¿Quienes violan y asesinan son los hombres?

Sobre la ambigüedad como recurso en el discurso político

Bruno Thevenim, CC BY-SA 4.0 https://creativecommons.org/licenses/by-sa/4.0, via Wikimedia

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En el debate televisado del pasado miércoles, Mónica García, la candidata de Más Madrid a la presidencia de la comunidad madrileña, dijo lo siguiente: «Y le voy a dar una primicia, señora Monasterio, ¿sabe quién viola, quien asesina y quién acosa sexualmente? Los hombres». (1:13:52 en este vídeo).

Es una afirmación que no es nueva. Formulada con esas palabras o parecidas, se oye con cierta frecuencia y siempre acompañada de polémica, por la sencilla razón de que es ambigua y permite tres interpretaciones diferentes:

a) la mayoría de los hombres violan, asesinan y acosan sexualmente.

b) la mayoría de quienes violan, asesinan y acosan sexualmente son hombres.

c) violar, asesinar y acosar sexualmente es un comportamiento exclusivo de los hombres. *

Un mínimo conocimiento del mundo indica que la única interpretación razonable es la segunda. Sin embargo, nos encontramos con dos problemas. En primer lugar, el uso del artículo determinado los apunta a una generalización que afecta a todo el colectivo; es decir, no se está asociando la violencia con unos hombres sino más bien con los hombres tomados como conjunto. No es lo mismo decir «Quienes matan son hombres» que «Quienes matan son los hombres».

Y, en segundo lugar, si ya sabemos que esa formulación es polémica, ¿por qué se sigue utilizando?, ¿por qué no decir directamente: «La mayoría de los violadores, asesinos y acosadores son hombres», evitando así cualquier equívoco?

Pues probablemente porque la ambigüedad es un recurso útil en política, y uno al que, por cierto, recurren políticos de todas las ideologías. No es sino una variante de la conocida como estrategia motte and bailey (mota y castillo). Esta estrategia consiste en mantener un discurso agresivo (la mota), pero dejando siempre abierta la posibilidad de replegarse rápidamente al castillo y sostener que lo que se estaba diciendo era algo mucho más defendible.

En este caso concreto, la afirmación «Quienes asesinan, violan y acosan son los hombres» permite dar cierta cobertura implícita a aquellas medidas que tratan a todos los hombres como colectivo. Al fin y al cabo, nuestros pensamientos discurren por los senderos abiertos por el lenguaje y, si hablamos en términos generales, es más fácil crear un clima favorable a medidas generales. No es casual, por tanto, que quienes suelen pronunciar esa frase normalmente pertenezcan o apoyen a formaciones que defienden medidas de discriminación positiva, incluso en ámbitos tan delicados como el penal. Y cuando la generalización es criticada, siempre pueden retirarse al castillo y decir que es evidente que no pretendían criminalizar a todos los hombres. Así pues, la ambigüedad permite a la vez generalizar y negar que se está generalizando, porque permite jugar con la holgura entre lo explícito y lo implícito.

Y ojo, el propósito de este artículo no es entrar en el tema de si la gravedad de la violencia de género justifica determinadas medidas. Esa es una cuestión compleja, en la que hay amplio espacio para la discrepancia. Pero no es de lo que se trata ahora; aquí no estoy interesado en qué es lo que se defiende sino en el cómo se defiende; en decir, en el uso de la ambigüedad como técnica. Y al respecto sí que me voy a pronunciar: soy de los que prefieren las afirmaciones precisas.

No me molesta que alguien haga afirmaciones radicales con claridad. Si tiene razón y argumentos para demostrarlo, habrá que dársela, y si no la tiene, será más fácil refutar lo que ha dicho.

La ambigüedad, en cambio, le resulta muy útil a quien sabe explotarla con habilidad, pero deteriora el debate público, porque lo vuelve confuso y ruidoso. Cuando no se sabe exactamente qué es lo que se está discutiendo, es más fácil que acabemos sumergidos en diálogos de sordos y chillándonos unos a otros.

Sin embargo, también es justo insistir: Mónica García no es la única que juega con la ambigüedad. Es un fenómeno generalizado, como lo son todas las triquiñuelas en política. Y me hubiera gustado poder escribir un artículo sobre toda la demagogia que, desde otros cuarteles, se ha hecho y se hace en torno al término MENA.

Sin embargo, ese es un tema sobre el que no sé lo suficiente como para tratarlo con el rigor adecuado, mientras que sí que tengo un mejor conocimiento, por desgracia, sobre la relación que los hombres mantenemos con la violencia.

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* En una primera versión de este texto, solo señalaba dos posibles interpretaciones: la a y la b. Tengo que agradecer a @jmgs_es que me señalase que también era posible una tercera.

Sobre los políticos y la neutralidad del Estado

A propósito de Irene Montero y Rocío Carrasco

Irene Montero (© Ministro de la Presidencia, Gobierno de España)
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Es evidente que no votamos a los políticos para que sean neutrales sino para que lleven a cabo políticas con una orientación determinada.

Así pues, ¿a qué nos referimos cuando hablamos de la neutralidad del Estado? Pues creo que fundamentalmente a dos cosas.

En primer lugar, los políticos tendrían que abstenerse de hacer un uso sectario de aquellas instituciones y recursos que deben estar al servicio del conjunto de los ciudadanos. Por poner un ejemplo evidente y que, sin embargo, pocas veces se cumple, no deberían hacer un uso partidista de los medios de comunicación públicos, y no utilizar tampoco las subvenciones para comprar voluntades en los medios privados.

Pero hay un segundo aspecto, igual de importante o incluso más, en el que el Estado debe ser neutral, y es que la mayoría de quienes ocupan cargos públicos tienen que abstenerse de tomar partido en los conflictos entre ciudadanos particulares. El único Poder del Estado cuyos titulares pueden intervenir directamente en ese tipo de conflictos es el Judicial, y siempre ateniéndose a reglas y procedimientos que buscan garantizar su imparcialidad.

Es importante recalcarlo: solo cuando se siguen esos procedimientos está justificado que se ponga el peso del Estado a favor de un ciudadano en contra de otro, y solo en la medida en que sea necesario para restablecer o proteger el equilibrio que se considera justo.

En cuanto a quienes forman parte del Ejecutivo y del Legislativo, está muy bien que expresen su solidaridad con las víctimas cuando es evidente que las ha habido, y por supuesto que deben ser beligerantes frente a la violencia y la injusticia, pero su forma de combatirlas tiene que ser mediante políticas de alcance general. Lo que nunca deben hacer es inmiscuirse en un conflicto entre dos ciudadanos concretos para decir que creen más a Juan que a Pedro digan lo que digan las pruebas y sean los que sean los resultados de los procedimientos judiciales.

Y lo que ocurre con la violencia ocurre en otros campos. El Gobierno y el Parlamento también deben hacer lo que esté en su mano para hacer efectivo el derecho a la vivienda. Y para ello pueden regular cómo se debe desarrollar el suelo, las condiciones de los arrendamientos, las subvenciones y los incentivos fiscales, etc. Pero lo que nunca deben hacer es presionar públicamente a un arrendador concreto para que ceda en su conflicto con un inquilino concreto.

Esto es tan obvio que parece que no debería hacer falta decirlo. Y, sin embargo, se ha vuelto necesario, porque buena parte de nuestros cargos públicos, sea por puro fanatismo, sea por hipócrita cálculo electoral, están mostrando una preocupante tendencia a tomar partido en conflictos entre particulares, convirtiéndose en una especie Poder Judicial paralelo, y uno, además, que juzga más en función de la ideología o del sentimiento popular que de los hechos probados.

Democracia y totalitarismo

No voy a ponerme dramático y no voy a pretender que esas intromisiones convierten a España en un Estado totalitario. La política no es terreno de purezas. Pero sí que creo que dan pie para una reflexión entre las diferencias entre el totalitarismo y la democracia.

El totalitarismo, en su formulación original, era una ideología que consideraba que la mejor forma de promover el bien común era atribuirle al Estado todos los derechos y al ciudadano ninguno. En otras palabras: el fin justificaba siempre los medios.

