Cinco quejas de un enfermo crónico y un agradecimiento

Vagando con muletas por los pasillos del sistema

«crutches», imagen cortesía de wpclipart.com, (vía snappygoat.com)

Cada uno tiene el lote de suerte que le toca. Y yo en general he tenido mucha, con la excepción de la salud: soy un enfermo crónico desde niño.

Lidiar con las enfermedades cansa, pero, si estas se mantienen dentro de unos límites, es algo que aprendes a hacer. Ahora bien, lo que realmente quema es cuando tienes la sensación de que hay fallos absurdos que empeoran las cosas sin necesidad. Y es de algunos de esos fallos de los que quiero hablar en este artículo, tres de los cuales tienen que ver con la deficiente manera en que nuestros sistemas manejan la información.

La información 1: el feedback

Lo he vivido y lo he visto: un médico te hace un diagnóstico o te da un tratamiento equivocado. Por el motivo que sea, acabas en manos de otro médico más especializado o actualizado, que incluso puede llegar a señalar que el tratamiento que te habían dado era contraproducente.

Bien, pues parece que lo lógico sería que esa información viajase hacia atrás hasta su compañero para que la tenga en cuenta en ocasiones futuras. Pero la sensación es que muchas veces la información solo viaja con el paciente y, si este no regresa al primer médico, ese proceso de feedback no se da. Por consiguiente, el que venga detrás de ti tiene bastantes posibilidades de volver a sufrir los mismos errores.

La información 2: la falta de sistematicidad

Cuando me compré él último microondas, recibí un manual en varios idiomas. La sección en español era de veinticinco páginas, que me explicaban desde el funcionamiento hasta las características técnicas.

Cuando hace unos años me pusieron una prótesis de cadera, recibí unas cuantas instrucciones orales muy básicas y una hoja en la que constaba simplemente el nombre del modelo.

Habrá quien piense que, realmente, no necesitas mucho más porque la cadera no tiene botones que tengas que manipular y es a los profesionales sanitarios a quienes les corresponde hacer el seguimiento. Pero esto no es exactamente así. No es lo mismo una buena recuperación después de operarte que una mala. Y la duración a largo plazo de la prótesis va a depender mucho del estilo de vida del paciente y de las precauciones que tome frente a las infecciones.

Si un microondas se estropea por mal uso, sustituirlo es barato. Una operación de reemplazo de prótesis de cadera tiene un coste muchísimo mayor, tanto a nivel personal como económico, y tanto para la persona afectada como para el sistema sanitario. De entregarme un manual detallado, yo hubiera preferido antes uno que me enseñase a cuidar la prótesis y los tejidos circundantes que uno que me enseñase a cuidar un microondas de 150 euros.

Y no es solo el caso de la cadera. En general, me ha pasado lo mismo con todas las enfermedades que tengo: informarte es algo que vas haciendo a retazos, a lo largo de los años y bebiendo de distintas fuentes, desde los médicos hasta conocidos que han pasado por lo mismo. Juntando todas esas piezas, a veces contradictorias, vas intentando completar el puzle, pero es muy difícil obtener de buenas a primeras una información sistemática, fiable y bien organizada, en parte porque las mejor presentadas suelen estar al servicio de intereses comerciales. Solo recuerdo una vez en que, junto al diagnóstico, me dieron una guía impresa que trataba los aspectos básicos de mi enfermedad. La agradecí muchísimo, incluso aunque estaba mucho peor editada que los folletos gratuitos que te dan en cualquier oficina turística.

La información 3: el limbo

—Entrega esto abajo y diles que te den cita para dentro de unas tres semanas —dijo el médico.

Y, efectivamente, cuando llegué a la ventanilla, tuve buen cuidado de enfatizar lo de las tres semanas. Ahora bien, el doctor también me había dado un volante para una prueba diagnóstica que tenía que hacerme antes de volver a consulta. Han pasado casi dos meses desde entonces y todavía no me han avisado para dicha prueba. Hace un par de semanas presenté una queja, a ver si había suerte, pero la única respuesta que he recibido hasta el momento es que mi queja ha quedado registrada.

No puedo moverme sin muletas, no puedo conducir, tengo a mi mujer esclavizada y cada vez más dolor. Por eso he decidido hacerme la prueba por mi cuenta, con la esperanza de que eso sirva para acelerarlo todo. Incluso estoy considerando la posibilidad de operarme en una clínica privada. Porque, frente al coste económico y el de renunciar a unos cirujanos en los que confío, está el coste de continuar dolorido e incapacitado.

Sin embargo, para poder decidirme me falta un dato fundamental: necesitaría tener alguna referencia de cuánto más puede demorarse esto. Pero no la tengo; ni siquiera sé cuál es exactamente el cuello de botella que me mantiene en espera. Puede que sea la prueba, puede que sea el médico que tenía que verme en tres semanas, puede que sea otro especialista cuya cita me han cancelado, puede que sea la disponibilidad de camas en el hospital.

El problema no es que el calendario ahora mismo sea flexible, lo que me parecería lógico. El problema es que no tengo nada mínimamente parecido a un calendario. De nuevo la información que he recibido es fragmentaria, inconsistente e incluso contradictoria. Y la sensación es que tendré que buscarme la vida y empezar a llamar de puerta en puerta para intentar conseguir algo que el sistema no me da de forma espontánea.

Los impuestos

Soy un defensor de la sanidad pública y, con ella, de los impuestos que la financian.

Ahora bien, hace poco di un paseo con un amigo y, puesto que él trabaja en la autonomía y tiene por consiguiente un asiento en primera fila, aproveché para preguntarle su opinión sobre cómo se gastaban los fondos.

Se puso rabioso. Me habló del uso de los contratos de menor cuantía para beneficiar a amigos; de políticas erráticas, improvisadas y caprichosas en las que se tiraba el dinero de mala manera; del uso de la publicidad institucional para comprar a la prensa… Y a mí, que me iba balanceando con mis muletas, la cosa no me hacía ninguna gracia.

Una última queja mezclada con un agradecimiento: el personal y el sistema

En todo conjunto de personas hay excepciones, pero, tras pasar varias semanas ingresado en un hospital público, he quedado muy agradecido al personal de todas las categorías, un agradecimiento que está mezclado con una buena dosis de admiración. Creo que la mayoría de los que cuidaron de mí eran buenos profesionales y muy amables. Y me parece que eso hace todavía más absurdos los fallos del sistema.

Los automóviles que tenemos hoy en día no son máquinas magníficas tan solo porque tengan buenas piezas, sino también porque estas están integradas formando sistemas bien organizados. Sin embargo, creo que algunos de nuestros sistemas públicos —la sanidad, la educación, la justicia, etc.—, tienen buenas piezas engarzadas de forma deficiente. Y creo que eso es, en primer lugar, una forma de maltratar a las piezas más importantes, los trabajadores, y, en segundo lugar, un enorme desperdicio.

No puedo sino recordar a mi cirujano, un muy buen profesional, que se me quejaba de que los recortes de personal lo obligaban a dedicar cada vez más tiempo a labores administrativas. Es decir, formamos a un cirujano para que se frustre peleando con un programa de ordenador que ni siquiera va bien.

