la literatura. En segundo lugar, porque es una novela apreciada por personas cuyo criterio valoro tanto o más que el mío. Pero no ocurre lo mismo con todos los libros que pasan por mis manos.

Por otra parte, la conciencia de mi propia falibilidad tampoco me disuade de tomar postura en otras muchas esferas de mi vida, y nadie parece esperar que lo haga. De hecho, a mis amigos, esos mismos amigos que se escandalizan cuando tiro un libro, les parece normal que yo les recomiende o desaconseje restaurantes, películas o exposiciones. Y, lo que es más, cada vez que hay elecciones, a nadie le extraña que yo acuda a las urnas y vote; incluso hay campañas institucionales para animarme a ello. En definitiva, a pesar de ser consciente de que es falible, aplico mi criterio en todo tipo de decisiones que afectan a otras personas; y ni nadie me exige que deje de hacerlo ni yo tengo la intención de parar.

Hay un enorme espacio intermedio entre pretender tener la única voz y renunciar a tener voz.

Ahora bien, esa conciencia de mi propia falibilidad lo que sí que me disuadiría (o eso al menos quiero creer) es de, si tuviera el poder para ello, prohibir las exposiciones que no me gustasen o quemar ediciones enteras de libros. En definitiva, lo que creo que no estaría justificado sería imponer mi criterio como el único admisible. Pero hay un enorme espacio intermedio entre pretender tener la única voz y renunciar a tener voz. Y en ese espacio intermedio está, precisamente, la democracia, uno de cuyos principios básicos es que todos, aunque seamos falibles, podemos opinar y votar. En definitiva, yo no ejercería nunca de censor para prohibirle a nadie que lea o difunda lo que quiera. Pero a lo que me niego es a ser un colaboracionista en la distribución de aquello que me parece carente de valor.

Así pues, no, yo no voy a renunciar a mi voz. Seguiré intentando usarla con prudencia y esforzándome por escuchar más que hablar, sobre todo cuando me adentro en terrenos que me son ajenos. Pero también seguiré recomendándole y desaconsejándole restaurantes y películas a mis amigos, expresando opiniones sobre temas variados, acudiendo a las urnas y tirando libros al contenedor del papel. Y esto último no lo hago por arrogancia. Lo hago porque quiero que mi conciencia me deje tranquilo y no me acuse de contribuir a que el ruido entierre las obras que amo.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s