La ideología democrática moderna, en cambio, defiende que hay una serie de derechos de los que no se puede privar nunca al ciudadano, ni siguiera cuando este forma parte de una minoría, ni siquiera cuando ese ciudadano concreto es objeto del desprecio general.

Y la experiencia del siglo XX parece indicar que nos va mejor cuando seguimos los principios democráticos y no los totalitarios.

Ahora bien, el problema es que el totalitarismo no es simplemente una ideología política ligada a un momento histórico muy concreto. Mientras que la democracia liberal sí que es una construcción histórica, el totalitarismo es en una buena parte una pulsión instintiva presente en todos nosotros. Por eso, quienes gobiernan siempre sienten la tentación de tomar atajos y justificar los medios con los fines. Y por eso también, muchos ciudadanos solo están dispuestos a defender los derechos de aquellos con quienes se identifican emocionalmente, mientras que aplauden que se prive de ellos a quienes desprecian.

Sin embargo, no puede ser así. Una persona que a mí me parezca despreciable no tendrá derecho a mis afectos, pero sí que lo tiene a un tratamiento imparcial por parte del Estado.

Y cuando un político habla desde esa tribuna que es todo cargo público, no es una persona particular expresando afectos, es un representante del Estado y su obligación es preservar la neutralidad de este. Insisto: puede y debe ser beligerante con la violencia y la injusticia, pero no le corresponde a él bajar al caso particular a decidir quién es culpable y señalarlo. Y quienes no entienden o no quieren entender eso demuestran no estar cualificados para ocupar un cargo en una democracia.

Las tentaciones populistas están presentes en todo el espectro político. Sin embargo, creo que resulta particularmente irónico cuando quienes muestran poco respeto por los principios y procedimientos que definen la democracia son precisamente los representantes de partidos que construyen buena parte de su discurso a base de criticar las deficiencias democráticas del «régimen del 78».

Por eso, me parece que sería justo recordarles que las críticas son mucho más eficaces cuando van de la mano de la ejemplaridad, y que lo mejor que puede hacer un cargo público para defender la democracia es ejercerla.

Una crítica al posmodernismo

Cuando el escepticismo le abre la puerta a la fe

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El posmodernismo no es un movimiento perfectamente definido. No hay un acuerdo general sobre qué y quiénes lo constituyen. De hecho, algunos autores a los que se les suele aplicar la etiqueta no se identifican con ella.

Eso plantea dos problemas. Por un lado, al criticarlo es fácil caer en la falacia del hombre de paja, atacando ideas y personas que no son necesariamente nucleares al movimiento. Y, por otro, quienes buscan defenderlo pueden echar mano del recurso contrario: negar que lo que se está cuestionando forme parte del mismo.

Por eso, en este artículo voy a construir mi crítica en referencia a una versión concreta y muy moderada del movimiento, y voy a usar la expresión «seguidores del posmodernismo» para referirme a quienes han sacado provecho de algunos de los recursos que ese movimiento les ofrecía, sin entrar a discutir hasta qué punto son o no posmodernistas de pura raza.

Posmodernismo: la versión moderada

Podemos encontrar una versión moderada en este artículo de Stuart Chambers, en el que hace una defensa del movimiento. Los puntos principales de su argumentación son los siguientes:

-El posmodernismo es, ante todo, una actitud de incredulidad hacia las metanarrativas.

-El posmodernismo no rechaza la verdad. Solamente señala que esta es provisional y contingente.

-La ciencia, que tanto alardea de su escepticismo, a menudo ha mostrado carecer de él, dejándose dominar por sesgos culturales, políticos y religiosos.

-El posmodernismo, puesto que rechaza las verdades absolutas o las narraciones hegemónicas, es contrario al dogmatismo.

-El posmodernismo no rechaza los valores de la Ilustración.

-Su gran aportación es la de empujarnos a cuestionarnos todo aquello que tenemos asumido como verdad, estimulando una actitud crítica.

Crítica de la versión moderada

Así presentada, esta versión moderada suena muy razonable y difícil de rechazar. Pero tiene un problema: es tan razonable porque es prácticamente indistinguible de la actitud científica rigurosa.

-La ciencia, la buena ciencia, ha producido sus mayores avances cuando ha estado dispuesta a cuestionar aquello que teníamos asumido como verdad y es, por definición, antidogmática.

-La ciencia hace tiempo que ha renunciado a pretender mostrar verdades absolutas y eternas, y se conforma con crear modelos explicativos cuya validez siempre está sometida a examen.

-Señalar que la ciencia ha cometido errores tampoco aporta nada nuevo, porque nadie niega que ha habido veces en que los sesgos culturales, religiosos o políticos se han impuesto sobre el criterio científico, adulterándolo.

-Y la ciencia, desde luego, tampoco es contraria a los valores de la Ilustración.

Así pues, si el posmodernismo fuese simplemente eso, no necesitaríamos una etiqueta nueva. Si la usamos es porque aporta algo más, pero ¿el qué?

Creo que la clave está en una frase del artículo, en la que anima a los científicos, que alardean de su «escepticismo específico», a adoptar el «escepticismo radical» del posmodernismo. La aportación sería, pues, la radicalidad.

Y, en mi opinión, es justo esa radicalidad la que abre la puerta a todos los problemas.

El escepticismo radical: cuando posmodernistas y conspiranoicos confluyen

El problema del escepticismo radical es que ofrece un instrumento para deslegitimar la ciencia, la lógica y la racionalidad. Es exactamente el mismo instrumento que usan los conspiranoicos: una regresión al infinito. Da igual qué prueba me ofrezcas; yo siempre puedo dar un paso atrás y cuestionarla. Si a un antivacunas le presentas un estudio científico, responderá argumentando que quienes lo firmaron están comprados; si señalas que quienes lo firman son científicos de prestigio, respaldados por instituciones importantes, dirá que estas también están compradas. Cualquier nuevo dato puede ser desmontado ampliando la conspiración todo lo que haga falta. Es más, cada nuevo dato se convertirá en una prueba adicional de lo poderosa que es la conspiración. Un seguidor del posmodernismo usará una jerga más elaborada y confusa, pero su estrategia será exactamente la misma: rechazar cualquier punto de anclaje. Todos los que intentes fijar, hasta el mejor clavo de acero hundido en la pared de granito, podrá ser denunciado como un producto de la visión hegemónica.

Y eso deja inermes a la ciencia y a la argumentación razonada. No se puede avanzar hacia ninguna conclusión si te niegas a aceptar, aunque sea de forma crítica y provisional, la validez de las premisas.

Pero, ¿a dónde nos conduce entonces ese escepticismo radical?

¿Un mundo sin verdades?

A primera vista, parece que adoptar el escepticismo radical debería conducirnos a un mundo sin verdades, en el que habría que aceptar que cualquier afirmación tiene exactamente el mismo valor que cualquier otra, puesto que todas son imposibles de demostrar.

Sin embargo, eso es imposible por una sencilla razón: el ser humano es tan capaz de vivir en un mundo sin verdades como lo es de vivir en un mundo sin aire. Por mucho que, cuando nos ponemos filosóficos, aceptemos que toda verdad puede ser cuestionada, nuestra vida diaria se sostiene porque aceptamos algunas afirmaciones como más válidas que otras. En definitiva, podemos vivir siendo escépticos, pero no escépticos absolutos.

Así pues, al final, lo que hace el escepticismo radical no es conducirnos a un imposible mundo vacío de certezas. Esa no es la última parada del viaje. Simplemente, al debilitar las verdades de base racional, el posmodernismo despeja el terreno para que lo ocupen rápidamente las de otro tipo: los dogmas; sí, esos mismos dogmas que Chambers rechazaba en su artículo.

La naturaleza del dogma

¿Y en qué se diferencian los argumentos racionales y los dogmas?

Un argumento racional es discutible y, por tanto, su fortaleza se demuestra en la capacidad que tenga para sostenerse sobre sus propios pies cuando es sometido a crítica.

El dogma, en cambio, es una verdad indiscutible, porque su fuerza procede de algo exterior al mismo, que lo pone fuera del alcance de la crítica racional.