Y yo, mientras tanto, de baja laboral.

La lógica de los rescates bancarios

Y por qué recuperar el dinero no es lo fundamental

«Torres Kio, Bankia», Fotografía de Benjamín Núñez González, (Licencia CC BY-SA 4.0)

El tema de los rescates bancarios y de si la banca debe devolver el dinero recibido sigue siendo polémico y, puesto que hace tiempo leí UN libro sobre el tema (Stress Test: Reflections on Financial Crisis, de Timothy F. Geithner 1), voy a lanzarme yo también al ruedo.

Eso sí, mi propósito no es tanto defender ningún rescate concreto como aclarar algunos puntos, porque creo que es un tema que muchas veces se debate a un nivel más cercano al de las consignas que al del análisis razonado.

Así pues, vamos allá:

1 – Decir que hay una lógica que puede justificar los rescates bancarios no significa decir que se ha hecho todo bien

Para empezar, es evidente que, si se llega a una situación que hace necesario empezar a rescatar entidades financieras, es porque ha habido muchas cosas que han fallado, tanto en la gestión como en la supervisión.

Además, entre los rescates, los habrá sin duda mejor y peor ejecutados, con sus dosis de corruptelas y amiguismos.

Pero nada de eso quita que haya situaciones en las que llevar a cabo un rescate bancario sea la solución más lógica y que, a veces, incluso sea necesario que el Estado meta dinero en ellos a fondo perdido.

2- La diferencia entre una quiebra aislada y un pánico financiero

Imaginemos dos escenarios diferentes:

En el primero, un banco concreto, mal gestionado, quiebra. Es una faena, sí, y, en el caso de que los gestores hayan hecho algo ilegal, deberían ser castigados. Ahora bien, no parece que en principio haya motivos para que el Estado acuda al rescate de la entidad y de sus accionistas.

Vayamos ahora, en cambio, al segundo escenario. Esta vez no quiebra un banco aislado, sino que empiezan a caer toda una serie de entidades financieras, una detrás de otra. Eso desata el miedo entre los inversores y depositarios, y muchos de ellos empiezan a intentar recuperar su dinero al mismo tiempo.

Cuando eso ocurre, ya no son solo las entidades mal gestionadas las que sufren, sino que incluso las bien llevadas lo pasan mal, lo que las empuja a adoptar una estrategia defensiva y cortar el flujo de crédito; no es solo que no se concedan nuevos préstamos, sino que tampoco se renuevan parte de las pólizas ya concedidas. Como consecuencia, muchas otras empresas se encuentran de repente sin liquidez, sin sangre, y se empiezan a tambalear. Inevitablemente, algunas de ellas caen, lo que a su vez genera más desconfianza, aumentando la presión sobre todo el sistema.

Si no se interviene rápida y decididamente, el resultado final será muchas más quiebras y muchos más trabajadores en paro. La analogía evidente es la de un incendio forestal fuera de control: si no se interviene, las fincas que van a arder no son solo aquellas descuidadas y llenas de maleza, sino que acabarán quemándose aldeas enteras.

Evitar eso es lo que justifica los rescates financieros. La señal que se manda es que no se va a permitir que las fichas de dominó se empujen unas a otras, porque el Estado está dispuesto a meter todo el dinero que haga falta para romper la cadena.

3- Los peligros de una concepción utópica de lo justo

Evidentemente, lo ideal sería que, cuando se produce uno de estos desastres, fuesen los responsables de los mismos quienes pagasen los platos rotos y que, cuando las cosas se hayan calmado, el Estado pudiese recuperar todo el dinero que se haya podido ver obligado a gastar.

Ahora bien, hay que ser conscientes de que a veces ese ideal es inalcanzable, porque el momento para haber hecho las cosas verdaderamente bien era antes de que estallase el incendio. Una vez que este se extiende descontrolado, la elección no es entre lo utópico y lo injusto, sino que lo que se está decidiendo es tan solo el tamaño de la injusticia. Por una parte, a menudo los mecanismos legales para atribuir responsabilidades y reclamar el dinero tienen limitaciones; por otra, cuando el incendio se apague, de los árboles que ya se han quemado solo se van a poder repartir las cenizas.

Por eso, Timothy Geithner insiste en su libro en señalar el peligro de lo que él llama «Old Testament justice»: que el afán de conseguir que los pecadores paguen pese más que la necesidad de evitar que el fuego se descontrole.

4- La banca no es un único sujeto

Tras un rescate, a menudo se oyen voces que reclaman que se obligue a «la banca» a devolver el dinero que se le ha dado. Sin embargo, ahí hay un fallo conceptual, porque la banca no es una única entidad, sino todo un conjunto variado de ellas que no se vieron necesariamente implicadas de la misma manera en los rescates. Haberle dado dinero al banco A no significa automáticamente que le puedas reclamar dinero al banco B.

Además, los accionistas de esas entidades van cambiando a lo largo del tiempo, por lo que los que detentan ahora la propiedad no coinciden necesariamente con quienes se beneficiaron directamente de los rescates.

Así pues, hay que ser un poco más riguroso a la hora de trasladar responsabilidades y obligaciones.

5- Un ejemplo: el coloso en llamas

Imaginemos que un enorme rascacielos se incendia. La empresa propietaria ha quebrado y el Estado interviene, no solo para apagar las llamas, sino también para estabilizar la estructura y evitar que el edificio se derrumbe sobre las casas colindantes.

Ahora bien, el Estado no tiene ningún interés en dedicarse al negocio de los rascacielos, por lo que busca un comprador que se quede con el edificio. Al principio lo oferta por el dinero que se ha gastado en él, pero no aparece nadie que quiera pagar ese precio. Así pues, va haciendo rebajas, hasta que al final lo vende prácticamente de saldo.

En los años siguientes, los compradores rehabilitan el edificio y, al cabo de relativamente poco tiempo, están ganando bastante dinero con él.

¿Sería razonable pedirles entonces que abonen una cantidad extra? Creo que no.

En primer lugar, no sería muy justo puesto que no fue lo pactado. A no ser que se compruebe que hubo algún chanchullo para rebajar artificialmente el precio, lo normal es respetar lo que se acordó y tratar esos beneficios como cualquier otros.

Pero, en segundo lugar, si se alteran las condiciones a posteriori, se está mandando una señal muy peligrosa al mercado. Y la próxima vez que el Estado quiera que alguien le saque un problema de las manos, será más difícil y, en consecuencia, más caro conseguir que intervengan empresas privadas. La inseguridad pasará a ser un dato más en sus cálculos.

Conclusión

Insisto en que mi intención en este artículo no es defender ningún rescate concreto ni tampoco el sistema tal y como está organizado hoy en día. Sin ser un experto, creo que hay graves problemas con el tamaño (excesivamente grande) y los incentivos (muy centrados en el corto plazo) de muchas empresas, financieras y no financieras, así como con la independencia de los supervisores, ya sean privados o públicos. Y no me cabe duda de que, a la hora de los rescates, demasiado a menudo los intereses políticos y privados ejercen su peso junto a las razones técnicas.

