Los independentistas no son mis enemigos.

Me niego a quedar atrapado en el tribalismo.

Grafiti en el Muro de Berlín
Grafiti en el Muro de Berlín

Soy unionista, lo confieso. Y como tal unionista, me he batido el cobre en distintos foros, recibiendo mi porción de aplausos e insultos.

Los humanos tenemos instintos tribales e, inevitablemente, una parte de mí ha acabado cayendo en la división binaria míos/no míos. He de reconocer que no puedo evitar alegrarme de una forma un tanto infantil e incluso mezquina cuando se le mete un gol al que considero el equipo rival.

Ahora bien, hay una voz en mi cabeza que me recuerda que esto no es ningún juego y que, además, si los equipos se constituyesen de acuerdo a cualquier otro criterio (propensión a la violencia, preocupación por los derechos humanos, tolerancia con la corrupción, etc.), las alineaciones serían diferentes. Y la verdad es que algunos de esos criterios me importan bastante más que la configuración territorial del estado.

Los independentistas no son mis enemigos. De hecho, algunos de ellos son amigos en el sentido más íntimo del término. Y no tengo ninguna intención de que dejen de serlo por una discrepancia ideológica.

No soy, además, propenso a tomar como enemigos a personas. Prefiero reservar mi hostilidad para hechos o actitudes y, cuando se trata de política, especialmente para aquellos que atentan contra la democracia, que es la que considero mi patria por encima de cualquier otra.

Eso, desgraciadamente, no hace la lista de enemigos corta sino larga. Pero hoy me voy a limitar a comentar tres que creo que han desempeñado o están desempeñando un papel muy negativo en la crisis de Cataluña:

La corrupción.

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Victor Dubreuil: Barrels of Money (Fragmento)

Soy de los que piensan que la corrupción ha jugado un papel decisivo en el conflicto que estamos viviendo. En un determinado momento, políticos de ambos lados decidieron que envolverse en las banderas era una buena manera de frenar la fuga de votos. Los intereses partidistas les llevaron a bloquear la búsqueda de soluciones por las vías institucionales y a exagerar las afrentas, con lo que se empujó la discrepancia hacia el enfrentamiento.

“Divide y vencerás” siempre ha sido una máxima acertada. La inmensa mayoría de los ciudadanos estábamos unidos en nuestra repulsa a la corrupción. Ahora nos hemos vuelto tuertos y solo vemos aquella que nos interesa ver. Todo sea por la causa.

Sin embargo, más nos valdría volver a abrir los ojos, porque el daño que nos hace la corrupción es tremendo. “Que devuelvan lo robado” es una frase popular pero ingenua, porque la mayor parte de lo perdido no se puede devolver.

Hemos premiado a los empresarios que metían el dinero en sobres en vez de gastarlo en investigación y desarrollo. Hemos consentido que muchos ascensos en las administraciones recompensasen el servilismo en vez de la competencia. Y hemos invertido enormes cantidades de fondos en la creación de infraestructuras y organismos inútiles, cuyos costes de mantenimiento se prolongan en el tiempo. Mientras tanto, hemos dejado que la sanidad, la justicia, la educación, la investigación y la dependencia se asfixiasen económicamente.

Así pues, el coste de la corrupción no son los millones de euros distraídos. Es el paro y la precariedad provocadas por la falta de competitividad de nuestras empresas; son los equipos de investigación desmantelados; son unas administraciones, lentas, torpes y a menudo presas de intereses particulares; es el deterioro de la confianza de los ciudadanos en las instituciones; son los dependientes que han muerto sin recibir ayudas; y un largo etcétera.

Y sacar algo de dinero de los bolsillos de los malversadores no puede compensar todo eso. Con suerte, podremos corregir el futuro, pero lo perdido perdido está. Y de momento tampoco parece que estemos avanzando decididamente hacia corregir nada, porque la corrupción se ha convertido en un arma con que descalificar al otro bando en vez de ser el enemigo a batir.

La mentira.

Creo que otro de los peores venenos para la democracia es la mentira, adopte el título que adopte: bulo, posverdad, falacia, sesgo, e incluso eso que en inglés se llama “paltering”, y que consiste en crear una impresión falsa mediante el uso de verdades seleccionadas.

Y es triste decir que, en la llamada “Era de la Información”, la mentira demuestra estar en plena forma. Las redes sociales le proporcionan circuitos para que pueda exhibir lo veloz que es, mucho más que la verdad, que trota detrás impotente. Además, la polarización la ha convertido en una mercancía apreciada.

El concepto de libertad se ha ampliado hasta incluir un nuevo derecho: el de declarar verdad lo que a uno le dé la gana.

Parece como si en las últimas décadas el concepto de libertad se hubiese ampliado hasta incluir un nuevo derecho: el de declarar verdad lo que a uno le dé la gana, despreciando la evidencia. En una época en que ya no hay la férrea imposición de creencias y en que tenemos la información al alcance de los dedos, preferimos darle la espalda a los hechos y abrazarnos a nuestros prejuicios.

Y eso hace mucho más difícil que podamos superar cualquier enfrentamiento, porque, en el momento en que renunciamos a la objetividad, estamos destruyendo el puente que nos permite encontrar puntos en común con quien piensa diferente. Ya no se trata de que el partido sea bronco y confuso. Se trata de que ni tan siquiera se comparte el campo de juego y cada equipo se ha retirado al suyo, donde puede meter todos los goles sin oposición, aplaudido fervorosamente por su bancada.

La intolerancia.

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“For in politics, as in religion, it is equally absurd to aim at making proselytes by fire and sword.” Alexander Hamilton.

Muchas de las advertencias que Alexander Hamilton hacía al comienzo de The Federalist siguen vigentes más de doscientos años después, posiblemente porque la intolerancia no es fruto de una época sino que está en parte escrita en nuestro código. Todas las generaciones tenemos que aprender a domarla igual que todas necesitamos aprender a hablar.

En muy pocos conflictos una de las partes tiene el cien por cien de la razón. Sin embargo, todos los conflictos están llenos de gente que, no solo cree que la tiene, sino que además piensa que los demás no se la dan por pura mala fe. Son personas que viven el mundo de las ideas con una actitud más propia de la mitología religiosa y, armadas con la espada flamígera, se lanzan a combatir a quienes se interponen en el camino de la revelación. Basta con asomarse a las redes para ver la cantidad de gente cuya respuesta ante la discrepancia es el insulto.

Sin embargo, dejando aparte que la discrepancia es el motor del progreso (sin ella, no habríamos alcanzado todavía ni tan siquiera el Paleolítico), hay otro gran motivo para apreciarla: La discrepancia garantiza que vivimos en democracia. Por eso, sería buena idea dejar de gastar tantas fuerzas en probar que tenemos razón y gastar más en investigar en qué no la tenemos. Quizá así podríamos mantener diálogos de verdad en vez de jugar al frontón.

Un último apunte: La ruptura de la legalidad.

Hay, sin embargo, otro enemigo que no puedo dejar de mencionar: la reivindicación de la ilegalidad como forma de hacer política.  Hoy, sin embargo, no voy a entrar en él; no porque crea que sea accesorio, sino precisamente porque creo que es fundamental y merece un análisis más exhaustivo del que le puedo dar en este artículo.

Ser demócrata implica aceptar que el fin no justifica cualquier medio y, por tanto, estar dispuesto a comprometerse con una serie de límites y reglas. Que ahora mismo la batalla política se esté desarrollando fuera de esos límites es un enorme fracaso colectivo.

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