En las religiones tradicionales esa fuente última de fuerza eran los dioses. Los seguidores del posmodernismo, puesto que la mayoría de ellos se declaran ateos, han tenido que prescindir de las deidades, pero eso no les ha impedido recurrir a todo el resto de recursos que habitualmente se usan para blindar los dogmas.

Así, en un curioso reciclaje del misticismo, se reivindican las experiencias subjetivas, confiriéndoles a algunas de ellas el carácter de incuestionables; se deslegitima o persigue implacablemente a los críticos; se repiten machaconamente consignas hasta cargarlas de la inercia del mantra; y, por último, que no haya Dios no significa que no haya profetas. Hay toda una serie de autores que se pueden citar, autores de disciplinas y corrientes que se mueven a un nivel teórico lo suficientemente alejado de la realidad empírica como para que sus afirmaciones no sean falsables y que están dispuestos a ofrecer justificaciones sofisticadas para cualquier consigna.

Conclusión

Está muy bien decir que el posmodernismo, con su actitud crítica, es antidogmático, pero la realidad es otra: al ofrecer instrumentos para minar la credibilidad de la ciencia y la racionalidad, ha abierto una brecha que permite al dogmatismo recuperar buena parte del terreno perdido en los últimos siglos. Y, si bien es cierto que no vivimos en tiempos proclives a las religiones tradicionales, el posmodernismo les ha ofrecido a los movimientos políticos instrumentos para que algunos de ellos se conviertan en auténticas religiones políticas.

Así pues, paradójicamente, el escepticismo radical para lo que realmente ha servido es para que muchos puedan recorrer el círculo completo y regresar al reconfortante mundo de la fe. A menudo quienes más aseguran que es imposible tener certezas son los que más cómodos se sienten imponiendo las suyas.

Cuando hablamos de feminismo

Sobre la experiencia de meterse en charcos

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No voy a descubrir nada nuevo si digo que el feminismo se ha convertido en uno de los ejes de polarización en los últimos años.

Eso ha tenido como consecuencia que los debates sobre cualquier tema relacionado con el mismo estén llenos de gente que los patrulla con la armadura puesta, guerreros vocacionales que no están tan interesados en seguir los argumentos con curiosidad filosófica como en repartir garrotazos a quienes perciben como enemigos. En consecuencia, aventurarse a emitir una opinión en ese campo se parece mucho a participar en uno de aquellos míticos programas de Humor Amarillo, en los que los concursantes estaban en continuo peligro de que los arrollase una bola gigante, los arrojase al agua una barrera giratoria o los atacase un monstruo anónimo que esperaba agazapado tras la puerta del laberinto.

Da igual el cuidado con que intentes construir tu argumento. En el valle de las falsas dicotomías, siempre va a haber quien descubra las «verdaderas» intenciones ocultas en tus palabras, quien confunda explicar con justificar, la parte con el todo y criticar A con defender B. Incluso cuando intentas adoptar un tono conciliador, habrá quien salte a acusarte de condescendencia. En definitiva, no hay forma de hacerlo bien. Podrás esquivar uno o dos obstáculos, pero no tardarás en rodar por el suelo, caer en un charco o encontrarte acosado por un troll.

Y esa lleva siendo ya unos años también mi experiencia. Aunque siempre he defendido lo que es el punto esencial del feminismo -la absoluta igualdad de derechos-, desde hace un tiempo me he vuelto bastante crítico con lo que considero la deriva dogmática y acientífica de una parte del movimiento. Sin embargo, a la hora de debatir siempre he procurado atenerme a dos reglas: la primera es intentar sostener mis críticas con argumentos, y la segunda es procurar centrarlas más en las ideas, los actos y las políticas que en las personas. Pero he podido comprobar que en esta copia de Humor Amarillo pasa lo mismo que en la versión original: esas dos reglas valen bastante menos que un buen casco. A estas alturas me han insultado ya con casi todas las letras del alfabeto (la ñ, la x y la y afortunadamente todavía resisten), ha habido quien me ha explicado que a mí lo que realmente me gusta es que haya violadores sueltos por la calle, y quien me ha diagnosticado como maltratador, putero y pedófilo.

Y si cuento todo esto no es porque quiera obtener mis propios cupones de victimización, sino simplemente para ilustrar lo que creo que es la norma. Los insultos vuelan en todas direcciones, y cualquiera que se aventure a asomarse al campo de batalla, sea para criticar al movimiento feminista, sea para defenderlo, se expone a ser víctima del fuego cruzado.

Sin embargo, que hayamos permitido que el debate se degrade de esta manera tiene una serie de consecuencias nefastas.

La primera es que nos hacemos daño. Por mucho que creas que ya estás curtido, siempre hay algún insulto o acusación particularmente injusto o inoportuno que te hiere. Y cuando no son los que van dirigidos a ti, te duelen los lanzados contra algún tercero al que ves esforzándose por exponer una opinión de buena fe.

La segunda es que esa agresividad nos hace menos libres. Creo que todos nos abstenemos alguna vez de decir lo que pensamos por simple cansancio, porque no nos apetece tener que aguantar otro chaparrón o tener que volver a explicar que cuando decíamos A no estábamos diciendo Z.

La tercera es el empobrecimiento en la utilidad de los debates. Cuanto más insultos y mentiras hay en ellos, menos sirven para que podamos aprender algo y descubrir nuevas perspectivas. Muy al contrario, para lo único que suelen acabar sirviendo es para reforzar los prejuicios de cada uno. Si te han insultado o has insultado, cambiar de opinión se hace mucho más cuesta arriba.

Pero la cuarta y la peor consecuencia de todas es que esto causa un daño tremendo a las víctimas. En primer lugar, la degradación del debate dificulta hacer diagnósticos acertados y encontrar buenas soluciones. Las ideologías pueden ser muy útiles a la hora de movilizarnos, pero es muy peligroso dejar que sean ellas las que deciden cuál es la verdad. Y cuanto más crispados estamos, más fácil es que estemos dispuestos a abrazar explicaciones simples y soluciones mágicas a problemas complejos.

Además, una de las características más temibles de las ideologías es su capacidad para entumecer selectivamente nuestra empatía. En vez de preocuparnos todas las víctimas, unas pasan a preocuparnos mucho mientras que otras empiezan a estorbarnos. Entre el relato y la víctima que no encaja en él, hay quienes no tienen escrúpulos en sacrificar a la víctima para preservar la integridad de su relato. En el mejor de los casos, se la ignora; en el peor, se la culpa y se la convierte en objeto de escarnio. Los hechos dejan de importar y son los prejuicios de cada uno los que deciden de forma automática quién es víctima y quién es victimario, a quien creer ciegamente y a quien negar de forma implacable el beneficio de la duda.

Pero para alguien que ha sufrido realmente un daño, verse además prejuzgado y humillado de esa manera tiene que resultar demoledor. Nadie elige voluntariamente ser víctima y, por eso, despreciar a alguien porque no es el tipo correcto de víctima es un acto despiadado.

Así pues, es por todos esos motivos por los que me gustaría que fuésemos capaces de rebajar el tono y debatir un poco más civilizadamente. Pero sé que no va a ocurrir. Hay demasiada gente que ha descubierto que se siente muy a gusto vistiendo la armadura, y por eso a los demás no nos queda sino ajustarnos bien el casco e intentar ser más ágiles a la hora de brincar de piedra en piedra. Quizá consigamos al menos dar algún salto memorable.

Nos vemos en el próximo charco.

James Joyce en la UNED

Historia de una decepción

James Joyce, Painting by Jacques-Émile Blanche, Public domain, via Wikimedia Commons

Cuando tenía dieciséis años me leí las obras completas de Kafka (que me gustaron mucho), y ya, con la carrerilla que llevaba, me leí a continuación el Ulises de James Joyce (que me gustó bastante menos).