Pero también creo que, cuando queremos cambiar algo, es necesario intentar comprenderlo bien y no quedarnos en análisis maniqueístas y superficiales. Porque las cosas suelen ser mucho más complejas que las consignas. Y, si al final entramos en quirófano, más nos vale estar seguros de que entendemos lo suficientemente bien el problema como para no acabar amputando la pierna sana en vez de la enferma.

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1 Timothy F. Geithner fue secretario del Tesoro durante el primer mandato de Obama y, como tal, jugó un papel protagonista en la lucha contra la crisis financiera de 2008. Su libro es muy interesante y una lectura muy entretenida.

Sin embargo, es justo también señalar que hay quien lo acusa de haberse dejado influir demasiado por los altos directivos de Wall Street. Véase, por ejemplo, esta entrevista a Neil Barofsky, uno de los principales responsables de controlar que los fondos de los rescates se utilizasen debidamente y uno de los mayores críticos de Geithner, quien, a su vez, tampoco tiene una visión muy halagadora de Barofsky.

Justicia y soberanía popular: una relación delicada

Y sobre dos formas de entender la representación democrática

Fotografía de Juan J. Martínez, CC BY-SA 2.0 , via Wikimedia Commons

«Siempre he defendido la elección parlamentaria de los 20 (vocales del CGPJ) porque no entiendo un órgano de gobierno de los tres poderes del Estado que no esté sustentado en la soberanía popular».

Fernando Grande-Marlaska (1)

No es solo Granda-Marlaska quien opina así. Es frecuente que quienes defienden el sistema actual de elección de los vocales del CGPJ lo hagan apoyándose en la idea de soberanía popular.

Yo, en cambio, voy a sostener justo la idea contraria: dejar que los partidos se repartan los asientos del CGPJ lo que hace es socavar esa soberanía popular.

¿De dónde surge una diferencia tan radical? Pues todo gira en torno a cómo entendamos la representación democrática. En mi opinión, para que podamos decir que esta existe, no basta con que los ciudadanos elijamos a nuestros representantes, sino que es necesario, además, que haya mecanismos que aseguren que los elegidos se mantienen fieles a su mandato. Y es que sin fidelidad no puede haber auténtica representación, ni democrática ni de ningún tipo.

De hecho, si nos remitimos al concepto general de representación, el elemento esencial para que podamos hablar de que se da la misma es precisamente la fidelidad y no la elección. Hay situaciones, como por ejemplo cuando se selecciona a alguien para defender los derechos de un menor o en el caso de los abogados de oficio, en que podemos prescindir de que sea el representado quien elige a su representante. Pero lo que nunca concebiríamos es que se pudiese hablar de verdadera representación si el elegido acaba anteponiendo sus intereses a los de la persona a la que representa.

Habrá quien argumente que en el caso de los parlamentarios ya hay un mecanismo para asegurar esa fidelidad: las elecciones periódicas, que nos permiten premiar y castigar a nuestros representantes. Ahora bien, creo que incluso el más somero de los vistazos a nuestra historia basta para concluir que eso nunca ha sido suficiente. Tenemos una larga tradición de políticos que han antepuesto su propio beneficio al de los ciudadanos, traicionando sin rubor la soberanía popular y sus mandatos.

Así pues, creo que es justo decir que en España no tenemos ni hemos tenido nunca un exceso de mecanismos de control sobre nuestros representantes. Y es por eso por lo que permitir a los partidos mantener el dominio del CGPJ me parece una idea pésima, por mucho que algunos la quieran vestir con palabras tan bonitas como «soberanía» y «democracia». Nunca puede ser bueno un sistema que permite que los representantes influyan de forma determinante en los nombramientos de quienes van a ejercer una labor de vigilancia sobre su labor. Por poner un ejemplo de otro ámbito, no creo que a nadie le pareciese buena idea que los directivos de las empresas pudiesen meter mano en los nombramientos de los tribunales que habrían de juzgarlos si estafan a los accionistas, por mucho que hayan sido esos mismos accionistas quienes han elegido a esos directivos. Y es que hay una diferencia entre delegar y tener que ponerte ciegamente en manos de alguien.

Y yo, que en política soy hombre de más bien poca fe, sostengo que sin mecanismos independientes de control es inevitable que la soberanía popular se desvanezca. Y la nuestra me parece ya demasiado desvaída.

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1 «Espacios para la reflexion-El reto migratorio: Una ciudadanía sin nación», organizado en Bilbao por la cadena SER y el Tribunal Superior de Justicia del País Vasco (TSJPV). V22 de noviembre de 20218. (Enlace).

Aborto y donaciones

Una reflexión moral

Imagen cortesía de pixabay.com

¿En qué medida debe prevalecer el posible derecho de un feto a nacer sobre el de una mujer a disponer de su propio cuerpo?

Aunque en las discusiones sobre el aborto a menudo se esgrimen datos científicos, lo cierto es que es una de esas cuestiones que la ciencia no puede resolver, porque, planteada en su forma más pura, se trata de una cuestión de valores o preferencias.

Eso, por supuesto, no significa que las distintas ciencias, desde la medicina hasta las ciencias sociales, no tengan nada que aportar al debate. De hecho, tienen mucho que decir sobre cuestiones accesorias pero importantes, tales como las posibilidades de supervivencia de un feto fuera del útero o hasta qué punto la prohibición del aborto es eficaz para erradicarlo o solo lo sumerge en la ilegalidad, etc. Pero, insisto, lo que es el núcleo de la cuestión moral es algo que no se puede resolver aplicando fórmulas matemáticas, físicas o químicas.

Sin embargo, cuando se trata de debates morales, lo que sí puede hacer la lógica es examinar la coherencia con que una sociedad, un grupo o una persona aplica un determinado principio. Y eso es lo que me propongo hacer en este texto, porque siempre me ha llamado la atención la forma en que, en el debate público, la cuestión del aborto se suele tratar de forma desligada con respecto a otra con la que, en principio, me parece que está muy relacionada: la de las donaciones de órganos. Porque, si pensamos que el derecho de un feto a la vida debe prevalecer sobre el derecho de una mujer sobre su propio cuerpo, parece lógico pensar que una persona ya nacida debería poder esgrimir ese mismo derecho para exigir que, por ejemplo, un familiar (o incluso un extraño compatible) le done médula ósea. Estamos hablando de un procedimiento quirúrgico mucho menos gravoso que un embarazo y que permitiría salvar a alguien que tiene ya una trayectoria vital, una red de relaciones y una conciencia de sí mismo de las que un feto carece.

Sin embargo, hoy por hoy ya no es que no se pueda obligar a un vivo a donar si no quiere, es que normalmente no se dispone de los órganos de un fallecido sin el consentimiento de sus familiares. Es decir, prevalece el derecho a disponer sobre un cuerpo muerto por encima del derecho a la vida de un enfermo.