Hay ladrillos que solo puedes digerir cuando eres muy joven, en esa edad en que combinas la avidez por aprender con la inocencia, y en la que, si te aburres miserablemente viendo la última película polaca aclamada por la crítica, piensas que es culpa tuya porque todavía no te has arado lo suficiente. Afortunadamente, esa docilidad ante la pedantería es un mal propio de la adolescencia, del que la mayoría de nosotros nos acabamos curando. Y no es que de adulto dejes de consumir mierdas, pero consumes mierdas sin pretensiones intelectuales, y lo haces cuando necesitas desconectar el cerebro, no en los momentos en que este está funcionando a pleno rendimiento.

Y sí, ya sé que muchos consideran el Ulises una obra cumbre de la literatura universal. A mí me pareció y me sigue pareciendo un tostón. No soy muy amigo del virtuosismo y la experimentación cuando estas se miran el ombligo, y leer un montón de páginas sin puntos y comas no me enamora.

Ahora bien, que me haya vuelto algo más intolerante no significa que me haya dejado de gustar aprender. Por eso, el año pasado decidí volver a entrar en una universidad, esta vez en la UNED, y la experiencia fue buena. En concreto, disfruté mucho la asignatura «Teoría del Estado constitucional y constitucionalismo histórico español», cuyos dos manuales, ambos del profesor Torres del Moral, me parecieron muy interesantes.

Este año, en cambio, no he tenido tanta suerte. En el primer cuatrimestre cursé una asignatura que ya no me entusiasmó, pero la debacle ha venido ahora, con la que decidí preparar para la segunda parte del curso.

Cuando me llegó a casa el manual, hace ya tiempo, lo abrí con interés. Pero en cuanto empecé a leer fue como reencontrarme con James Joyce; un Joyce con comas, es cierto, pero sin puntos. En el cuarto párrafo del libro tuve que recorrer más de veinte líneas hasta llegar al primer punto y seguido, salvando por el camino más de quince verbos, treinta preposiciones, cincuenta determinantes y cuarenta adjetivos. No es ya que yo me perdiera leyéndolo, es que la sensación era que el propio autor también se había extraviado, y que, cuando por fin se detuvo, no fue porque hubiese llegado adonde quería ir, sino simplemente porque se había quedado sin aliento y necesitaba coger aire antes de lanzarse de nuevo.

Y, como yo también había quedado agotado, decidí aparcar el libro una temporada, con la esperanza de encontrarlo un poco más legible cuando regresase a él. Pero no. Como era previsible, cuando lo retomé hace unas semanas descubrí que ese tiempo de maduración no había conseguido ablandar la parrafada; y que tampoco ayudaba nada saltársela, porque el resto no era mucho mejor.

Así, aunque en otros casos los párrafos eran cortos y estaban bien puntuados, me resultaban absolutamente incomprensibles. Los leía una, dos, tres veces, buscando ese momento de iluminación que al final solía aparecer cuando peleabas con una traducción particularmente difícil de latín. Pero, si en el bachillerato, tras un duro combate, por fin conseguías captar la idea que Cicerón había dejado en el texto, aquí la sensación era que el autor se había dejado la idea olvidada fuera del texto.

Luego había apartados enteros que tenían ese aire anárquico de las reuniones de vecinos, en las que los participantes saltan adelante y atrás por los puntos del orden del día, quejándose de los buzones cuando estás con el tejado y del tejado cuando estás con los buzones.

Llegó un momento en que, como el libro me oscurecía más que me aclaraba un punto concreto, busqué información en Internet, solo para descubrir que algunos de esos párrafos ilegibles, en teoría escritos por una de las autoras del manual, eran copias de un artículo de otro de los autores del manual, pero copias tan literales que conservaban incluso las mismas erratas sin corregir.

Ahí fue cuando decidí tirar la toalla. A estas alturas yo estudio por placer, no para graduarme, y tengo demasiados libros pendientes como para empecinarme en vadear pegamento, por usar la frase con que Lord Tennyson describía la experiencia de leer a Ben Jonson.

Confieso que he estado tentado de citar aquí algunos de esos párrafos del dichoso manual para que el lector pudiese juzgar por sí mismo, pero al final decidí no hacerlo, porque no me parecía justo poner en la picota a ningún profesor en concreto. En este libro están muy mal escritos apartados de distintos autores, y lo mismo pasa en otros manuales de la UNED a los que he tenido acceso. Así pues, creo que no estamos ante un problema personal sino institucional. Lo cuestionable aquí son los criterios que llevan a una universidad a decidir que es admisible producir textos de pésima calidad, así como el proceso editorial que permite que se publiquen libros que conservan fallos clamorosos edición tras edición.

Y sí, es cierto que en los programas tienen buen cuidado de indicarte que eres libre para preparar las asignaturas manejando otros textos, pero, dejando aparte que eso no es excusa para publicar algo malo, lo cierto es que tanto el programa como los exámenes suelen estar hechos a la medida de un libro concreto. Si este es bueno, estupendo. Pero si no, te están poniendo delante una pared y pidiéndote que la escales.

Eso es muy triste. La función de una institución educativa debería ser ayudar y orientar a los alumnos, no ponerles las cosas difíciles. No hacerles perder miserablemente el tiempo. No tratarlos como a un público cautivo.

Y lo siento, sobre todo, por quienes no están ahí por placer sino por necesidad. Creo que se merecen algo mejor. Creo que se merecen un mínimo de respeto.

Democracia no es partidocracia

En defensa de la independencia del Poder Judicial

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El debate entre quienes justifican que los partidos nombren a todos los vocales del Consejo General del Poder Judicial y quienes estamos en contra continúa.

El argumento de los primeros es conocido y lo podemos enunciar así:

«Puesto que la justicia emana del pueblo, es lógico y legítimo que sean sus representantes quienes elijan a la totalidad del órgano de gobierno del Poder Judicial»

Hace poco ya escribí otro artículo contra ese argumento, centrándome en la primera parte del mismo y en el concepto de pueblo. Señalé que no hay que confundir a la mayoría del pueblo con la totalidad del pueblo, y que era necesario asegurar la independencia del Poder Judicial para proteger los derechos de las minorías y del individuo frente a las voluntades mayoritarias.

Hoy, en cambio, me voy a centrar en la segunda parte del argumento y en el concepto de representantes, porque creo que se está dando por sentado que, para que alguien actúe legítimamente en representación de otros, basta con que haya sido elegido por ellos. Y creo que esa es una idea bastante ingenua. Cuando hablamos de representación democrática, ser elegido es condición necesaria pero no es condición suficiente. Hacen falta además mecanismos de supervisión y control que aseguren que esos representantes se mantienen fieles a su mandato. Porque sería absurdo sostener que sigue habiendo legitimidad cuando no hay fidelidad.

En definitiva, de lo que estoy hablando es del problema agente-principal, que se presenta siempre que alguien delega en otra persona la representación o gestión de sus intereses. Es muy difícil que los intereses del primero estén perfectamente alineados con los del segundo, por lo que, si no hay mecanismos para evitarlo, el representante o gestor puede acabar primando los suyos propios por delante de los de sus mandantes.

El ejemplo clásico es el de los accionistas y los directores de las empresas. Que los equipos directivos hayan sido nombrados por el accionariado no basta para asegurar que vayan a actuar de forma leal. Por eso, por mucho que esa elección se suela producir o renovar en plazos mucho más cortos que el de una legislatura, que los gestores de una empresa salgan de una votación no significa que se les otorgue una carta blanca para hacer lo que quieran. Si sobrepasan ciertas líneas, su gestión podrá ser denunciada, se les podrán exigir indemnizaciones e incluso perseguirlos penalmente.

Y en nuestro país, donde hemos tenido tantos escándalos de corrupción política, debería ser evidente que el hecho de que nuestros representantes hayan salido de las urnas no ha bastado nunca para asegurar que actúen de forma fiel.

Por eso, creo que es una idea pésima permitirle a los partidos que puedan mantener el control absoluto del Consejo General del Poder Judicial y, por tanto, influir directamente en los nombramientos de aquellos tribunales más implicados en el control de los aforados. Porque, obviamente, un requisito imprescindible para que los mecanismos de control funcionen es que el controlado por ellos no pueda controlarlos a su vez. No creo que nadie considerase buena idea que los directivos de las empresas pudiesen determinar los miembros de los tribunales que los juzgarían en caso de incurrir en un delito de administración desleal.

Así pues, podemos debatir mucho sobre cuál puede ser la mejor manera de elegir a los vocales del CGPJ y de regular los ascensos en el Poder Judicial, pero creo que una de las peores soluciones posibles ha sido la de cederle un control tan extenso a los partidos. Eso, lejos de responder al principio de que la justicia emana del pueblo, lo pone en peligro, porque una justicia independiente es necesaria tanto para proteger los derechos de todo el pueblo como para asegurar que los representantes se mantienen fieles al pueblo.

En definitiva, una justicia independiente es requisito tanto para evitar que una democracia derive hacia una dictadura de la mayoría como que lo haga hacia una partidocracia. Porque hay una diferencia, y fundamental, entre que los partidos sean un instrumento para que el Estado sirva al ciudadano, y que los partidos instrumentalicen el Estado para ponerlo a su propio servicio.

Una crítica a Salvador Illa desde el punto de vista de la filosofía

El ministro de Sanidad y el principio de cooperación de Paul Grice

Salvador Illa (© Ministro de la Presidencia, Gobierno de España)

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En este artículo voy a criticar la labor de Salvador Illa como ministro. Sin embargo, no voy a tratar el aspecto que, sin duda, sería el más importante: la gestión sanitaria. Creo que eso es algo que merece un análisis profundo, para el que ni tengo información suficiente ni soy la persona adecuada. Por eso, aquí me voy a limitar a otro aspecto: el comunicativo.

Cuando un país se enfrenta a una gran crisis, creo que las autoridades, aparte de gestionar bien, deben de intentar comunicar bien. Una nación que se enfrenta a una situación dramática necesita orientación: que se le explique qué está pasando y cómo tiene que intentar lidiar con ello. En definitiva, necesita liderazgo.

Y puesto que el ministro Illa es licenciado en Filosofía, creo que es apropiado valorar su ejercicio comunicativo desde la perspectiva de uno de los filósofos más importantes en el campo del lenguaje, Paul Grice, quien propuso el llamado principio de cooperación. Este principio describe cuatro categorías bajo las que se engloban una serie de máximas que los participantes en un proceso comunicativo deberían seguir cuando comparten un objetivo común.

Examinemos, pues, esas categorías, y veamos si Salvador Illa se ha atenido a las reglas; es decir, si estaba cooperando a la hora de comunicarse con nosotros.

1. Cantidad

En ella Grice incluye dos máximas:

1- Haz tu contribución tan informativa como sea necesario (para los propósitos del acto comunicativo).

2- No la hagas más informativa de lo necesario.

Bueno, pues mi opinión es que Illa incumplió ambas reglas.

Con respecto a la primera, recuerdo haber seguido con impaciencia algunas de sus ruedas de prensa en marzo y abril, viendo como estas, a pesar de ser bastante largas, avanzaban hacia su final sin que se abordasen algunas cuestiones fundamentales.

Se puede argumentar que en aquellos momentos era lógico que el Gobierno careciese de mucha información, pero es un argumento que no me convence. Como ya escribí en otra ocasión, la forma correcta de actuar, cuando te faltan datos, no es el silencio, sino decir qué datos te faltan, por qué te faltan y qué pasos estás dando para intentar obtenerlos. A la hora de resolver problemas no es solo importante ofrecer soluciones sino también identificar adecuadamente las incógnitas.

Pero esa no fue la actitud ni de Illa ni del Gobierno del que forma parte. De hecho, que se tardase semanas en aceptar preguntas en directo y que, aún después de aceptarlas, no se permitiese repreguntar demuestra que se había decidido que había temas que se prefería esquivar, guiando nuestra atención por un sendero bien delimitado.

Y, con respecto a la segunda regla, la de no dar más información de la necesaria, podemos recordar todas aquellas ruedas de prensa en que se nos bombardeaba con detalles de la operación Balmis. Se nos vendía información al peso, como si fueran patatas, en lo que parecía una estrategia diseñada para inundar el espacio comunicativo y arrinconar las críticas.

2. Calidad

Esta categoría contiene una supermáxima: «Intenta hacer que tu contribución sea veraz», que se desglosa en dos reglas:

1 – No digas aquello que crees falso.

2- No digas aquello para lo que careces de evidencia.

¿Fue Illa siempre fiel a la verdad? Pues no. Estos enlaces (1, 2, 3, 4, 5, 6) permiten ver un buen número de veces en que no lo fue. Y tampoco es que haya destacado por la cantidad de veces en las que ha rectificado y se ha disculpado por haber suministrado información no veraz.

3. Relación

Esta categoría contiene una solar máxima: sé relevante.

Con lo que dije antes de la operación Balmis, ya debería quedar claro que la estrategia comunicativa del Gobierno incluía inundarnos con información poco relevante para tapar los huecos.

Sin embargo, aparte de esa estrategia colegiada, hay que señalar que el propio Salvador Illa parece particularmente propenso a ser poco relevante en sus comunicaciones. Y no se trata tanto de que hable de temas que no vienen al caso como de su capacidad para la retórica vacía. Un buen ejemplo lo tenemos en sus respuestas a los periodistas en esta rueda de prensa (vídeo n.º dos en este enlace), en las que se dedicó a hilar y repetir un buen número de obviedades y fórmulas hechas:

«el Gobierno va a actuar, debe de actuar, con máxima prudencia»; «el Gobierno tiene (…) la responsabilidad de actuar con máxima prudencia»; «escuchando a todo el mundo»; «el conjunto de la sociedad»; «un esfuerzo de reconstrucción conjunto»; «trabajar todos juntos para reconstruir»; «a unirse a este esfuerzo de reconstrucción tan necesario para el conjunto de la sociedad española»; «el Gobierno ha actuado hasta ahora y va a seguir actuando con máxima prudencia»; «este es un Gobierno que escucha»; «el Gobierno está actuando en esto con la sociedad»; «escuchándonos vamos a seguir avanzando»; «el Gobierno (…) va a actuar con máxima prudencia y cautela»; «escucharemos todos los planteamientos que pueda haber, pero vamos a actuar con muchísima prudencia»; «lo estamos haciendo con mucha prudencia»

Quien se sienta con humor para ello puede ver la rueda por sí mismo e intentar anotar la información concreta que queda después de apartar toda la paja. Ya avanzo que no es mucha.

4. Estilo

En este caso la supermáxima es «sé perspicuo» (lo que, paradójicamente, significa «sé claro»). Esto se desgrana en cuatro máximas más específicas:

1- Evita la oscuridad en la expresión.

2- Evita la ambigüedad.

3- Sé breve.

4- Sé ordenado.

De nuevo, invito al lector a ver las ruedas de prensa de Illa para comprobar hasta qué punto sigue estas reglas.

A mí el ministro no me parece particularmente oscuro ni tampoco desordenado, pero sí exasperantemente ambiguo y repetitivo. Preciso, claro y conciso no son adjetivos que yo usaría para describir sus intervenciones. La proporción contenido/palabras es francamente mala.

¿Hasta qué punto es esto grave?

Habrá a quien el hecho de que Illa se mostrase más político que cooperativo a la hora de comunicarse no le parezca particularmente grave. Al fin y al cabo, esa suele ser la tónica en nuestra clase dirigente. A la hora de hablar son vendedores, no informadores.

Mi visión es más crítica. En los meses de marzo y abril tuve que tomar decisiones de calado, unas decisiones que me afectaban no solo a mí sino a otras personas, algunas de las cuales se enfrentaban a situaciones dramáticas. Por eso, leí y vi todo lo que pude, con el fin de intentar tomar esas decisiones manejando la mejor información disponible, por incompleta que esta fuera. Incluso en situaciones de incertidumbre, o precisamente todavía más en las situaciones incertidumbre, la calidad de la información que manejas puede marcar una diferencia importante. Y por eso, ver que las comunicaciones gubernamentales ocupaban mi tiempo con retórica vacía no me sentó bien. En aquellos momentos, el Gobierno era el órgano que podía disponer de los mejores datos y no me pareció leal que los manejase con criterios de política de partido más que de política de Estado. Por no hablar de que encima a veces mintieran.