Se puede argumentar que esto es así porque hay una diferencia cualitativa que sitúa el caso del aborto y el de las donaciones en planos muy distintos. Al fin y al cabo, excepto en el caso de las violaciones, el embarazo es consecuencia de los actos voluntarios de una mujer y, por tanto, esta podría haber incurrido en una responsabilidad que no se da en el caso de las donaciones.

A mí no es un punto de vista que me convenza en absoluto, aunque reconozco que es un tema debatible y que puede ser explorado. Sin embargo, no voy a entrar a hacerlo aquí por dos razones. La primera es que ese aspecto, el de la responsabilidad, es lo suficientemente complejo como para que en un artículo como este sea imposible ir más allá de arañar la superficie. Pero el segundo y más importante es que no creo que ese sea realmente el origen de la diferencia de actitud con la que se suelen afrontar la cuestión del aborto y la de las donaciones. Mi impresión es que, en realidad, esta diferencia tiene su origen en cuestiones culturales y religiosa; en otras palabras: en de dónde venimos.

Al fin y al cabo, nuestra tradición es fundamentalmente cristiana y, desde un punto de vista religioso, lo habitual era considerar que tanto los embarazos como las enfermedades eran consecuencias de la voluntad de Dios. Los tratamientos médicos, en cambio, se percibían más como un producto de la actividad humana, por lo que no se les ha acabado de otorgar nunca el mismo peso moral. Así, la Iglesia católica, por ejemplo, considera la donación de órganos un acto caritativo, mientras que el aborto es un acto prohibido, susceptible de pena canónica. En definitiva, en un caso preservar la vida es algo que se apoya, mientras que en el otro es una obligación inexcusable.

Y creo que ese es un marco de pensamiento heredado del que no hemos acabado de salir del todo. Pero, por respetables que sean los puntos de vista religiosos, un Estado aconfesional no debe regirse por ellos. Su coherencia debe construirse sobre otros cimientos. Y por eso creo que, si se piensa que el derecho a la vida debe prevalecer sobre el derecho a disponer del propio cuerpo, lo lógico es defenderlo en la misma medida en el caso del aborto que en el de las donaciones. Y viceversa: adonde no estemos dispuestos a llegar en un caso, tampoco deberíamos hacerlo en el otro.

6 motivos por los que digo «Sangenjo» y no «Sanxenxo»

Una reflexión filológica

«El Atlante», de Francisco Leiro. Fotografía de Lmbuga, (licencia CC BY 3.0).

1- El fonema /ʃ/ no existe en castellano

Las distintas lenguas tienen distintos sistemas fonológicos. En castellano no existe el sonido /ʃ/, que es el que representa la x en la palabra Sanxenxo. Por su parte, en gallego (menos en las zonas con gheada) no existe el fonema /x/, que es el que representa la j de Jerez. Por eso los castellanoparlantes decimos Sangenjo en vez de Sanxenxo, mientras que quienes hablan en gallego dicen Xerez da Fronteira en vez de Jerez de la Frontera. Que una lengua adapte los topónimos ajenos a su propio sistema fonológico es lo usual.

2- La grafía Sangenjo no es franquista

Las grafías Sangenjo y Sanjenjo no fueron ninguna imposición de Franco; aparecen en documentos y mapas antiguos. Y se podrá discutir todo lo que se quiera sobre cómo se pronunciaban originalmente esas palabras, pero la evolución del gallego y el castellano llevó a muchos otros vocablos a hacer los mismos recorridos que Sanxenxo y Sangenjo, tanto en lo que se refiere a la grafía como a la pronunciación: Xapón, Japón; xabaril, jabalí; xota, jota; xamón, jamón; etc.

No estamos, pues, ante ninguna anomalía.

3- La evolución de las lenguas es caprichosa

Hay quien dice que lo lógico, en español, sería decir San Ginés y no Sangenjo, porque ese es el santo al que se refiere el topónimo gallego.

Y sí, es muy razonable. Pero la realidad es las lenguas no evolucionan de forma razonable y predecible, sino espontánea y caprichosa. Más que reglas rígidas, siguen pautas con un gran número de excepciones.

Un buen ejemplo de esa evolución caprichosa nos lo da Lucus Augusti. Ese nombre no evolucionó para darnos en gallego Lugar de Augusto o simplemente Lugar, sino que se deformó para convertirse en Lugo, que, al igual que Sangenjo, no significa nada. Y como ese ejemplo, cientos.

4- Los hablantes de una lengua no son quiénes para decirle a otros como tienen que hablar la suya

Tan absurdo es que un gallego le exija a un castellanoparlante que diga y escriba Xanxenxo como lo sería que un castellano le exigiese a un gallegoparlante que dijese y escribiese Jerez, o que un inglés viniese a decirnos a todos que deberíamos usar siempre la palabra London.

5- No, las autoridades tampoco son quiénes para decir cómo tenemos que hablar

La lengua no es patrimonio del Estado, sino de los hablantes. Por eso, cada vez que un político pretende decirnos cómo tenemos que hablar, se está extralimitando. La libertad de expresión no se limita a lo que decimos, sino que incluye cómo nos expresamos.

Y es por eso que incluso la RAE, que sabe mucho más sobre el idioma que cualquier político, lo que normalmente hace son recomendaciones, pero no aspira a obligar a nadie a seguirlas.

6- La libertad del hablante

En definitiva, los hablantes somos libres y, por eso mismo, el castellanoparlante que quiera empezar a usar Sanxenxo puede hacerlo, y ojalá sea capaz de pronunciarlo bien. Pero la libertad se acaba cuando intentas imponerle un comportamiento a los demás, y yo, por mi parte, voy a seguir usando el topónimo que aprendí de niño; en parte porque creo que es el más coherente con el sistema fonológico del español, y en parte porque estoy harto de todas esas personas que creen que el derecho a su lengua materna pasa porque otros no podamos usar libremente la nuestra.

The N-word

Cuando pronunciar una palabra te puede costar el empleo

Imagen de bertomic, vía Pixabay

Desde hace años, en Estados Unidos se ha vuelto muy problemático pronunciar la palabra nigger.

Sobran ejemplos, pero aquí voy a referirme a uno que me parece especialmente revelador.

En 2019 el periodista Donald McNeil Jr acompañó a Perú a un grupo de estudiantes en un viaje organizado por su periódico, The New York Times. Hay distintas versiones sobre lo que sucedió en esos días, pero hay al menos un hecho en el que coinciden todas: durante una conversación con una de las estudiantes, el periodista pronunció la palabra nigger, si bien él asegura que lo hizo cuando estaba pidiéndole una aclaración a la estudiante, que le había preguntado su opinión sobre otro caso en el que se había usado esa misma palabra.

Fuese como fuese, cuando en 2021 saltó la polémica, The New York Times consideró que esto era en sí suficiente para prescindir de sus servicios, puesto que no toleraban el uso de lenguaje racista con independencia de la intención.

Así pues, un periodista de gran prestigio, ganador de un Pulitzer, tuvo que dejar el periódico tras más de cuarenta años trabajando en el mismo.

Quienes defienden este tipo de despidos o dimisiones forzadas los suelen presentar como actos de justicia. Sin embargo, a mí hay una serie de factores por los que esa explicación me chirría, y mucho. Voy a examinar a continuación tres: la intención, el daño y la proporcionalidad.