Y habría que mencionar también la labor del Ministerio de Sanidad a la hora de informar y concienciar a los ciudadanos sobre las medidas de protección. Creo que ahí tampoco se ha hecho un buen trabajo, lo que, en una situación de crisis sanitaria, implica una mayor morbilidad y mortalidad.

¿Es Illa el único que incumple las máximas de Paul Grice?

No. De hecho creo que es fácil señalar casos peores, tanto en el Gobierno y los partidos que lo apoyan como en la oposición.

Pero el que haya muchos políticos malos no convierte al que es malo en bueno. Lo único que hace es mostrar que nuestro sistema no promociona adecuadamente a los mejores y que los políticos de valía (que también los hay) no lo tienen fácil para alcanzar las primeras filas. La política es un juego en el que muchos de los mejores naipes acaban en el montón de los descartes.

Por otra parte, una crisis tan tremenda como esta es uno de esos momentos decisivos que retan a quienes ocupan cargos públicos y les exigen que muestren su capacidad y su sentido de Estado. Y, en mi opinión, Salvador Illa no estuvo a la altura. Donde hacía falta liderazgo, ofreció retórica gastada. Y sí, es cierto que envuelta en unas formas correctas, pero espero que no hayamos llegado ya al punto de considerar que la buena educación es mérito suficiente para ser ministro o presidente de una autonomía.

Y, por eso, que ahora Salvador Illa se considere a sí mismo la persona adecuada para encabezar la lista de su partido en las elecciones catalanas no hace que mi opinión de él mejore.

Cuando la polarización se desborda

Una reivindicación de la verdad como ancla de la democracia

Edificio del Capitolio, cortesía de snappygoat.com y pixabay.com

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Hace poco el politólogo Pedro Abellán publicaba un tuit en el que decía que polarización y crispación no son lo mismo, y que, precisamente, la grandeza de la democracia liberal está en que permite convivir a quienes piensan muy distinto.

Estoy de acuerdo con esas afirmaciones. De hecho, aunque normalmente la crispación siempre sobra, no puede haber una verdadera democracia sin un cierto grado de polarización. Una sociedad en la que todos piensan o fingen pensar lo mismo no es una sociedad democrática. La diversidad de ideas es una riqueza en el terreno político, de la misma forma que lo es en el científico o en el artístico.

Ahora bien, me gustaría añadir dos matices, uno cuantitativo y otro cualitativo. En primer lugar, con la polarización ocurre como con todo: a partir de cierto momento podemos tener de más. La capacidad de la democracia para gestionar desacuerdos es grande, pero no infinita. Y, en segundo lugar y más importante, eso se nota especialmente cuando la polarización desborda el terreno de los valores y abre una brecha significativa en nuestra percepción de lo que es la realidad.

Mientras la diferencia sea fundamentalmente de valores, en la mayoría de los casos se puede alcanzar algún tipo de compromiso. Si tú crees que hay que primar la seguridad por encima de la libertad y yo creo lo contrario, podemos pactar un punto intermedio. Pero ¿qué consenso es posible entre un terraplanista y alguien que piensa que la Tierra es básicamente una esfera?, ¿van a pactar que es un cubo?

Y el problema ahora mismo es que la polarización se ha extendido por el eje de las certezas, haciendo que mucha gente viva en realidades alternativas.

El asalto al Capitolio de los Estados Unidos es un buen ejemplo. Evidentemente, en él participaron todo tipo de elementos, incluyendo algunos de clara filiación totalitaria. Pero también los habría que estaban sinceramente convencidos de estar defendiendo la democracia de un fraude electoral. Lo que los colocaba, pues, a un lado de la barrera y no al otro no era tanto una cuestión de valores como de percepciones. La verdad dentro de su burbuja era distinta que fuera de ella.

Sin embargo, es justo señalar que el subjetivismo no es algo exclusivo de ningún punto del espectro político. La relación con la verdad objetiva se ha diluido en bastantes grupos distintos. Así, mientras buena parte de la derecha norteamericana ha abrazado con alegría las teorías conspirativas del trumpismo o sigue defendiendo ideas tan anacrónicas como el creacionismo, buena parte de la izquierda ha derivado hacia el relativismo epistemológico y se dedica a reivindicar la validez de las creencias y experiencias personales en pie de igualdad con la ciencia. Donde unos esgrimen la Biblia, otros exhiben los nombres de filósofos como Feyerabend, Derrida, Butler, etc. Y no es que en este lado del Atlántico estemos mejor. Basta con darse una vuelta por el mercado periodístico para comprobar que hay oferta de prejuicios para cubrir todos los gustos.

La política apela continuamente a nuestras emociones al tiempo que se nos ofrece todo un menú de coartadas teóricas para negar aquellas realidades que no encajan con nuestro discurso favorito. Y así, aunque sea por caminos distintos, muchos han llegado al mismo punto: el de reivindicar el derecho a escoger en qué verdad prefieren vivir.

Y la democracia liberal puede sobrevivir a muchas cosas, pero no a la renuncia de que existe una verdad. Porque, si no la hay, ¿qué sentido tiene debatir, contrastar ideas, pretender que es posible consensuar nada mínimamente razonable? Los únicos regímenes políticos coherentes en un mundo sin verdades objetivas son aquellos que se basan en la fuerza como instrumento para imponer una de las muchas visiones alternativas de la realidad; es eso o la anarquía. Si es tan válido afirmar que la Tierra es plana como que es esférica, lo que se enseñe en las escuelas va a depender únicamente de quién tenga el poder para imponer su programa. No se trata de debatir, sino de gritar más fuerte.

Por lo tanto, si queremos defender la democracia y el marco de libertad que esta nos proporciona, una de las mejores formas que tenemos de hacerlo es reivindicando la idea de que existe la verdad, una verdad que no depende de nuestros gustos e intereses, una verdad que a menudo duele, pero que no deja de serlo porque duela.

Y eso no significa que en nuestra esfera privada no podamos conservar la libertad de decidir creer lo que nos dé la gana. Lo que significa es que no podemos intentar imponerle nuestras creencias a los demás por otra fuerza que no sea la del argumento racional.

A estas alturas deberíamos haber sido capaces de dejar las guerras de religión definitivamente atrás. Y, sin embargo, da la impresión de que nos estamos deslizando de vuelta a ellas, aunque esta vez sean religiones políticas más que teístas. Quizá porque una cosa es haber dejado de creer en Dios y otra muy distinta haber dejado de encontrar reconfortante el cobijarse en la fe.

Confesiones de un inútil

Cuando uno se derrota a sí mismo

Yellow Slippery Road Signage, Skitterphoto, (CC0)

Hay una parte de lo que somos que nos viene dada. Podemos intentar luchar contra ella y pulirla un poco, pero está ahí.

Yo soy una persona muy despistada, o abstraída, o ambas cosas a la vez. Eso me suele crear problemas en la vida cotidiana, en la laboral, y también, lamentablemente, en la personal. Para empezar, no se me da nada bien percibir lo que los demás esperan de mí, lo que a menudo me hace decepcionarlos y parecer más frío de lo que soy, y tampoco ayuda el que se me olviden los nombres (incluyendo el de una expareja que quería darme su nuevo número de teléfono), o que no salude a los conocidos que me cruzo por la calle. O bien no los veo, o bien no me da tiempo a recordar de qué me suenan antes de decidirme a levantar la mano; sobre todo porque soy más prudente y lento desde que una vez saludé efusivamente a una enemiga declarada.

Esa forma de ser, evidentemente, ha llenado mi vida de anécdotas curiosas, y aquí voy a recuperar tres de las más representativas, empezando por una relacionada con estas fechas.