La intención: normalmente la intención es algo que se suele considerar importante a la hora de hablar de justicia. Sin embargo, como dejó claro el periódico, la intención aquí era irrelevante; solo importaba el acto. Es de suponer, entonces, que estamos ante algún tipo de negligencia grave: se consideraba que el acto de pronunciar la palabra era dañino en sí mismo y que era obligación del periodista ser consciente de ello.

El daño: ahora bien, en este caso, ¿dónde está el daño?

Nigger se puede considerar un insulto racista, pero los insultos no son palabras mágicas que insultan por sí mismas, con independencia de la intención con que se usen. Así pues, si en este caso no había intención, no había insulto, y por tanto el daño no estaba ahí.

Más bien, lo que se suele argumentar en estos casos es que, debido a sus usos históricos, una palabra como nigger evoca recuerdos muy dolorosos en una parte de la comunidad. Ese sería el daño que causa.

Ahora bien, esa explicación presenta de nuevo varios problemas, de los que solo voy a mencionar dos.

El primero es que la lista de palabras y expresiones que pueden evocar recuerdos dolorosos es extremadamente larga. El dolor es una parte inevitable de la vida y, si tuviéramos que proscribir vocablos por su capacidad de evocarlo, perderíamos buena parte de nuestra capacidad para describir la realidad y, por tanto, para actuar sobre ella.

Es más, hay veces en que se ha decidido que lo moralmente correcto es justo lo contrario: no dejar que ciertas palabras caigan en el olvido. Cualquiera que esté en Twitter se encuentra de vez en cuando con los tuits del Auschwitz Memorial. ¿Por qué está bien recordar la palabra Auschwitz y hay que esquivar en cambio la palabra nigger?

Y el segundo problema es que, si el daño lo causa la propia palabra por su capacidad de evocación, montar una polémica pública en torno a ella tendría que hacer todavía muchísimo más daño que su uso puntual en una conversación privada. Es cierto que en la polémica solo se aludía a esa palabra de forma indirecta o sustituyéndola por el eufemismo the N-word, pero pensar que eso basta para desactivarla es de nuevo convertir las palabras en conjuros, cuya fuerza asoma solo cuando se pronuncian o escriben enteras.

La proporcionalidad: por último, un elemento definitorio de la justicia es la proporcionalidad, pero ¿es proporcional despedir a alguien porque, en una conversación privada, ha pedido una aclaración repitiendo una palabra que acaba de oír? No, evidentemente no lo es. Y, sin embargo, el periódico, presionado por una parte de sus lectores y empleados, consideró necesario hacerlo.

Y creo que es precisamente esa falta de proporcionalidad la que nos da la clave de lo que realmente sucede aquí: no estamos ante un acto de justicia, sino ante una demostración de fuerza.

Y es que, mientras la justicia es mejor cuanto más proporcionada sea, con las demostraciones de fuerza ocurre justo lo contrario; a mayor desproporción, mayor eficacia. Al fin y al cabo, son una flexión de músculos ejecutada para intimidar. Si yo demuestro que puedo hacer caer a alguien por un hecho relativamente nimio, y especialmente a una figura conocida, le estoy indicando a todos los demás la conveniencia de plegarse a mi causa.

Las muestras de adhesión forzadas pueden venir en muchos formatos, desde la coleta impuesta por los emperadores manchúes a los chinos («Mantén tu pelo y pierde tu cabeza, o mantén tu cabeza y pierde tu pelo») hasta la firma de juramentos de lealtad. Aquí estamos ante un ejemplo algo más sutil, porque no se trata de obligar a hacer algo, sino de obligar a dejar de hacerlo: te fuerzo a desterrar una palabra de tu vocabulario. Pero en el fondo es lo mismo, se trata de imponer un comportamiento mediante la intimidación.

Y es eso lo que hace que este tipo de cosas me produzcan un rechazo absoluto. Porque, mientras la justicia es una parte fundamental de la democracia, la intimidación no debe tener ningún lugar en ella. Si quieres defender una causa y esta es buena, seguro que tienes argumentos para hacerlo. Pero no obligues a nadie a arrodillarse.

Por qué apoyo a Ucrania

Una cuestión de valores

Imagen de Nati, via pexels.com

En las redes sociales se está librando una guerra paralela: la que mantienen aquellos que señalan los crímenes cometidos por las tropas rusas y aquellos más interesados en atribuir las conductas criminales a los ucranianos.

A mí, sin embargo, esa forma de enfocar el asunto como un conflicto entre buenos y malos, entre puros e impuros, me parece poco clarificadora, porque estoy convencido de que se van a cometer brutalidades por ambas partes y ello por dos motivos:

El primero es que la guerra tiende a insensibilizar a quienes toman parte en ella y, por tanto, a veces conduce a personas normales a cometer actos atroces.

Y el segundo es que toda guerra crea un paréntesis de caos que permite a los indeseables demostrar hasta qué punto lo son. Y no hay grupo mínimamente grande que no contenga su porción de asesinos, torturadores y violadores vocacionales.

Evidentemente, que ambas partes cometan crímenes no significa que los vayan a cometer en la misma cantidad y, en principio, parece razonable pensar que es más probable que cometa más quien ha invadido otro país que quien está defendiendo a su propia población. Pero eso es algo que, en medio de la polvareda del conflicto, es indemostrable, por lo que entrar en ese debate supone enzarzarse en una polémica estéril y darle campo de juego a los profesionales de la desinformación.

Por eso me parece más productivo poner el foco en otro aspecto. Y es que, si bien no creo que haya pueblos intrínsicamente buenos y pueblos intrínsicamente malos, sí creo que hay ideas, ideologías y programas políticos mejores y peores, y que es posible distinguir entre una sociedad en la que ha prendido una mala ideología y una que aboga por otra mejor. Y considero que, en ese plano, en el de los valores que se defienden, Ucrania sale mucho mejor parada que Rusia.

Si uno lee textos escritos por las élites rusas o atiende a lo que se propaga en los medios de su país, lo que se ve es un discurso autoritario que reivindica un pasado imperial y defiende el derecho de Rusia a imponer límites a la soberanía de los países circundantes o incluso a borrar su identidad nacional. En algunos casos se va todavía más lejos y se defiende la necesidad de «desnazificar» Ucrania mediante la ejecución sistemática de los elementos considerados irrecuperables, condenas a trabajos forzados, la imposición de la censura, el control de la educación, etc. etc. (Dejo debajo una serie de enlaces bastante ilustrativos en ese sentido).

Por su parte, Ucrania está defendiendo su soberanía y, en vez de mirar hacia el pasado, mira hacia la UE, que, con todos sus defectos, tiene unos estándares democráticos muy superiores a los de la autocracia rusa.

Por supuesto, habrá quien acuse a los ucranianos de hipocresía, de fingir esos valores democráticos cuando en realidad son unos nacionalistas filonazis. Y sí, ninguna sociedad es monolítica (tampoco la rusa) y no me cabe duda de que Ucrania tiene su porción de totalitarios. Sin embargo, cabe señalar dos cosas:

En primer lugar, que las manifestaciones del Euromaidán estallaron precisamente porque muchos ucranianos querían acercarse más a Europa occidental y estaban descontentos con la paralización de los pasos en ese sentido por parte del presidente Yanukovich y el primer ministro Azárov, quienes, alentados por Rusia, habían decidido desoír el mandato de su Parlamento.

Y, en segundo lugar, que los discursos tienen su propia fuerza, su propia capacidad de prender y ganar adeptos, con independencia de la hipocresía de algunos de los que los hayan promovido por puro oportunismo. Así pues, entre una sociedad que se ha aferrado a un discurso autoritario e imperialista y otra que promueve uno democrático, yo prefiero inclinarme por la segunda, tanto más cuando se trata del país que ha sido invadido y no del invasor.

Por eso, entre Rusia y Ucrania, mi apoyo es para Ucrania. Lo que no significa, sin embargo, que ese apoyo sea incondicional y que esté dispuesto a cerrar los ojos ante sus crímenes de guerra. Por el contrario, creo que hay que exigirle coherencia con ese discurso democrático y presionar para que demuestre su compromiso constante con los derechos humanos, precisamente porque para mí no se trata de una cuestión de banderas sino de valores.

En cambio, a Rusia, teniendo en cuenta la ideología que ha abrazado, casi prefiero pedirle incoherencia. Porque hoy por hoy parece sólidamente encarrilada en el camino del totalitarismo.

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Para comprobar hasta qué punto el sistema ruso es un régimen autoritario maquillado de democracia, merece la pena leer esta impresionante entrevista a Vladislav Surkov, ex vice primer ministro de la Federación Rusa y uno de los principales ideólogos del Kremlin: «Lunch with the FT – Vladislav Surkov». En ella Surkov contrapone el concepto de democracia anglosajón, en el que los comensales eligen libremente los platos del menú, con el ruso, en el que es el chef quien los elige porque sabe mejor que sus clientes lo que estos realmente quieren.

También son ilustrativas de esa querencia hacia el autoritarismo estas declaraciones de Margarita Simonián, la redactora jefe del canal internacional RT (Russia Today), en las que defiende eliminar de la Constitución rusa la prohibición de la censura.

Por su parte, este texto del propio Vladimir Putin (que ya analicé en otro artículo) nos permite ver esa añoranza de un pasado mitificado que subyace al imperialismo ruso: «On the Historical Unity of Russians and Ukrainians».

Y ya entrando en el terreno de discursos incluso más peligrosos, tenemos este artículo de Timofey Sergeytsev: «¿Qué debería hacer Rusia con Ucrania?». El texto es relevante no tanto por quien es su autor, que no forma parte del círculo más íntimo del poder, como por el hecho de que haya sido publicado por Ria Novosti, una agencia de noticias estatal rusa. Merece la pena recurrir al traductor para ver la serie de medidas que se proponen para «desnazificar» Ucrania.

Tres ejes en la guerra de Ucrania

Cuando las cosas son complicadas

Imagen de Dusan_Cvetanovic, via pixabay.com

El eje de la seguridad

Buena parte de los análisis que veo de la guerra ucraniana reducen su explicación fundamentalmente a un único eje: el de la seguridad. La invasión rusa se explicaría (aunque no necesariamente se justificaría) como una reacción frente a la expansión de la OTAN.

Si esto fuera realmente así, podría haber una solución relativamente sencilla, aunque fuese cara.

Sería sencilla, porque todo dependería de llegar a una serie de acuerdos sobre asuntos muy concretos, como la permanencia de Ucrania fuera de la alianza atlántica o el estatus legal de Crimea y los territorios del Dombás.

Y sería cara, porque supondría aceptar que un país puede interferir con la soberanía y la integridad territorial de otro. Si bien, por otra parte, eso permitiría poner fin a una guerra que también es tremendamente cara en muchos aspectos, el principal de los cuales es la continua pérdida de vidas.

El eje nacionalista

Sin embargo, hay razones para cuestionar que el conflicto se pueda explicar atendiendo a un único eje. Algunas de esas razones las podemos encontrar en este extraordinario texto de 2021 firmado por el propio Vladimir Putin1, al cual llegué a través de este artículo del secretario de defensa británico, Ben Wallace2. Como señala Wallace, aunque el escrito de Putin es bastante largo, solo le dedica a la OTAN un único párrafo. De hecho, el texto está repleto de ideas que exceden con mucho el marco de lo que sería una discusión sobre la seguridad de un Estado. A continuación voy a hacer un listado de algunas de ellas:

-Putin afirma su convencimiento de que Rusia y Ucrania forman un solo pueblo.

-Para respaldar esta idea, se remonta al siglo IX y, a partir de ahí, hace un recorrido por algunos periodos de la historia.

-También hace hincapié en cuestiones lingüísticas y religiosas.

-Acusa a los bolcheviques de haber robado a Rusia, trazando divisiones artificiales sobre su territorio.

-Asimismo, cuestiona el estatus legal de las fronteras a las que dio lugar la disolución de la URSS.

-Y hace una distinción entre los ciudadanos ucranianos y sus dirigentes políticos, a los que acusa de estar al servicio, no de la ciudadanía, sino de intereses extranjeros.

Así pues, el texto no está escrito en clave de Estados, sino de pueblos; no habla de la seguridad de las fronteras, sino de su legitimidad; no se mueve en un escenario de años o décadas, sino de siglos. En definitiva, no versa sobre cómo mantener un equilibrio geopolítico, sino sobre la materialización de una visión histórica.

Hasta qué punto esa visión es irrenunciable para Putin y sus afines es una incógnita. Pero no creo que sea una dimensión que pueda ser ignorada, ni como causa de la guerra ni como motivación para continuarla.

El eje político

Pero, incluso si obviamos las aspiraciones nacionalistas, hay otro motivo por el que Rusia tiene incentivos para seguir interfiriendo en la política ucraniana. Precisamente porque ambos países colindan y hay fuertes lazos culturales y familiares entre sus poblaciones, lo que menos le puede convenir a la autocracia rusa sería que su vecino evolucionase hacia una democracia plena. Y es que el mayor peligro de una Ucrania libre y occidentalizada no serían las bases que se pudieran instalar en ella, sino su influencia como modelo si este resultase ser próspero.

Es cierto que Ucrania estaba lejos de ser un país modélico. En el «Índice de democracia» de 2020, elaborado por la Unidad de Inteligencia de The Economist, aparecía en el puesto 79 de 167 países, su historial de respeto a los derechos humanos deja bastante que desear y su situación económica era de las peores de Europa incluso antes de la invasión. Pero el régimen ruso, tan dado a interferir en los asuntos internos de las democracias plenas, tiene todos los incentivos para intentar impedir que su vecino pueda evolucionar para convertirse en una. Lo que más le gustaría a una Rusia autocrática y nacionalista sería absorber a Ucrania, pero lo segundo que más le gustaría sería una Ucrania autocrática y satélite, al modo de Bielorrusia

Por eso, es muy dudoso que, se firmen los acuerdos que se firmen, Rusia vaya a dejar de pretender seguir metiendo mano en la política interna de su vecino, aunque sea de una forma algo más discreta que invadiéndolo con su ejército regular.