Nochebuena, hace dos años

La cena era con la familia de mi mujer. Ella ya se había ido dos días antes a casa de su madre, pero me había dejado comprado el billete de tren y yo lo único que tenía que hacer era bajar a la estación. Teniendo en cuenta que la nuestra es una ciudad pequeña y que llevo tomando trenes en dicha estación desde que era niño, no parecía una misión complicada. De hecho, dediqué apenas unos segundos a decidir cómo iría hasta allí: a tal hora cogería el autobús en la parada delante de mi casa, el mismo que usaba habitualmente para ir a la piscina, y bajaría así al centro. Y, efectivamente, a la hora planeada, monté en el autobús, tomé asiento y me sumergí en mis pensamientos. Esa mañana había leído tres artículos muy interesantes, a los cuales les estaba dando vueltas.

Sin embargo, unos cinco minutos más tarde empecé a tener la sensación de que algo no encajaba y miré alrededor desconcertado. ¿Qué hacía el autobús en aquella calle? No era donde debía estar. Pero, ¿por qué? Entonces caí en la cuenta que el autobús que yo había tomado no era «el que me lleva siempre adonde quiero ir», sino, literalmente, «el que me lleva siempre a la piscina», y que la piscina y la estación de tren están y siempre han estado en dos direcciones opuestas.

Presa del pánico, salté del asiento y me bajé en cuanto pude.

Alguien más espabilado que yo habría recordado o visto que a treinta metros había una parada de taxis. Yo ni lo recordé ni lo vi; quizá es que no había ninguno. A lo más que llegué fue a cruzar la calle y examinar impotente el mapa de rutas de la parada de autobuses de enfrente. Pero me resultó incomprensible. Había muchos números y colores, y demasiado miedo a perder el tren. Así que, tras echar un vistazo al reloj, me puse a caminar todo lo rápido que pude rumbo a la estación.

Me llevó un buen rato y por el camino me adelantaron no menos de tres autobuses procedentes de donde yo venía, incluyendo el «autobús que me lleva siempre a la piscina», que, lógicamente, también se convierte a ratos en el «autobús que vuelve siempre de la piscina». Pero, a pesar de que esa nueva prueba de mi torpeza hizo mella en mi moral, conseguí llegar a la estación a tiempo

Allí, cansado y empapado de sudor, monté en el tren, busqué mi plaza y, una vez aposentado en ella, volví a sumergirme en mis pensamientos, aunque ahora estos ya no giraban en torno a ningún artículo sino a la eterna pregunta: ¿por qué?

El regreso a la universidad

Cuando llevaba unos años trabajando, decidí que sería buena idea cursar otra carrera, pero lo que no recordaba es lo difícil que puede llegar a ser matricularse. En este caso todavía más, porque me hacía falta llevar el título de licenciado, que nunca había ido a recoger.

Ha pasado tiempo y no recuerdo con exactitud toda la secuencia de acontecimientos, pero lo que sé es lo siguiente: que la administrativa que me atendió, y que, según un conocido común, es una persona muy amable, se exasperó conmigo y puso cara de estar a punto de llamarme idiota, que tuve un duro combate con la máquina de fotos, que me dejé olvidado el recién recogido título de licenciado en las escaleras donde me había sentado a rellenar los impresos, que volví corriendo a por él, y que, cuando por fin fui al cajero del campus donde tenía que hacer el pago, no recordaba el PIN de mi tarjeta. A todo esto, eran más de las doce de la mañana del último día de plazo.

Recuerdo estar allí parado, mirando la pantalla y pensando: «Lo dejo. Esto no es para mí. Lo dejo».

Sin embargo, le había contado a tanta gente mis planes que no podía afrontar la vergüenza de confesar lo sucedido. Por eso, aunque no recuerdo cómo lo resolví ni cuántas carreras más tuve que echar para ello, al final conseguí matricularme.

Pero la historia no acaba ahí.

Conciliar trabajo y estudios no era tan fácil como parecía. Y, además, como yo estudiaba por placer, todo me parecía profundizar poco. El resultado fue que al final del curso solo me decidí a examinarme de una asignatura, la que menos me interesaba de todas.

El examen me salió razonablemente bien. Aunque en una pregunta flojeé bastante, quedé satisfecho con las otras cuatro. Así que me sentía bastante optimista al ir a consultar el tablón de anuncios.

Sin embargo, cuando encontré mi nombre en la lista, junto a él solo había dos letras: M.H. ¿M.H.? ¿Qué demonios era M.H.? Miré hacia arriba y hacia abajo. Aparte de los inevitables «No presentado», el resto de los alumnos tenían notas reconocibles: suspenso, aprobado, notable, sobresaliente; las mismas que yo solía poner en mi labor de profesor de instituto¹. Solo yo tenía aquellas dos enigmáticas letras junto al nombre. Las estuve mirando un buen rato, con la esperanza de que mutasen por sí solas en algo comprensible.

Y entonces comprendí lo que había ocurrido: al final no me había matriculado bien y por eso el profesor no había podido introducir en el sistema el notable que me correspondía. Se me cayó el alma a los pies. Tanto correr de un lado a otro, tanto pelear con las máquinas, tanto sobreponerme y seguir luchando, para nada. La burocracia me había vencido.

Pero, junto a la decepción, empecé a sentir enfado. No me parecía justo que nadie me hubiese avisado de que no podían calificarme. Así que decidí bajar a la secretaría a protestar. Por suerte, a medio camino caí al fin en la cuenta de lo que significaban aquella M y aquella H, y me libré de que me quitaran, por evidente incompatibilidad mental, la primera matrícula de mi vida.

El centro comercial

Mis tíos vivían en otra provincia y, cuando iba a visitarlos, pasaba por un pueblo donde habían construido un gran área comercial; esto es, un aparcamiento enorme (sí, realmente gigantesco), junto al que había un edificio también grande con distintas tiendas y un supermercado.

Un día, cuando regresaba de comer con mis tíos, decidí parar allí a hacer la compra.

No debía de ser una hora muy concurrida, porque en el aparcamiento había literalmente cientos de plazas libres y no me costó nada aparcar. Encontrar una moneda para el carrito fue un poco más difícil y tuve que registrar todo el coche; pero por fin, equipado con mi nuevo vehículo, me dirigí al supermercado.

No hay una forma suave de decirlo: no conseguí encontrar la entrada. Y no, yo tampoco me lo explico.

No vi a nadie entrando, no vi a nadie saliendo. Las pocas personas que distinguí a lo lejos, en aquel enorme aparcamiento, cargaban sus bolsas en el coche y se montaban demasiado rápido para que yo pudiera preguntarles. No era cuestión de echar a correr hacia ellos gritando.

Empujé el carrito todo a lo largo de una de las fachadas del edificio. Después empujé el carrito a lo largo de otra fachada. Una vez más y otra vez más. Me dediqué a hacer maniobras por aquel espacio desolado, procurando aparentar que realmente sabía a dónde iba. Pasé así unos minutos, esperando a Godot, hasta que por fin, todavía fingiendo normalidad, devolví el carrito junto a sus compañeros y regresé al coche.

Me sentía frustrado, muy frustrado, pero, como siempre intento ser buen ciudadano y tengo cierta tendencia a lo literal, cuando arranqué seguí fielmente las flechas del suelo que me indicaban el camino de salida: recto, giro a la izquierda, otro trecho recto, otro giro a la izquierda, una rotonda, otro trecho…

Debí de recorrer cerca de un kilómetro por aquel aparcamiento desierto hasta llegar al fin a la salida, que estaba justo al lado de donde había aparcado el coche.

«Imbécil», dijo una voz en mi cabeza. «No hay remedio. Eres un completo imbécil».

Siempre recuerdo una novela de P.G. Wodehouse en la que el narrador describía a un personaje diciendo que era esa persona que siempre lo hace todo, desde jugar al tenis hasta preparar una ensalada, un poco mejor que los demás.

Yo no soy así.

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¹ Sé que es una débil defensa, pero en los institutos los profesores no poníamos matrículas en las asignaturas. Estas se concedían a los alumnos que tenían las notas medias más altas en el conjunto del curso.

Judicatura y clasismo

Hablemos de elitismo y endogamia en los poderes del Estado

John Walter Huddleston, Vanity Fair, 28 February 1874

Desde hace un tiempo se oyen continuas acusaciones de que el Poder Judicial es un reducto elitista y un tanto endogámico, de difícil acceso para aquellos con menos medios económicos.