Conclusión

Sin duda, aún se podría seguir añadiendo más ejes a los que he presentado aquí. Pero creo que basta con estos para mostrar que las cosas son complicadas. Y considero que, si realmente lo que queremos es que el problema se resuelva de la forma más justa posible, lo primero que hay que hacer es reconocer esa complejidad.

Otra cosa es que la prioridad de algunos sea encajar los hechos en un relato político concreto, como tantas veces ocurre. En ese caso sí, en ese caso lo más razonable es reducirlo todo a un único eje, el que a cada uno más le convenga.

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1 PUTIN, V. 2021, «On the Historical Unity of Russians and Ukranians». (Desde hace unas semanas, a la página del Kremlin le cuesta cargar y a veces hay que insistir para acceder.)

2 Artículo al cual llegué a su vez a través de este tuit de @iguardans

Democracia e ingenuidad

Una crítica a la opinión pública

Ravensburg street art (cortesía de Wikimedia Commons, via snappygoat.com)

Uno de los peligros para la democracia, al ser un régimen en el que es fundamental la opinión pública, es la proliferación del pensamiento mágico. Y una de las formas en las que se manifiesta dicho pensamiento mágico es en esa ingenuidad de quienes se dejan deslumbrar por el brillo de las palabras hasta el punto de perder de vista su conexión con la realidad. Es gente que cree que para solucionar los problemas del mundo basta con abrazarse a expresiones como ecológico, justo, igualdad, autodeterminación, renovable, integración, etc., pero sin molestarse en intentar comprender todos los matices, complejidades, costos y contradicciones que acompañan a esos términos cuando se baja al mundo de lo real.

Y sí ya habíamos visto esa ingenuidad en otros terrenos, la invasión de Ucrania nos ha ofrecido la oportunidad de verla entrar en acción al hablar de la guerra.

Así, hay gente que parece pensar que, para acabar con ella, basta con decir no a las armas y sí a la diplomacia, y que repetir «La guerra no es el camino» a modo de conjuro va a ser suficiente para que todo el mundo vuelva a sus cabales.

Sin embargo, yo creo que las cosas son un poco más complicadas y aquí voy a señalar algunos de los motivos por los que pienso así.

Armas y negociación

En primer lugar, es una ingenuidad presentar la negociación y las armas como si fueran los dos elementos de una disyuntiva. Por el contrario, tener fuerza es un requisito previo para poder negociar. En una guerra, a quien tiene las manos desnudas no se le permite ni sentarse a la mesa.

Y sí, es cierto que hay otras formas de fuerza aparte de las armas, como pueden ser la fuerza moral o las presiones económicas. Pero, ante un autócrata sin escrúpulos, la fuerza moral sirve de bien poco y, por su parte, las sanciones económicas necesitan un tiempo para ser efectivas, de forma que a veces las armas son el único medio para ganar ese tiempo. Porque, como bien demuestra el ejemplo de Afganistán, una vez que te han conquistado es fácil que tus derechos desaparezcan de los titulares y del debate público.

Las ofertas de paz

Otra expresión que suena atractiva es oferta de paz, pero, de nuevo, conviene no ser ingenuo con respecto a ella. Por desgracia, a veces el primer interesado en que una oferta de paz no se acepte es el que la formula. Por eso, estas a menudo contienen letra pequeña, ya que su verdadero objetivo es poder presentar a la otra parte como la responsable de la continuación de la lucha o ir desplazando los marcos de referencia de cara al futuro.

Así pues, es necesario saber que, por bonita que nos pueda sonar la palabra diplomacia, la manipulación –ya sea del contrario, de los aliados o de la opinión pública– es uno de sus instrumentos favoritos. De hecho, muchos de los diplomáticos más exitosos de la historia no lo fueron por la bondad de sus corazones, sino por su capacidad para engañar a amigos y enemigos.

Las demandas de Rusia

Demandas es otro término con el que se está tropezando, porque hay gente que parece no poder o no querer distinguir entre demandas insatisfechas y demandas legítimas. Así, parecen no darse cuenta de que el hecho de que Rusia tenga aspiraciones insatisfechas no significa que esas aspiraciones sean más válidas que las de otras naciones que han recuperado recientemente su soberanía, o que el recurso a la violencia esté de alguna forma justificado.

Que conste que yo, en política, milito en el campo de los pragmáticos. Soy de los que piensan que ser un fanático de los principios es peligroso. Y me parece razonable analizar los errores que hayan podido cometer los países occidentales. Pero eso no me lleva a confundir lo que son factores o explicaciones con lo que son justificaciones.

En cambio, me parece que hay gente que, dependiendo del tema del que se trate y de los protagonistas implicados, se desliza del plano de los principios al de la Realpolitik como si no hubiera ninguna diferencia entre ambos. Sin embargo, por mucho que el comportamiento de Rusia pueda ser explicable, no es justificable; a no ser, claro está, que estemos dispuestos a aceptar la lógica imperialista como moralmente válida.

El heroísmo

Otra cosa que nos suele deslumbrar son las historias heroicas. Pero es necesario tener cuidado con el heroísmo de sofá, el que se realiza a través de otros.  Aunque hay un lugar para el heroísmo en la guerra, la realidad más habitual de la misma es el sufrimiento de millones de personas que no han elegido ser héroes. Sencillamente, han quedado atrapadas en algo que los sobrepasa, en un conflicto que, además, no tiene una solución fácil, porque todas las posibles salidas van a tener un precio en vidas y en derechos.

Por eso, otra de las tentaciones que tenemos que evitar es la de convertir a esas personas en peones de nuestras batallitas políticas favoritas. Si hay un momento para recordar el principio kantiano de ver a la humanidad como un fin y no como un medio, es ahora.

Conclusión

¿Adónde quiero llegar con todo esto? ¿Estoy defendiendo alguna política concreta con respecto a la invasión de Ucrania? Desde luego que no, y sería una irresponsabilidad por mi parte hacerlo. No tengo los conocimientos necesarios para pronunciarme sobre un tema tan complejo. Creo que las cuestiones geopolíticas no se deben resolver ni en un blog ni en Twitter, sino varios niveles más arriba. Y, por eso, el propósito de este artículo no es defender ninguna estrategia.

El propósito, como ya dije al principio, es hacer una crítica de la opinión pública. Porque, si bien creo que la libertad de la opinión pública es una de las fortalezas de la democracia, también creo que a veces puede ser una de sus debilidades. Y es que la opinión pública es bienintencionada, pero también puede ser superficial, inconstante, maniquea y fácilmente manipulable. En otras palabras: a veces peca de infantil. Y eso es algo que deberíamos intentar corregir entre todos, porque cuanto más adulta y sensata sea la opinión pública, mejores podrán ser las decisiones de los Gobiernos que se apoyan en ella.

Además, creo que tenemos la obligación de esforzarnos especialmente en este caso, porque es muy posible que la política de la UE en materia energética haya contribuido a envalentonar a Putin y que nuestro exceso de ingenuidad se esté pagando ahora mismo con sangre.

Putin y los políticos españoles

Análisis de dos votaciones en el Parlamento Europeo

Vladimir Putin (Cortesía de Wikimedia Commons

En política es difícil seguirles el rastro a las amistades, las enemistades y las herencias. De hecho, hay casos en que las contradicciones alcanzan niveles olímpicos, posiblemente porque a menudo a la coherencia ideológica se le impone otra muy diferente: la del oportunismo. Para verlo, basta con recordar las extrañas colaboraciones que mantuvieron nazis y soviéticos durante la década de 1930, o cómo algunos siniestros personajes que acabaron siendo perseguidos sin piedad por los E.E. U.U. (Manuel Antonio Noriega, Osama Bin-Laden o Sadam Hussein, por ejemplo) habían sido unos años antes aliados a los que se apoyaba, entrenaba y financiaba.

 ¿Y qué pasa con Putin? Ahora, menos algunos recalcitrantes, casi todo el espectro político español reniega de él. La izquierda lo empuja hacia la extrema derecha. La derecha hacia el comunismo. Muchos parecen optar ahora por el «Si te vi, no me acuerdo». Pero ¿cuál es la verdad?

Como prefiero las metas modestas y abarcables, no voy a entrar a examinar aquí la ideología de Putin (por mucho que me parezca un tema fascinante), ni voy a pretender siquiera hacer un examen exhaustivo de todo lo que han dicho nuestros políticos sobre él. Simplemente, siguiendo la ruta que señalaba este tuit que vi citado por @Silvi_ta, voy a examinar algo tan concreto y tangible como son los votos de nuestros europarlamentarios en dos ocasiones distintas, dos ocasiones que me parecen particularmente relevantes tanto por el contenido como por las fechas.

Reconozco que eso ofrece tan solo una visión limitada de algo mucho más complejo, pero, con todo, me parece que es una visión significativa y digna de tener en cuenta. Creo, además, que es justo darle más importancia al compromiso concreto que suponen los votos frente a lo que es la retórica, siempre más cambiante y ambigua.

Mayo de 2015

Para situarnos en contexto, hay que recordar que en 2014, aprovechando las turbulencias en Ucrania, Rusia se anexionó la península de Crimea.

Es a raíz de esos acontecimientos que, el 11 de mayo de 2015, la Comisión de Asuntos Exteriores del Parlamento Europeo aprobó esta propuesta de resolución sobre el «Estado de las relaciones UE y Rusia»,  en la que se criticaba la política de Rusia en toda una larga serie de aspectos, desde su actitud frente a la comunidad LGBTI hasta la persecución de opositores, pasando por esa anexión ilegal.

En esta página, donde los miembros de la Comisión explican la motivación de sus votos, podemos comprobar la postura de los eurodiputados españoles:

Votaron a favor de la resolución los representantes socialistas, los populares, la representante de UPyD y los tres representantes de Coalición por Europa (de los cuales uno era de Convergència Democràtica de Catalunya, otro de Unió Democràtica de Catalunya y otra del PNV),

Y votaron en contra los representantes de Podemos y los representantes de la coalición Izquierda Plural, (tres de Izquierda Unida y una de Esquerra Unida del País Valenciá).

Pablo Iglesias explicó así su voto:

Hemos votado en contra de este informe sobre las relaciones entre la Unión Europea y Rusia, ya que no hace ninguna evaluación crítica de la actual política de la UE. Además, representa un paso adelante en la escalada del conflicto entre la UE y Rusia, posibilitando el desarrollo de una política de confrontación con este país. El informe en su totalidad no busca una resolución pacífica del conflicto, sino que más bien ahonda en la tensión existente entre Rusia y la UE. Los que estamos a favor de una Europa que aboga por la resolución de los conflictos mediante el diálogo y la búsqueda constante de la paz no podemos aceptar este informe.

Y Marina Albiol (Esquerra Unida del País Valenciá) lo hizo así:

Rusia es el principal vecino de la Unión Europea, uno de sus principales socios comerciales —especialmente en lo referente a las necesidades energéticas— y un país con el que todos los países de la Unión Europea han compartido estrechamente una parte de la historia. Por ello, considero que las relaciones entre la UE y Rusia deben ser tratadas con el máximo cuidado y una gran responsabilidad.

En el texto sometido a votación, sin embargo, me he encontrado con un vocabulario desproporcionado y plagado de condenas. Pero, sobre todo, se observa un doble rasero difícil de digerir por cualquier persona que conozca someramente la historia de Europa en los últimos veinticinco años.

He votado en contra de este informe ya que, de acuerdo con el texto aprobado, Rusia no debe seguir siendo un socio estratégico para la Unión Europea, lo cual es especialmente preocupante teniendo en cuenta los intereses comunes existentes.

Sin embargo, tras su paso por la Comisión, la resolución fue también aprobada por el pleno del Parlamento el día 10 de junio, con 494 votos a favor, 135 en contra y 69 abstenciones.

Febrero de 2022

En fecha mucho más cercana, el día 16 de febrero de 2022, el pleno del Europarlamento aprobaba asimismo la concesión de una ayuda macrofinanciera a Ucrania. Para quien quiera refrescar la memoria con respecto a cuál era la situación en ese momento y hasta qué punto ya se alargaba la sombra de Rusia sobre su vecino, puede ser útil leer esta noticia de la BBC del día 12.

¿Y cuál fue la postura de nuestros europarlamentarios en cuanto a brindar ayuda financiera a Ucrania? Pues en las páginas 12 y 13 de este documento podemos verlo. Salvo error, esto es lo que ocurrió:

Votaron a favor de la ayuda los eurodiputados de ERC, Vox, PP, Psoe, PNV, Catalunya en Comú y Cs, así como dos de los tres diputados de Junts Per Catalunya:  Toni Comín y Clara Ponsatí.

Votaron en contra los de Izquierda Unida, así como el anticapitalista Urbán Crespo.

Y se abstuvieron las representantes de Podemos y el de EH Bildu, así como Carles Puigdemont (Junts per Catalunya).

Conclusiones

¿Cómo interpretar estos votos?

Cada uno deberá sacar sus propias conclusiones, pero, personalmente, encuentro bastante incoherente que personas y partidos que ahora denuncian el imperialismo oligárquico de Putin y su cercanía a la ultraderecha , o que reclaman firmeza y unidad en la respuesta europea, fuesen tan reacios a apoyar la resolución de 2015 o la ayuda financiera a Ucrania hace unas semanas. No creo que se pueda decir que es Putin el que ha cambiado radicalmente y que el Putin de ahora es muy distinto en ideología y en métodos al de 2014. Es el mismo. Por eso me chirría que quienes a menudo se muestran tan beligerantes con otros autoritarismos lo hayan sido bastante menos con este.

En cualquier caso, como he dicho, la visión que nos dan estos votos es necesariamente limitada y por eso agradecería que quien pueda aportar otros datos significativos lo haga en los comentarios.

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