Pero, ¿hasta qué punto son justas estas acusaciones? ¿Nacen de una observación objetiva de la realidad o forman parte de un relato ideológico?

Podemos empezar por decir que probablemente haya algo de razón en esas afirmaciones por un sencillo motivo, y es que la falta de movilidad social es un problema general en nuestro país. Una de las principales razones para ello es que los alumnos de las clases más bajas tienen un nivel de fracaso escolar desproporcionadamente alto, lo que limita sus posibilidades desde mucho antes de que puedan siquiera plantearse el presentarse a unas oposiciones.

Ahora bien, si se trata de un mal general, eso no justificaría poner el foco específicamente en la carrera judicial. ¿Es el acceso a esta más clasista que a otras profesiones de alta cualificación? ¿Hay más endogamia en la carrera judicial que en otras?

Para intentar responder a esas preguntas contamos con algunos datos. Según este documento del CGPJ, de la promoción que inició el Curso en la Escuela Judicial en 2019, el 4,89 % de los alumnos tenía un familiar (hasta segundo grado de consanguineidad) juez o magistrado, un 20,65 un familiar ejerciendo otra profesión jurídica, y el 74,46% no tenía ningún familiar que trabajase en el ramo. En cuanto al nivel de estudios de los padres, en el 66,85% de los casos al menos uno de los progenitores tenía estudios superiores frente a un 33,15% en el que no.

¿Es eso mucho o poco? ¿Cuál es el nivel educativo de los progenitores de quienes aprueban el MIR, por ejemplo? ¿Hasta qué punto es habitual que se repitan en la misma familia el mismo oficio o los mismos estudios?

Desgraciadamente, no he podido responder a esas preguntas de forma fiable, porque no he encontrado suficientes datos.

Ahora bien, cuando he debatido estas cuestiones con otra gente, ha habido quien me ha señalado que, en cualquier caso, es más problemático que haya jueces familiares de jueces que médicos familiares de médicos, porque el judicial es uno de los poderes del Estado. Esa es una crítica razonable y que nos ofrece un nuevo marco comparativo: ¿es más elitista, cerrado y endogámico el Poder Judicial que el Legislativo o el Ejecutivo?

De nuevo, el ideal sería tener encuestas detalladas para poder hacer comparaciones. Pero, a falta de ellas, voy a señalar una serie de datos que me parecen llamativos. Aun a riesgo de incurrir en el sesgo de selección, creo que nos van a permitir hacernos una idea de a) hasta qué punto la clase política es o no un reflejo sociológicamente fiel del pueblo al que representa, b) hasta qué punto el poder y el estatus tienden a transmitirse de una generación a otra en las mismas familias, y c) hasta qué punto los políticos se mueven en círculos abiertos y poco endogámicos o, por el contrario, en círculos más bien cerrados, donde las relaciones personales tienen un peso significativo.

Hagamos, pues, un pequeño recorrido.

Presidentes del Gobierno desde la llegada de la democracia

Adolfo Suárez. Su hijo, Adolfo Suárez Yllana, es actualmente diputado en el Congreso.

Leopoldo Calvo-Sotelo. Hijo de un letrado del Consejo de Estado, era sobrino del que fue ministro de Hacienda con Primo de Rivera y uno de los políticos más relevantes durante la Segunda República (José Calvo Sotelo); yerno de un ministro franquista (José Ibáñez Martín); cuñado de un ministro de González (Fernando Morán López); tío de una ministra de Zapatero (Mercedes Cabrera Calvo-Sotelo); padre de un secretario de Estado y presidente de Correos (Víctor María Calvo-Sotelo); padre de un subsecretario de Estado (Leopoldo Calvo-Sotelo); y tío del presidente del grupo Ferrovial (Rafael del Pino Calvo-Sotelo).

Felipe González. Su exmujer, Carmen Romero, fue diputada al Congreso y al Parlamento Europeo.

José María Aznar. Su mujer, Ana Botella, fue concejal y alcaldesa de Madrid.

José Luis Rodríguez Zapatero. Por lo que sé, no tiene ningún familiar directo dedicado a la política a un nivel relevante.

Mariano Rajoy. El suyo es uno de esos casos en los que la tradición de estudiar derecho está claramente asentada en la familia. Su abuelo, Enrique Rajoy Leloup, fue catedrático de la Universidad de Santiago de Compostela y uno de los redactores del Proyecto de Estatuto de Autonomía de Galicia de 1936. Su padre, también jurista, fue presidente de la Audiencia Provincial de Pontevedra. Uno de sus hermanos era notario, y los otros dos, registradores de la propiedad, como el propio expresidente.

Pedro Sánchez. Por lo que sé, no tiene ni ha tenido familiares dedicados directamente a la actividad política. Sí que es cierto, sin embargo, que su padre fue director general del INAEM y ocupó altos cargos en el Ministerio de Agricultura. Por otra parte, creo que es lícito señalar las suspicacias que ha provocado el hecho de que a Begoña Gómez, su esposa, se le haya dado la codirección de una cátedra extraordinaria en la Universidad Complutense sin que estén claros los méritos que atesora para ello.

El Gobierno actual

Puesto que hay veintidós ministros, me voy a limitar a los cuatro vicepresidentes.

Carmen Calvo. Su hermano, José Calvo Poyato, fue alcalde de Cabra, diputado en el Parlamento Andaluz y diputado provincial en la Diputación de Córdoba. Su exmarido, Manuel Pérez Yruel, destacado sociólogo, fue portavoz del Gobierno Andaluz.

Pablo Iglesias. Su tío abuelo, Manuel Turrión de Eusebio, fue diputado en el Congreso. Su pareja actual, Irene Montero, es ministra. Y una de sus parejas anteriores, Tania Sánchez, fue también diputada en el Congreso y es actualmente diputada a la Asamblea de Madrid.

Nadia Calviño. Su padre, José María Calviño, fue director de RTVE con el primer Gobierno de Felipe González.

Teresa Ribera. Su padre, José Manuel Ribera Casado, es catedrático emérito de geriatría y miembro de la Real Academia de Medicina. Su marido, Mariano Bacigalupo, es consejero de la Comisión Nacional de Mercados y de la Competencia

Conclusión

Con lo que he señalado, creo que es razonable decir que sería fácil acusar a los otros Poderes del Estado de practicar y tolerar el elitismo y la endogamia. No es, además, un problema exclusivo ni de la derecha, ni de la izquierda; ni de la vieja, ni de la nueva política. Ahí están los casos de las dinastías Fabra y Baltar; los hermanos Garzón; Ramón Espinar y su padre; Jordi Pujol y Oriol Pujol; Teresa Rodríguez y José María González, Kichi; Esperanza Aguirre; etc., etc.

Y sí, vuelvo a insistir en que se podría decir que los datos que aporto sufren del sesgo de selección y que el ideal sería que pudiésemos manejar estadísticas más completas. Ahora bien, si no hay estadísticas que permitan certificar con absoluta seguridad que el Poder Judicial es, de hecho, menos elitista y endogámico que los otros, tampoco las hay para sostener lo contrario.

Por eso, creo que es lícito preguntarse el porqué de la insistencia en lanzar esa acusación, especialmente cuando viene de quienes han tenido ejemplos muy cercanos de endogamia, ejemplos que no parecen haber querido ni ver ni acotar.

Quizá lo que ocurra entonces es que, más que una genuina preocupación social, lo que hay es interés por mantener un relato que se ve como políticamente rentable. Por un lado, permitiría competir por los votos de los ya convencidos de que la judicatura es un reducto clasista. Por otro, seguir socavando el prestigio del Poder Judicial y justificar un mayor control sobre el mismo.

Todo lo cual no quiere decir, por supuesto, que no sea bueno buscar maneras de facilitar el acceso a la carrera judicial de los que vienen de las familias más desfavorecidas. Pero no solo a la carrera judicial. Hay otros ámbitos en los que vendría bien abrir las puertas e inyectar talento.